domingo, 28 de junio de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES, FRAGMENTOS (VIII)

Les compartimos hoy, un relato que ha escrito nuestro compañero y colega, el profesor Manuel Bernardo Rojas, en medio de esta situación tan particular que hoy vivimos. Con esto, cumplimos con una entrega más, de esta serie, dedicada a brindar elementos de reflexión en medio de las circunstancias extrañas, por decir lo menos, que enfrentamos como humanidad. 


 

EL COMISIONADO

 

Por: Manuel Bernardo Rojas López[1]

 

 


 

 

Eran las 6:50 am., cuando sonó el teléfono. Claro, conciso, contundente, el mensaje no tenía discusión. Desde la pregunta inicial, «¿Hablo con***?», hasta las indicaciones finales, luego de quince minutos, más o menos, de qué era lo que debía hacer. Me sentí mal cuando me dijeron la razón de la llamada, y más cuando descubrí, que querían ponerme en un papel para el que nunca he estado preparado y para el cual, creo, nunca lo estaré. Pero las órdenes son las órdenes, y más en estos tiempos en donde la esperanza se ha desvanecido. Y no es asunto mío, ni siquiera una forma más de ese modo de proceder y actuar frente al mundo, que me ha caracterizado en mis casi cuarenta años de vida. Amargadoaburridorfastidioso, han sido, a lo largo de mi existencia, epítetos con los cuales muchos han calificado mi manera de ser. Es cierto, que no he sido un dechado de optimismo y no porque así lo quiera, sino porque no lo puedo evitar. Fácil sería decir, que es mi historia personal, una infancia atormentada, maltratos en mi adolescencia y juventud, o cualquier cosa por el estilo, lo que me ha llevado a ser como soy. Pero no es nada de eso. No tengo traumas ni eventos de mi vida pasada, que en forma de pesadilla o algo así, retornen cada tanto a mi vida, cuando estoy a duermevela o cuando el sueño más profundo me lleva a terribles pesadillas. No, la causa debe ser otra, pero no quiero ponerme ahora, a auscultar los motivos de mis acciones, las razones de mi proceder. Lo que importa, es que todos saben de mi actitud, de mi pesimismo, de una desconfianza general con el mundo. Por eso, la llamada, su propósito, me desconcertó.

 

Al colgar, y al mirar, por la ventana, la mañana, brillante, descaradamente luminosa, sin rastro de nubes, en vez de animarme, no hizo más que aumentar mi desencanto profundo frente a todo, instalar un vacío dentro de mí. La calle solitaria —con hojas que se han acumulado, con papeles y basura que nadie recoge desde hace tiempo—, aumentaron mi desazón. La casa de enfrente, por ejemplo, ya no es más que una vieja construcción solitaria, desocupada no por voluntad de sus dueños, sino porque no sobrevivieron a la gran debacle. Con el pasar de los días, muy probablemente, si no se hace nada, se convertirá en una ruina, en un vetusto testigo de tiempos que parecen ya muy lejanos. Desde que está así, y a pesar de que los parientes aseguraron todo, por hendijas y pequeñas grietas, han entrado algunos animales: ratas cuyos chillidos castigan las noches insomnes, y zarigüeyas que, también al amparo de la oscuridad, recorren los techos; quizás, de allí también, salgan todas las aves que abundaban cada vez más en el entorno, a lo mejor, sus nidos están al abrigo de la vieja casona, que ahora es el refugio perfecto ante las inclemencias del tiempo. Como irónico toque, como si la vida se resistiese a ser vencida del todo, un auto viejo, destartalado, con un viejo megáfono, pasó anunciando la venta de frutas y hortalizas; al mismo tiempo, un ave pasó rauda, tanto, que la perdí de vista tras la que era la chimenea de un tejar abandonado; y sin embargo, todo, todo ello, no hizo más que aumentar este desasosiego, y sobre todo, me mostró el absurdo de aquello que me pedían. «Como sabe, tenemos que comenzar otra vez. El mundo hay que ponerlo a funcionar»…, fueron las palabras que más recuerdo de esa perorata previa, que, como preámbulo de optimismo, me dijeron antes de indicarme cuál era mi papel en eso de echar a andar esta pelota de tristezas, que es ahora el mundo. Aunque creo que a todos nos tienen vigilados, supervisados, más o menos controlados, lo cierto es que ese discurso reveló las zonas a donde no puede llegar ningún control; ese lugar de afectos y emociones que, ni el más avezado trabajador de la mente —psiquiatra, psicólogo, psicoanalista o cura confesor—, puede discernir. Saben de mi formación, de mis estudios, de lo que hacía antes de que todo este desastre se instalara en todo el orbe; lo que no saben, es el malestar que me producían las labores a las cuales me dedicaba. Me presento, porque hasta ahora no lo he hecho. Soy, como lo dije arriba ***. Hasta antes de que todo este horror comenzara, me dedicaba a trabajar en una empresa, de esas que llaman una gran empresa, y que, a pesar de su grandeza, fue de las primeras en sucumbir ante el horror. Me formé como Administrador y Contador, no porque tuviera particular afecto por ese campo de los números, las cuentas y los informes financieros; lo hice, más bien, porque nunca tuve una verdadera pasión por nada. Podrá sonar extraño, pero no creo que lo sea. Es extraño, porque casi nadie lo confiesa, pero creo que en todos hay, o en casi todos, para no sonar pretencioso, una clara indefinición sobre qué es lo que quieren hacer de sus vidas. Cuando terminé mi secundaria, me encontré frente a esa situación. Cavilé, pensé hasta cansarme, incluso consulté una asesora vocacional, una señora gorda que, cada vez que iba a visitarla, con sus antiparras gruesas y un labial rojo encarnado, estaba comiendo pasteles de carne, que no solo le salpicaban la boca de restos que se adherían al maquillaje, sino que daban un olor desagradable a la oficinita minúscula en donde atendía a todos los perdidos en el mundo, y que valiéndose de test y pruebas psicotécnicas, trataba de establecer cuáles eran los verdaderos talentos de toda aquella caterva de despistados. Al final, para mí, resultó evidente, que no tengo ningún talento, aunque ella insistió en que me dedicara a la creación artística. Por eso, porque no me reconocía especialmente capaz para algo en particular, y por sentido práctico —«busquemos algo que dé para vivir, al fin de cuentas, de eso se trata», pensé, entonces, y sin duda, lo pensaría hoy, de nuevo, si estuviera ante una situación similar—, fue por lo que estudié asuntos financieros. Una carrera mediocre, pasada entre bostezos y notas no muy destacadas, al fin me permitieron graduarme y, quizás por esa suerte que tienen los seres anodinos como yo, fácilmente me enganché en esa empresa, que todos calificaban como un gran logro, como el sueño de muchos. Vistas las cosas desde este presente, y cuando esa empresa terminó por cerrar sus puertas, ante la imposibilidad de seguir operando en un entorno en crisis, no entiendo por qué muchos me envidiaron. No solo por lo que ocurrió, sino porque incluso, cuando todo parecía ir por su cauce normal, nunca dejó de sorprenderme el grado de estolidez en lo que se sostiene el mundo, la economía y los negocios; parece que el dinero, eso que a tantos desvela, en realidad, es un asunto de fe. Lo supe, sobre todo, cuando mi labor me hizo decantar por esa franja de la ciencia ficción, que muchos llaman análisis de riesgos. La verdad, a pesar de todas las variables, de toda la estadística y la econometría implicada en el asunto, nadie puede prever nada, anticipar nada; nadie sabe sobre los peligros, amenazas, fortalezas y debilidades, todas esas cosas que construyen matrices de oportunidades y ventajas, estratégicas y fundamentales, para una empresa, una institución o una persona… Todo es, simplemente, especulación. 

 

Entre mi mediocre formación y la evidencia de que todo se sostiene (iba a decir, sostenía, pero es evidente que la tontería no termina nunca), en fantasías y ensoñaciones, en deseos locos de que el paraíso se alcanzará en la tierra —el problema, es que el paraíso de unos no es igual para otros—, aumentó mi desconfianza y mi escepticismo frente al mundo y su gran futuro. Ahora, cuando todo se ha venido abajo, no digo que se hayan confirmado mi visión de las cosas —no creo que tenga ningún valor presentarse como un profeta de nuevo cuño—, sino que todo ha derivado a donde tenía que derivar. Contar cómo se dieron las cosas, me parece inútil. Demasiadas zonas oscuras hay, si uno mira tan solo la cronología de lo que ha acontecido hasta ahora. ¿Fue algo intencionado o fue algo inevitable? ¿Acaso buscamos remedio frente al desastre o hicimos todo para acabar de destruirnos, para menguar nuestra población hasta tal punto, que hoy, no solo porque lo dicen las estadísticas, sino porque lo veo en mi vecindario, hemos perdido un poco más de un tercio de los habitantes del planeta? ¿Jugamos a solucionar las cosas o jugamos al suicidio colectivo, como una ruleta rusa que al azar se llevó por delante, a viejos y jóvenes, a creyentes y ateos, a hombres y mujeres, a ricos y pobres? No tengo respuesta para estas cosas, pero creo que nadie las tendrá jamás. En el fondo, esta es una de esas situaciones que conviene dejar sin solución, sin definición ninguna. ¿Para qué buscar respuestas que, al final, terminan por llenarnos de más malestar y, sobre todo, que nos llevan a más preguntas? No, eso no interesa.



 

Por eso, no creí las palabras del funcionario estatal que me llamó esta mañana, cuando me decía que: «Estamos empeñados en minimizar las consecuencias. Queremos volver a salir adelante. Personas como usted, con su capacidad de liderazgo y su formación, son las que nos permitirán que este esfuerzo colectivo rinda los resultados que esperamos» … Parecía un presentador de televisión, por momentos, y en otros, parecía un predicador que viene a anunciar la Era de Acuario o la segunda visita de Cristo a la tierra. Detrás de sus entusiastas palabras, que además quería revestir de argumentos racionales, lo que se revelaba era la vacuidad de todo lo que decía y de todo lo que decimos; se hacía evidente, la necedad de nuestros sueños. Yo callaba mientras el personaje de marras, se dedicaba a su perorata. Le oía, hasta seguía el hilo de sus palabras, y su sentido era tan tópico, un lugar común que tantas veces había escuchado en conferencias de coaching y autoayuda (parafernalias verbales a las cuales nos sometían, de vez en vez, nuestros jefes directivos, dizque para entusiasmarnos con nuestra labor, para que amáramos la vida amando nuestro trabajo), que en vez de concentrarme en lo que decía, me dediqué a los recuerdos. Recordé que, tras esta misma ventana, se sentaba, muchos años atrás, mi abuela que fue el ser más simpático que he conocido. La envidié, no solo por el carácter jovial que siempre tuvo, sino porque se había librado de vivir este desastre. Quisiera tener su irónico espíritu, el mismo que la hacía triscar las vidas de los vecinos, en historias, algunas creíbles, otras, francamente, inverosímiles. Nadie se escapaba a sus comentarios que, muchas veces, eran demasiado pesados, pero que, en todo caso, le ponían salero a la vida. Pero yo no soy ella, y aunque hubiese tenido algo de ese carácter, sin duda, todo lo que hemos vivido, ya se habría transmutado, habría sido aplastado por las circunstancias.

 

 

Cuando colgué, luego de una conversación que me pareció eterna, o mejor, de un discurso que parecía una grabación, y en donde sólo hablé al final —poco faltaba para que me dijeran que asintiera o negara, pulsando ciertas teclas del teléfono—, decidí salir a hacer la misma rutina que hago desde hace algunos meses. Pero la misma tenía algo diferente. Con un vacío en el estómago, una extraña sensación que me recorría hasta la boca, en parte por lo que me habían dicho, pero también por lo desagradable e hipócrita que me parecía el brillo del día, me dirigí a la cocina de la casa. Atravesé con paso lerdo el patio central; miré las habitaciones vacías de este caserón y me detuve en la que era la de mis padres. Vacía, por culpa de este desastre; la cama con el último edredón que mi madre había escogido de entre los muchos que mantenía en el armario de madera; imágenes de santos en la pared, y una vieja foto de esa pareja que habían sido mis progenitores. No pude, sin embargo, mirar durante mucho rato ese lugar. Parecía un escenario vacío, luego de que ha terminado la función y las últimas luces del teatro se han apagado. Era insoportable.  Llegué a la cocina, y me puse a hacer la lista de lo que necesitaba para el día. Me gustaba esa rutina, de salir diariamente hasta la tienda de la esquina, a comprar casi, indefectiblemente, las mismas cosas: unos huevos, salchichas, pan o galletas. No cambiaba mucho, la verdad, pero era una excusa para entablar un diálogo con el viejo tendero, que, me miraba como un padre y siempre me preguntaba por mi situación, cómo iban las cosas, me sonreía. 

 

Memoricé las cuatro tonterías que necesitaba, no solo para el desayuno, sino para pasar el día, con una alimentación cada vez más ligera y repetitiva, y al mismo tiempo, para mí, más innecesaria. Cerré la puerta de la calle con doble llave y bajé la empinada calle, mirando el suelo y desatendiendo lo que pasaba a mi alrededor. «Usted ha sido designado como comisario de su zona y de su barrio. Ser comisario, es algo muy importante en estos tiempos, y no se haga la idea de que es como en las películas del Oeste. No. Literalmente, es un comisionado con unas funciones específicas. Usted es un delegado del gobierno al cual se le asignarán funciones y poderes precisos». Delegado del poder, en medio de la impotencia general; funcionario para actuar sobre un mundo que parecía detenido y estropeado. Pensaba en ello, cuando llegué a la tienda. Había dos hombres mayores sentados en un pequeño banco de madera. No conversaban entre ellos. Miraban con ojos entrecerrados, lo que pasaba por la calle. Uno de ellos dejaba escapar un bostezo y el otro, fumaba lentamente, un cigarrillo. No tenían afán. Muchas veces, casi a diario, había visto a ese par de hombres que me confirmaban en la desconfianza sobre los buenos propósitos que, según me decían, tenían las funciones y labores que me asignaron. No lo he dicho, quizás lo daba por sentado o supongo que para quien lea estas letras, debe resultar evidente, pero fueron enfáticos en decirme, que me habían designado y que, salvo situaciones extremas —enfermedad, incapacidad física o emocional (comprobada con un certificado psiquiátrico)—, no podía negarme a cumplir mis labores; mi designación como comisario, era una orden, no una petición. «Debe escoger un equipo, gente joven preferiblemente, entre veinticinco y cuarenta años, que le acompañen en este trabajo. Lo primero, es establecer un censo con las preguntas que le haremos llegar en los próximos días». Gente joven, y yo estaba en esa categoría, aunque, la verdad, me siento envejecido, agotado, apabullado por las circunstancias. Yo no quiero hacer nada, porque no creo en nada; solo deseo reposar, tirarme bajo un sol inclemente del mediodía para castigar mi piel o a lo mejor, deseo hibernar como un oso, encerrarme a dormir. Ese es el punto, deseo vivir sin hacer nada; vivir para nada. Pero me han elegido y no realizar las labores que me asignaron, puede ser peor. 

 

Quizás, por que de vez en cuando aparece ese resto de esperanza en uno, fue por lo cual pregunté al hombre de la tienda, sobre los vecinos, quiénes residían, qué sabía él de gente joven que no tuviese muchos compromisos como para hacer un trabajo. Me miró extrañado, porque la verdad, no soy de los que habla mucho, que todos los días se limita a las mismas fórmulas de cortesía y a enumerar los escasos productos que compro, y al final, a pagar en silencio. Cayó un momento y en vez de responderme, me interpeló. «¿Cómo así? No entiendo». Tuve que explicarle que me habían llamado, que había sido designado como comisionario de una amplia zona, que involucraba no solo nuestro barrio, sino otros tres, cercanos; que estaba encargado de liderar, en el sector, el proceso de reconstrucción. Debí decirlo, supongo, sin mucha convicción, porque el hombre, lo primero que hizo fue decir: «Lo siento, es una locura». Sí, yo también sé que esto tiene mucho de locura, de acción sin fundamento, pero no lo puedo evitar. Más que locura, pienso, es una vuelta de tuerca del absurdo. Mi mirada, sin duda, revelaba mi falta de convicción, pero al mismo tiempo, hablaba de la encerrona en la que estaba, en la que estoy. Por eso, terminó hablándome de algunas personas que conocía, de sus direcciones o al menos, de las señas para llegar a sus casas. «La verdad, me dijo, es que a veces, la gente vieja puede ser más útil. Muchos jóvenes están completamente abatidos con lo que pasó». Qué bella esa palabra: abatimiento. En ella se condensa, pienso, no solo el sentimiento general de nosotros los sobrevivientes, sino que ella califica cada tesitura, cada forma del mundo, cada ruido y cada silencio. No es un estado del alma, tan solo, sino el color y la textura de todo lo que nos rodea. 

 

Volví a mi casa. Hice el ligero desayuno. Comí despacio, como tratando de retrasar el inicio de todo aquello que me han encomendado: un censo de la población, un plan de acción y la ejecución del mismo. Todavía tenía tiempo para eso, pensé, no solo por la desconfianza y el escepticismo, sino porque debo esperar toda la información, papeles, recursos electrónicos, para empezar. No sé cuándo ocurrirá. Esta tarde, mañana, esta semana. No importa. De hecho, tengo miedo de que suene el timbre, que golpeen la puerta, incluso me lleno de aprehensión, cuando pasa lentamente un auto, y supongo que en él, vienen los funcionarios estatales, quizás uniformados o con chalecos institucionales, y que han de descender, sintiéndose importantes, mirando en derredor con sus lentes oscuros —no importa si el día es oscuro como hoy, o soleado como irónico optimismo de la naturaleza— y luego llamando a mi portón para que, oficialmente, me digan cómo se ha de proceder, paso a paso. Debería ir a comprar más café y refrescos, para poder, el día que vengan, brindarles algo. Sin duda, se tomarán toda una tarde, puede, incluso, un día entero. Me da risa cuando pienso que hasta me harán jurar sobre una Biblia o algo así, para comprometerme en lo que no me entusiasma, en lo que descreo completamente. Pienso en cómo será la visita de los funcionarios, sus palabras, y es como si, de alguna forma, también quisiera estar en esa humorada, no como protagonista, sino como espectador. Pero seré el centro de todo, lo sé bien. Quisiera huir, irme lejos, para que no me encuentren, pero como está todo, no hay refugio, no hay un escondite, una madriguera en donde como una rata, pueda ocultarme. Es inevitable. Por eso, me siento a mirar el patio, las plantas que se han marchitado, y cada tanto, levanto los ojos hacia la puerta. Espero la llamada de los funcionarios. Espero, pero no hay esperanza. Soy, tal vez, el más nimio de los seres de este barrio, de esta ciudad, de este país, pero a mí, justo a mí, me ha designado el poder, que está por doquier, pero no tiene rostro visible, ni un nombre. Y en virtud de esa abstracción me pondré una vestimenta, incluida una gorra particular, que será el atributo con el cual, ese poder invisible, el sistema, como elocuentemente lo dijo esta mañana, la voz que me llamó —¿acaso era alguien?, ¿no sería una máquina que me engañaba? —, y con el cual, con esa ridícula insignia, supuestamente, he de ganar respeto ante los demás. Pero no me hago ilusiones. No creo en mí, no creo en los demás, no creo en esa forma extraña de poder que no tiene carne ni huesos, que no tiene esa cosa extraña, que, por costumbre, uno llama, alma. No hay alma, no hay almas. Solo desencanto y escepticismo. Cuando toquen la puerta, hoy, mañana, esta semana, ojalá en un mes o dos, sé que los golpes en la puerta, serán como el redoble de unas campanas, que llaman a una ceremonia fúnebre que nunca termina, a una tristeza que ya nadie podrá remediar…

 

***

 

Pero no puedo hacer nada. Menos ahora, cuando he sentido un auto que se ha aparcado en la calle, frente a mi puerta. No tengo a dónde ir. Han llegado. Quisiera ir a la ventana, para saber, cuántos son, cómo es su aspecto. Pero no me puedo parar. Golpean la puerta, no tocan el timbre. Sus golpes los siento en mi cabeza. Quiero huir, pero el poder, sea eso lo que sea, ha llegado y su presencia, produce más miedo que todo aquello que produjo el derrumbe del mundo que conocíamos. Sus golpes en la puerta, efectivamente, son como el redoblar de unas campanas que llaman a duelo, a tristeza infinita. Me pararé, iré y no sabré que decir. 

 

 

 



[1] Profesor del Departamento de Estudios Filosóficos y Culturales, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

1 comentario:

GUV dijo...

Manuel Bernardo, magistral. Lo leí sin tomar respiro, me mantuvo en suspenso hasta la última palabra, gracias.

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES, FRAGMENTOS (VIII)

Les compartimos hoy, un relato que ha escrito nuestro compañero y colega, el profesor Manuel Bernardo Rojas, en medio de esta situación tan ...