domingo, 17 de mayo de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES Y FRAGMENTOS (II)




Vincent van Gogh, Wheatfield Under Thunderclouds, 1890



PRESENTACIÓN
por Adriana Pertuz Valencia
Estudiante del doctorado en Estética
Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

El 10 de abril de 2020, cuando los noticieros reportaban más de un millón y medio de casos de Coronavirus en el mundo, The New Yorker publicó un artículo titulado “¿Por qué recurren los ansiosos lectores a La Señora Dallowaydurante la cuarentena?”[1] En él, Evan Kindley empieza por compilar una serie de trinos en los que diversos usuarios de Twitter dan un giro a la ya tan conocida frase inicial de esta obra para expresar la perplejidad con la que se viven los asuntos que ahora nos reclaman: “La Señora Dalloway dijo que compraría el desinfectante ella misma”, “La Señora Dalloway dijo que pediría las flores a domicilio porque eran un artículo no esencial, pero se aseguraría de dar una propina del 30% ella misma”, “La Señora Dalloway dijo que haría el tapabocas ella misma”… y así muchos más, que, como los cientos de chistes que circulan a diario por nuestros celulares, pretenden poner el toque de humor para alivianar una situación cuyos infinitos matices quizás solo puedan intentar dilucidar quienes, en un futuro cercano o lejano, logren contemplarla con la mayor sensatez que suele otorgar el distanciamiento en el tiempo.    
Aunque quizás estos breves ejemplos tengan más que ver con una entretenida distorsión de la famosa frase de Clarissa Dalloway, que con un verdadero volcamiento hacia la novela, Kindley aprovecha este destello de la red social para recordarnos lo mucho que ambas, novela y escritora, pueden relacionarse con la pandemia: Woolf vivió el brote de gripa española de 1918 que afectó a un cuarto de la población británica, dejando entre ella 228.000 muertos[2]. Su madre murió de influenza en 1895 —evento que desencadenó su primera crisis nerviosa a los 13 años—, y la misma Virginia sufrió la influenza seis veces, no sin padecer más tarde sus secuelas. Como también señala Kindley, Elizabeth Outka llega incluso a sugerir que la experiencia narrada en La Señora Dalloway estaría posiblemente relacionada con los efectos psicológicos de la enfermedad y los cambios drásticos introducidos en la vida diaria por la pandemia de 1918.
No obstante, entre lo mencionado en dicho artículo, es quizás el ensayo de 1926, titulado On Being Ill[3] –“Sobre el estar enfermo”- uno de los textos que más directamente nos muestra, con la agudeza y el colorido que caracteriza su escritura, la estrecha relación de Woolf con los padecimientos del cuerpo. Allí nos advierte la autora que son “esas grandes guerras que el cuerpo sostiene, con la mente por esclava, en la soledad de la habitación, contra los asaltos de la fiebre o el advenimiento de la melancolía”, las que nos recuerdan, así el filósofo quiera olvidarse de ello en su torrecilla, que el cuerpo no es “una simple lámina de vidrio a través de la cual el alma observa directa y claramente”, sino más bien un cristal opaco del que esta no se libera tan fácilmente como si se tratase de “la funda de un cuchillo o la vaina de un guisante”. La enfermedad —como quizás también podríamos decirlo en nuestros días sobre el confinamiento tanto de “sanos” como de enfermos— es para Woolf la oportunidad, tal vez no solicitada pero sí plena de un resplandor inesperado, para dar un paso al costado del “ejército de los verticales” —la esclavitud de la productividad, la llamaríamos quizás ahora— y “flotar con las ramas en el riachuelo; en desbandada con las hojas muertas en el césped, irresponsables y desinteresados y capaces, tal vez por primera vez en años, de mirar alrededor, de mirar hacia arriba —de mirar, por ejemplo, hacia el cielo.”
                                                                       *
Comparto a continuación una traducción propia de este ensayo, realizada hace algunos años con gran admiración por la profundidad de este texto, pero también por el simple placer que la tarea del traductor otorga en la irresponsabilidad —como la del que, como nos dice Woolf, lee desprevenidamente a Shakespeare bajo un ataque de fiebre— de intentar apropiarse momentáneamente de las palabras ajenas, de querer saber cómo sonarían, cómo se verían y qué dirían en la propia lengua. 
Por cierto, la tipógrafa y artista noruega Ane Thon Knutsen[4], quien ha hecho ya algunas obras de arte basadas en textos de Woolf, ha emprendido la tarea de tipografiar en su taller una oración de este ensayo por cada día de cuarentena. Las comparte por Instagram, esperando no llegar al final de su cometido, ya que calcula que serían más o menos 140 oraciones –y una cantidad igual de días de encierro- y, además de que debe cuidar a su infante de 4 años en casa, solo cuenta con el papel que le había quedado en su reserva.









Sobre el estar enfermo[1]
por Virginia Woolf
Si se considera cuan común es la enfermedad, cuan tremendo es el cambio espiritual que ésta trae consigo, qué asombroso es cuando las luces de la salud menguan; todos los países aún no descubiertos que entonces se nos revelan, qué desechos y desiertos del alma, un leve ataque de influenza pone a la vista, qué precipicios y praderas sembradas de flores brillantes revela un pequeño aumento de temperatura, qué antiguos y obstinados robles son arrancados de raíz en nosotros por el acto mismo de la enfermedad; cómo caemos en la fosa de la muerte y sentimos las aguas de la aniquilación cerrarse sobre nuestras cabezas y nos despertamos pensando que estamos en presencia de ángeles y arpistas cuando nos sacan una muela, y volvemos a la superficie en la silla del dentista y confundimos su “enjuáguese la boca - enjuáguese la boca” con el saludo de la Deidad que se encorva desde el Cielo para darnos la bienvenida. Cuando pensamos en esto, así como tan frecuentemente nos vemos forzados a hacerlo, parece en efecto extraño que la enfermedad no haya reclamado su lugar junto al amor y las batallas y los celos dentro de los grandes temas de la literatura. Novelas, uno pensaría, habrían sido dedicadas a la influenza; poemas épicos a la fiebre tifoidea; odas a la neumonía; obras líricas al dolor de muela. Pero no; con unas pocas excepciones —De Quincey intentó algo así en El comedor de Opio; debe haber uno o dos volúmenes sobre la enfermedad dispersos en las páginas de Proust—, la literatura hace lo mejor que puede para sostener que su preocupación es la mente; que el cuerpo es una simple lámina de vidrio a través de la cual el alma observa directa y claramente, y, salvo por una o dos pasiones como el deseo y la avaricia, éste es nulo, desdeñable e inexistente. Muy al contrario, es cierto todo lo opuesto. Todo el día, toda la noche, interviene el cuerpo; se hace éste romo o afilado, colorido o descolorido, se vuelve cera en el calor de junio, se endurece como cebo en el lóbrego febrero. La criatura de adentro solo puede mirar a través del cristal —manchado o rosáceo; no puede separarse del cuerpo por un solo instante, como la funda de un cuchillo o la vaina de un guisante; debe pasar a través de la interminable procesión de cambios, calor y frío, incomodidad y confort, hambre y satisfacción, salud y enfermedad, hasta que llega la inevitable catástrofe; el cuerpo se hace trizas, y el alma (se dice) escapa. Pero de todo este drama diario del cuerpo no hay registro. La gente siempre escribe sobre las obras de la mente; los pensamientos que le sobrevienen; sus planes nobles; cómo la mente ha civilizado el universo. Se la muestra ignorando al cuerpo en la torrecilla del filósofo; o pateándolo, como a una vieja pelota de cuero, a través de leguas de nieve y de desiertos en pos de la conquista o el descubrimiento. Esas grandes guerras que el cuerpo sostiene, con la mente por esclava, en la soledad de la habitación, contra los asaltos de la fiebre o el advenimiento de la melancolía, son todas ignoradas. Pero tampoco hay que buscar lejos la razón de esto. Mirar estas cosas directamente al rostro requeriría el coraje de un domador de leones; una filosofía robusta; una razón afincada en las entrañas de la tierra. A falta de ellas, este monstruo, el cuerpo, este milagro, su dolor, nos haría decaer hasta el misticismo, o levantarnos, con rápidos golpes de ala, hacia el éxtasis del trascendentalismo. El público diría que a una novela dedicada a la influenza le falta argumento; se quejarían de que no hay amor en ella –pero de forma equivocada, puesto que la enfermedad con frecuencia lleva el disfraz del amor y juega los mismos trucos. Inviste ciertos rostros de divinidad, nos hace esperar, hora tras hora, con oídos atentos, el crujido de un escalón, y cubre de un nuevo significado los rostros de los ausentes (bastante ordinarios en la salud, Dios lo sabe), mientras la mente teje miles de leyendas y romances sobre ellos para los que no tiene tiempo ni interés cuando estamos sanos. Finalmente, para entorpecer la descripción de la enfermedad en la literatura, está la pobreza del lenguaje. El inglés, que puede expresar los pensamientos de Hamlet y la tragedia de Lear, no tiene palabras para el escalofrío y la jaqueca. Todo se desarrolla en una sola dirección. La más simple colegiala, cuando se enamora, tiene a Shakespeare o a Keats para que hablen por ella; pero dejad que un sufriente trate de describir al médico un dolor en su cabeza y el lenguaje se queda seco de inmediato. No encuentra nada hecho, se ve forzado a acuñar él mismo las palabras, y, tomando su dolor en una mano, y un trozo de sonido puro en la otra (como quizás hizo la gente de Babel al comienzo), los junta de golpe, de manera que una palabra nueva finalmente emerge. Será probablemente algo risible. Porque, ¿qué inglés de nacimiento puede darse libertades con el lenguaje? Es éste para nosotros una cosa sagrada y por lo tanto condenada a muerte, a menos que los americanos, cuyo genio es mucho más alegre para la creación de nuevas palabras que para disponer de las viejas, vengan a nuestra ayuda y dejen correr los manantiales. Sin embargo, no es sólo un lenguaje nuevo lo que necesitamos, más primitivo, más sensual, más obsceno, sino una nueva jerarquía de las pasiones; el amor debe ser depuesto en favor de una fiebre de cuarenta grados; los celos deben dar paso a las punzadas de la ciática; el insomnio debe interpretar el papel del villano, y el héroe convertirse en un dulce líquido blanco –ese príncipe poderoso con ojos de polilla y pies alados, del cual Cloral es uno de sus nombres.
Pero volvamos al inválido. “Estoy en cama con influenza” —pero qué transmite eso acaso de la gran experiencia; cómo el mundo ha cambiado de forma; los instrumentos de los negocios se han vuelto remotos; los sonidos del festival se tornan románticos como un tiovivo que se escucha a través de campos lejanos; y los amigos han cambiado, algunos adquiriendo una extraña belleza, otros deformados hasta la rechonchez de un sapo, mientras que todo el paisaje de la vida permanece remoto y pálido, como la costa vista desde un barco en altamar; y él está ora en un pico de exaltación y no necesita ayuda de los hombres ni de Dios, ora se postra de espaldas en el suelo, agradeciendo el puntapié de una mucama —la experiencia no puede impartirse y, como sucede siempre con estas cosas tontas, su propio sufrimiento sólo sirve para despertar recuerdos en la mente de los amigos sobre las influenzas, los dolores y las molestias que ellos pasaron sin aspaviento el pasado febrero; y ahora él pide a gritos, desesperadamente, clamorosamente, el alivio divino de la simpatía.
Pero no obtenemos simpatía. El Sabio Destino dice no. Si sus hijos, ya cargados como están de penas, tuvieran que asumir también esa carga, sumando en la imaginación otros dolores a los suyos propios, los edificios dejarían de levantarse; las carreteras degenerarían en caminos de hierba; llegaría el fin de la música y la pintura; un solo suspiro se elevaría a los Cielos, y las únicas disposiciones para los hombres y mujeres serían las del horror y la desesperación. Tal como sucede, hay siempre alguna pequeña distracción —un organillero en la esquina del hospital, una tienda con libros o baratijas que nos atrae cuando pasamos cerca de la prisión o el hospicio, algún perro o gato absurdo que nos impide convertir el jeroglífico de miseria del mendigo en volúmenes de sórdido sufrimiento; y así, el gran esfuerzo de simpatía que esas barracas de dolor y disciplina, esos símbolos resecos de pesadumbre, nos piden ejercer en su nombre, es diferido con incomodidad para otro momento. La simpatía es en estos días dispensada, sobre todo, por los rezagados y fracasados, en su mayor parte mujeres (en quienes lo obsoleto existe tan extrañamente al lado de la anarquía y la novedad), quiénes, habiéndose retirado de la carrera, tienen tiempo para gastar en excursiones no rentables y fantásticas; C. L. por ejemplo, quien, sentándose junto al desgastado fuego de la habitación del enfermo, recrea, con toques a la vez sobrios e imaginativos, el guardafuego, la hogaza de pan, la lámpara, organillos en la calle, y todas las habladurías sobre mandiles y correrías; A.R., en su arrojo y magnanimidad, quien, si te antojases de una tortuga gigante para solazarte o de una tiorba para animar el espíritu, revolvería los mercados de Londres y se los procuraría de alguna manera, envueltos en papel, antes del fin del día; la frívola K.T., quien, vestida de seda y plumas, empolvada y pintada (lo que también toma su tiempo) como para un banquete de Reyes y Reinas, derrocha todo su esplendor en la penumbra del cuarto del enfermo, y que con sus chismes y remedos hace sonar las botellas de medicinas y elevarse las llamas en el fuego. Pero los días de tales disparates han pasado; la civilización apunta hacia una meta diferente; ¿y entonces qué lugar habrá para la tiorba y la tortuga?
Hay, confesémoslo (y la enfermedad es el gran confesionario), una franqueza infantil en la enfermedad; las cosas son dichas, las verdades se escapan bruscamente, esas que la cuidadosa respetabilidad de la salud oculta. Acerca de la simpatía por ejemplo —podemos vivir sin ella. Esa ilusión de un mundo moldeado para hacer eco de cada quejido, compuesto por seres humanos tan fuertemente atados por necesidades comunes y miedos, que al menor tirón de una mano se moviese otra; donde sin importar lo extraño de una experiencia, otros la hubiesen tenido también, o sin importar qué tan lejos viajaras dentro de tu propia mente, alguien hubiese estado allí antes —es una ilusión. No conocemos nuestras propias almas, mucho menos las de los otros. Los seres humanos no van de la mano a lo largo del camino. Existe un bosque virgen en cada uno; un campo cubierto de nieve donde incluso las huellas de los pájaros son desconocidas. Caminamos solos, y mejor que sea así. Contar siempre con simpatía, estar siempre acompañados, ser siempre comprendidos sería intolerable. Pero estando sanos la genial pretensión debe sostenerse y deben renovarse los esfuerzos —por comunicar, civilizar, compartir, cultivar el desierto, educar al nativo, ejercitarnos trabajando juntos noche y día. En la enfermedad esta fantasía cesa. Apenas se requiere estar en cama, o hundidos en una silla entre almohadas; levantamos un pie sobre el otro aunque sólo sea una pulgada, y dejamos de ser soldados en el ejército de los verticales; nos convertimos en desertores. Ellos marchan hacia la batalla. Nosotros flotamos con las ramas en el riachuelo; en desbandada con las hojas muertas en el césped, irresponsables y desinteresados y capaces, tal vez por primera vez en años, de mirar alrededor, de mirar hacia arriba –de mirar, por ejemplo, hacia el cielo.


La primera impresión de ese extraordinario espectáculo es extrañamente sobrecogedora. De ordinario es imposible mirar al cielo durante cualquier cantidad de tiempo. Los desconcertados peatones se verían impedidos por un mirador-de-cielo público. Los pequeños trozos que le arrebatamos se ven mutilados por chimeneas e iglesias, sirven como un telón de fondo para el hombre, significan clima húmedo o bueno, tiñen las ventanas de dorado, y, entre las ramas, completan el pathos de los desaliñados sicómoros otoñales en las plazas otoñales. Ahora, reclinados, mirando directamente hacia arriba, descubrimos el cielo como algo tan diferente que nos sentimos conmocionados. ¡Ha estado sucediendo todo el tiempo sin que lo supiéramos! —Esta incesante invención de formas que se proyectan hacia abajo, este embate de las nubes entre sí y el correr de vastos trenes de barcos y vagones de norte a sur; este incesante subir y bajar de telones de luz y sombra, este interminable experimento con rayos dorados y sombras azules, con el velamiento y el desocultamiento del sol, con el levantar murallas de roca y dejar que se deshagan en el viento— esta actividad interminable, con el gasto de Dios sabe cuántos millones de caballos de fuerza en energía, se ha dejado año tras año a su capricho. Tal hecho parece reclamar un comentario y de hecho, ser censurado. ¿No debería alguien escribir a TheTimes? Algún uso debería dársele. No debería dejarse esta gigantesca obra cinematográfica rodando en una casa vacía. Pero observad un poco más y otra emoción ahoga la agitación del ardor civil. Lo divinamente bello es también divinamente despiadado. Recursos inconmensurables son usados para algún propósito que no tiene nada que ver con el placer o el beneficio humano. Si todos cayésemos de bruces, tiesos, el cielo aún experimentaría con sus azules y dorados. Quizás entonces, si bajásemos la mirada hacia algo muy pequeño y cercano y familiar, encontraríamos simpatía. Examinemos la rosa. La hemos visto tan a menudo floreciendo en cuencos, la hemos vinculado tan a menudo con la plenitud de la belleza, que hemos olvidado como se sostiene, quieta y firme, durante una tarde completa en la tierra. Preserva una conducta de perfecta dignidad y compostura. La tinción de sus pétalos es de una corrección inimitable. Ahora, quizás, cae una de ellas deliberadamente; ahora todas las flores, la voluptuosa morada, la color crema, en cuya carne cérea la cuchara ha dejado un remolino de jugo de cereza; gladiolos, dalias, lirios, sacerdotales, eclesiásticas; flores con cuidados cuellos de cartulina teñidos de damasco y ámbar, todas inclinan sus cabezas gentilmente con la brisa –todas, con la excepción del pesado girasol, que orgullosamente reconoce el sol al medio día y tal vez hace un desaire a la luna a media noche. Allí se sostienen; y es de éstas, las más quietas, las más autosuficientes de todas las cosas, de las que los seres humanos se han hecho compañía; éstas las que simbolizan sus pasiones, decoran sus festivales, y yacen (como si ellas conocieran la pena) sobre las almohadas de los muertos. Dotados para las correspondencias, los poetas han encontrado la religión en la naturaleza; la gente vive en el campo para aprender la virtud de las plantas. Es en su indiferencia que ellas son reconfortantes. Ese campo nevado de la mente, donde el hombre no ha puesto pie, es visitado por la nube, besado por el pétalo que cae, así como en otra esfera, son los grandes artistas, los Miltons y los Popes, quienes consuelan, no por pensar en nosotros sino por su olvido.
Mientras tanto, con el heroísmo de la hormiga o de la abeja, sin importar qué tan indiferente el cielo o desdeñosas las flores, el ejército de los verticales marcha a la batalla. La Señora Jones toma su tren. El señor Smith repara su motor. Las vacas se llevan a casa para ser ordeñadas. Los hombres construyen techos de paja. Los perros ladran. Las cornejas, levantándose en bandada, caen en bandada sobre los olmos. La ola de la vida se despliega incansable. Es sólo el yacente el que sabe que, después de todo, la naturaleza no se esfuerza por ocultar –que ella al final vencerá; el calor dejará el mundo; rígidos y cubiertos de escarcha dejaremos de arrastrarnos por los campos; el hielo se amontonará en capas gruesas sobre fábricas y motores; el sol se extinguirá. Aun así, cuando toda la tierra esté laminada y resbalosa, alguna ondulación, alguna irregularidad de la superficie marcará la frontera de un jardín antiguo, y allí, empujando su cabeza hacia arriba, impertérrita bajo la luz de las estrellas, la rosa florecerá, el azafrán arderá. Pero con el anzuelo de la vida aún en nosotros, todavía debemos agitarnos. No podemos entumecernos pacíficamente en vítreos montículos. Incluso los yacentes se levantan de un salto con sólo imaginarse la escarcha en los dedos de los pies, y se estiran para valerse de la esperanza universal –Cielo, Inmortalidad. Seguramente, ya que los hombres han estado deseándolo durante todas las eras, le habrán insuflado la existencia; habrá algún islote verde en el cual la mente pueda descansar, aunque allí los pies no puedan plantarse. La imaginación cooperativa de la humanidad debe haber dibujado un firme contorno. Pero no. Uno abre el Morning Post y lee lo que el Obispo de Lichfield dice sobre el Cielo. Uno ve a quienes van a la iglesia entrar en fila a esos templos galantes donde, en el día más lóbrego, en los campos más húmedos, las lámparas arden, las campanas tañen, y como sea que las hojas de otoño revoloteen y los vientos suspiren afuera, las esperanzas y deseos se transmutan en creencias y certezas allí adentro. ¿Se ven ellos serenos? ¿Están sus ojos llenos de la luz de su convicción suprema? ¿Se atrevería alguno de ellos a saltar directamente al Cielo desde el acantilado? Sólo un mentecato haría tal pregunta; la pequeña compañía de creyentes se demora, se rezaga y se aleja. La madre desgastada, el padre cansado. Para imaginarse el Cielo, para eso no tienen tiempo. El hacer-Cielo debe dejarse a la imaginación de los poetas. Sin su ayuda no podemos más que juguetear –imaginarnos a Pepys en el Cielo, bosquejar pequeñas entrevistas con gente célebre entre plantas de tomillo, cayendo rápidamente en el cotilleo sobre cuáles de nuestros amigos se han quedado en el Infierno, o, peor aún, tornarnos nuevamente hacia la tierra y escoger, puesto que no se hace daño escogiendo, vivir una y otra vez, ora como hombre, ora como mujer, como capitán de altamar, o dama de la corte, como Emperador o esposa del granjero, en ciudades espléndidas o en páramos remotos, en la época de Pericles o Arturo, Carlomagno, o Jorge Cuarto— vivir y vivir hasta que hayamos gastado esas vidas embrionarias que nos asisten en la juventud temprana hasta que el “yo” las suprime. Pero el “yo” no nos usurpará también el Cielo, si es que el deseo puede alterar algo, ni nos condenará, a los que hemos interpretado nuestros papeles aquí como William o Alice, a permanecer como William o Alice para siempre. Abandonados a nosotros mismos especulamos entonces carnalmente. Necesitamos que los poetas imaginen por nosotros. El deber de hacer-Cielo debe adjuntarse a la oficina del Poeta Laureado.
De hecho, es hacia los poetas hacia quienes nos volvemos. La enfermedad nos hace reacios a las largas campañas que la prosa precisa. No podemos dominar todas nuestras facultades y mantener nuestra razón y nuestro juicio y nuestra memoria atenta mientras un capítulo sucede al otro, y, justo cuando uno de ellos toma forma, tener que estar alerta ante la llegada del próximo, hasta que toda la estructura —arcos, torres y almenas— se sostengan firmes en sus bases. El Ocaso y la Caída del Imperio Romano no es el libro para la influenza, ni tampoco La Copa Dorada o Madame Bovary. Por otro lado, con la responsabilidad archivada y la razón en retirada –porque, ¿quién va a exigir espíritu crítico de un inválido o un sentido perfecto de los postrados en cama?—, otros gustos se reafirman; repentinos, intermitentes, intensos. Robamos a los poetas sus flores. Rompemos una línea o dos y dejamos que se expandan en las profundidades de la mente:
y a menudo durante la víspera
Visita los rebaños en los prados al crepúsculo

vagando en densas manadas por la montaña
Guiado por el lento viento reticente

O hay una novela entera de tres volúmenes sobre la cual meditar en un verso de Hardy o una frase de La Bruyère. Nos sumergimos en las cartas de Lamb –algunos prosistas deben ser leídos como poetas— y encontramos: “Soy un sanguinario asesino del tiempo, y justo ahora lo mataría lentamente. Pero es vital la serpiente.” ¿Quién explicaría esta delicia? O abrir Rimbaud y leer
O saisons o châteaux
Quelle âme est sans défauts ?

¿Quién racionalizaría tal encanto? En la enfermedad las palabras parecen poseer una cualidad mística. Atrapamos lo que está más allá de su significado superficial, recogemos instintivamente esto, aquello, y lo otro —un sonido, un color; aquí un acento, allí una pausa— las cuales el poeta, sabiendo que las palabras son precarias en comparación con las ideas, ha esparcido por su página para evocar, una vez congregadas, un estado mental que ni las palabras pueden expresar ni la razón explicar. La incomprensibilidad tiene un enorme poder sobre nosotros durante la enfermedad, más legítimamente de lo que permitirían los verticales. En la salud el significado invade el sonido. Nuestra inteligencia domina sobre nuestros sentidos. Pero en la enfermedad, con la vigilancia fuera de servicio, nos deslizamos bajo algunos poemas oscuros de Mallarmé o Donne, alguna frase en latín o griego, y las palabras nos entregan su perfume y destilan su sabor, y entonces, si al final asimos el significado, es éste todavía más rico por habernos llegado sensualmente primero, por la vía del paladar y los orificios nasales, como un aroma peculiar. Los extranjeros, para quienes la lengua es extraña, nos tienen en desventaja. Los chinos deben conocer el sonido de Antonio y Cleopatra mucho mejor que nosotros.
La impetuosidad es una de las propiedades de la enfermedad —como forajidos que somos— y es esa precipitación la que necesitamos al leer a Shakespeare. No es que nos adormilemos leyéndolo, sino que, completamente conscientes y alertas, su fama nos intimida y aburre, y todas las opiniones de los críticos apagan en nosotros el estallido atronador de la convicción que, aunque fuese una ilusión, es aún una ilusión tan útil, un placer tan prodigioso, un estímulo tan agudo, cuando se lee a los grandes. Shakespeare está siendo contaminado; un gobierno paternal bien podría prohibir que se escribiese acerca de él, de la misma manera en que ponen el monumento de Stratfort fuera del alcance de las manos que lo cubren de garabatos. Entre el zumbido de la crítica, uno puede arriesgar conjeturas de forma privada, hacer sus propias notas al margen; pero, sabiendo que alguien lo ha dicho antes, o lo ha dicho mejor, el entusiasmo desaparece. La enfermedad, en su majestuosa sublimidad, barre todo esto a un lado y no nos deja más que a Shakespeare y a nosotros mismos. Con todo y su poder altivo y nuestra altiva arrogancia, las barreras caen, los nudos se deshacen, el cerebro suena y resuena con Lear o Macbeth, e incluso el mismo Coleridge chilla como un ratón distante.
Pero basta de Shakespeare –volvámonos hacia Augustus Hare. Hay gente que dice que ni siquiera la enfermedad garantiza estas transiciones; que el autor de La Historia de Dos Nobles Vidas no es el par de Boswell; y si afirmamos que a falta de la mejor literatura nos gusta la peor —es la mediocridad la que es odiosa— tampoco aceptarán nada de eso. Que así sea. La ley está del lado de lo normal. Pero para aquellos que sufren un leve aumento de temperatura, los nombres de Hare y Waterford y Canning irradian como haces de benigno lustre. No en las primeras cien páginas, es cierto. Allí, como a menudo en los grandes volúmenes, perdemos pie y amenazamos con ahogarnos en una plétora de tías y tíos. Tenemos que recordar que existe una cosa llamada atmósfera; que los mismos maestros a menudo nos hacen esperar intolerablemente mientras preparan nuestras mentes para lo que sea que venga –la sorpresa, o la falta de sorpresa. Así que Hare también se toma su tiempo; el encanto se nos cuela imperceptiblemente; lentamente nos convertimos casi en uno de la familia, pero no del todo, ya que nuestro sentido de extrañamiento permanece, y compartimos la consternación de la familia cuando Lord Stuart sale de la habitación –había un baile en curso— y lo siguiente que se sabe de él es que está en Islandia. Las fiestas, dice él, le aburrían— así eran los aristócratas ingleses antes de que el matrimonio con el intelecto hubiese adulterado la fina singularidad de sus mentes. Las fiestas les aburren; se van a Islandia. Entonces la manía de construir castillos atacó a Beckford; debía levantar un château francés a lo largo del Canal, y erigir, con un gasto enorme, pináculos y torres para ser usados como dormitorios por los sirvientes, sobre los bordes de un precipicio que se desmoronaba, de manera que las criadas vieron sus escobas nadando en el Solent; y Lady Stuart estaba muy afligida, pero sacó lo mejor de aquello y comenzó, como la dama de buena cuna que era, a plantar hojas perennes en la faz de la ruina. Mientras tanto las hijas, Charlotte y Louisa, crecieron en su incomparable encanto, con lápices en sus manos, siempre haciendo bocetos, bailando, coqueteando, en una nube de gasa. No son muy distintas, es verdad. Ya que la vida entonces no era la vida de Charlotte y Louisa. Era la vida de familias, de grupos. Era una telaraña, una red, desplegándose y enredando todo tipo de primos, dependientes, y viejos criados. Tías —la Tía Caledon, la Tía Mexborough—, abuelas —Nana Stuart, Nana Hardwicke—, agrupamiento en coros, y regocijo y pesadumbre y comer la cena de Navidad juntos, y envejecer mucho y mantenerse muy erguidos, y sentarse en poltronas cubiertas cortando flores de papeles coloridos. Charlotte desposó a Canning y se fueron a la India; Louisa desposó a Lord Waterford y se fueron a Irlanda. Luego las cartas empiezan a cruzar vastos espacios en barcos que navegan lentamente y la comunicación se vuelve aún más prolongada y ampulosa, y parece no haber fin para el espacio y el disfrute de esos primeros años Victorianos, y la fe se pierde y la vida de los Vicarios de Hedley la revive; las tías se resfrían pero se recuperan; los primos se casan; está la hambruna de Irlanda y los motines en la India, y ambas hermanas permanecen en su grande pero silenciosa pena, sin niños que vengan después de ellas. Louisa, arrojada en Irlanda con Lord Waterford que sale de caza todo el día, se sentía a menudo muy sola; pero se aferró a su compostura, visitó a los pobres, dijo palabras reconfortantes (“De veras siento mucho escuchar que Anthony Thompson ha perdido la cabeza, o mejor, la memoria; si, no obstante, puede entender lo suficiente para confiar sólo en nuestro Salvador, tiene él suficiente”) e hizo un boceto tras otro. Miles de cuadernos fueron cubiertos con dibujos hechos una noche con pluma y tinta, y luego el carpintero templó telas para ella y entonces diseñó frescos para salones de escuela, tuvo ovejas vivas en su cuarto, mayordomos envueltos en mantas, pintó la Sagrada Familia en abundancia, hasta que el gran Watts exclamó que ¡allí había una coetánea de Tiziano y una maestra de Rafael! De lo que se rió Lady Waterford (tenía un sentido del humor generoso y beningno); y dijo que ella no hacía más que bocetos; difícilmente había tomado una lección en su vida –lo atestiguaban sus alas de ángel escandalosamente inconclusas. Además, estaba eso de la casa de su padre cayéndose por siempre hacia el océano; ella debía apuntalarla; debía entretener a sus amigos; llenar sus días con toda clase de caridades, hasta que su Lord volviera de la cacería, y luego, a menudo a media noche, haría un boceto de él con su rostro de rey medio escondido en un plato de sopa, sentándose con su libreta de dibujo bajo una lámpara a su lado. Él se iría cabalgando nuevamente, majestuoso como un cruzado, para cazar el zorro, y ella lo despediría agitando su mano y pensaría cada vez, ¿y si esta fuera la última? Y así fue, esa mañana de invierno; su caballo da un traspié; se mata. Ella lo supo antes de que se lo dijeran, y el señor John Leslie nunca pudo olvidar, cuando corría escaleras abajo el día del entierro, la belleza de la gran dama, de pie mientras esperaba ver partir a la carroza fúnebre, ni, cuando regresó, cómo la cortina, pesada, semi-Victoriana, afelpada quizás, quedó completamente arrugada allí donde ella la había apretado en su agonía. 
 Traducción y fotografías de Adriana Pertuz Valencia


[1] Publicado originalmente en 1926 en The New Criterion.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Qué maravilla de texto. Conmueve leer en esta prolongada contingencia a la escritora que padeció la enfermedad sin que ello fuera impedimento para pensar acerca del hecho de estar enfermo. Sí, una de las ventajas de la enfermedad, cualquiera que ella sea, es que llama a la reflexión.

Iván Carvajal dijo...

Precioso y muy pertinente: mil gracias, Adriana.

GUV dijo...

La sempiterna Virgina, atormentada por la enfermedad pero también por el entorno social, con su espléndida pluma nos llama a la reflexión, nos planta en nuestra relidad que como una noria se repite sin remedio.
gracias por este excelente documento
Gloria Upegui

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