jueves, 4 de mayo de 2017

Algo sigue su curso

Queremos compartir con ustedes las palabras de Alejandra Gómez Vélez, egresada de la Maestría en Estética de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, las cuales pronunció el pasado 31 de marzo, fecha de su graduación, en donde fue distinguida con la máxima distinción en su trabajo de grado. Efectivamente, su tesis titulada La imagen intermitente. Espera y contestación ante la presencia desnuda de lo otro, fue laureada, lo cual para la Maestría es un verdadero orgullo, y otea –en distintos artistas y creadores– con el mismo tono afectivo de las palabras que acá nos presenta, la necesidad de crearnos todos los días, en medio de un mundo que nos invita en vez, al desasosiego; necesidad de re-inventarnos en donde el arte y la literatura nos sirven como medio y como invitación, quizás como modelo, pero sobre todo, como camino inevitable.



Fotograma de la película La imagen perdida (2013), de Ritthy Pan


* * *

Buen día, gracias a todos por estar aquí, y, sobre todo, por haber llegado hasta aquí.

Si alguien me conoce, sabrá que no diré palabras triunfantes, ni alegres, ni venideras, pero no por eso faltas de afecto y agradecimiento. Para esta ocasión pensé en muchas cosas, en hablar del mar y de la escisión entre humanos, con Ingrid Jonker, poeta sudafricana; pensé también en hablar de la tierra y del olvido y el despojo de ella, con el cineasta camboyano Rithy Panh; igualmente pensé en hablar del Parkia Péndula, del que nos hemos olvidado, como de tantos otros,  el maravilloso árbol que tenemos junto a nosotros, al bajar las escaleras, que florece todavía de manera tan peculiar, pese a habitar esta ciudad turbia que está perdiendo su aire. Y, por otro lado, pensé en hablar de todos los años, tantos, que lleva la universidad con nosotros creando diversas constelaciones y colecciones de grandes memorias y grandes maestros. Estaba esperando encontrarme una historia, una conversación, una imagen, un pretexto del azar que me diera un impulso para hablarles a ustedes hoy, y decir palabras con un tanto de entusiasmo que me permitieran hilar todas estas cosas en diez minutos.

Quería encontrar un relato o una palabra, en la calle, en la ciudad, en las montañas, con los que pudiera mezclar una cosa con la otra, a ustedes conmigo y a los otros con ustedes. Y que me diera pie para hablar de la falta que hace en nuestros entornos la coincidencia de las formas con los contenidos, de la poesía con la ingeniería, de la arquitectura con la política, de las ciencias con las letras, de la pasión con la razón, de la totalidad con el infinito; nos sobran palabras para distinguir esta multiforme escisión ya tantas veces nombrada y tantas veces cuestionada. Pero quisiera que les coincidiera una cosa con la otra, porque esto es, finalmente, lo que, a mi parecer y se lo agradezco profundamente a mis grandes maestros, debe rescatarse en los entornos académicos, es aquí, donde podría cultivarse con mayor dedicación la relación de esta múltiple existencia que nos permite vivir de un modo medianamente tranquilo frente a nuestra humanidad en falta.

Ingrid Jonker, escritora sudafricana, escribió un poema que está publicado en afrikáans en su obra póstuma Kantelson (Sol Volcado), de 1966, y el texto en castellano se lo debemos a Agustín Sequeros, poeta y traductor español, y, sobre todo, un eterno enamorado de la escritura de Jonker. El poema se titula:

CON AQUELLOS ESTOY

Estoy con aquellos
que se exceden en el sexo
porque el individuo no cuenta
Con aquellos que se emborrachan
en lucha contra el abismo del cerebro
contra la ilusión de que la vida
fue alguna vez buena o bella o que estaba llena de sentido
contra las fiestas de jardín
contra el silencio que golpea las sienes
con aquellos que viejos y pobres
compiten contra la muerte la bomba atómica de los días
con aquellos que están desconcertados en centros psiquiátricos

a través de las cataratas de los sentidos
con aquellos a quienes les han quitado el corazón
como la luz a un robot de seguridad
con los africanos desposeídos que tienen la piel de otro color
con aquellos que asesinan
porque cada muerte confirma de nuevo
la mentira de la vida
y por favor olvídense
de la justicia    no existe
de la fraternidad    es mentira
del amor    no tiene ningún derecho


Jonker escribe estas y muchas otras palabras, contra el mundo, con los niños, contra los políticos, contra el apartheid, contra su padre, con sus amantes, contra la muerte y con el mar, escribe en tiempos difíciles, como todos nuestros tiempos, para poner en palabras, para sacar afuera, lo imposible e incomprensible del mundo. Y sus palabras hoy no dejan de sonar, aunque en pequeños murmullos, que no escuchamos casi nunca, todavía resuenan. Permitir que las palabras, las bellas palabras, las palabras críticas, las que se asombran pese a todo y en las que coinciden todos los mundos, permitir que no dejen de sonar, que sean visibles, que sean palpables, que se crucen con nosotros, es el papel que debe jugar hoy la universidad, como espacio de encuentros, de entusiasmos, de contiendas, de enamoramientos, de resistencias, de preguntas y de espera. Y si lo juega o no, nos corresponde a nosotros decidirlo, y si no es así, por lo menos no dejar nunca de esperarlo.

Pues en nuestro mundo colmado de indiferencias, de violencias, de intolerancias avasallantes, ¿a que podemos apelar? Es como si cada día tuviésemos que reinventarnos y buscar y esperar pretextos, varios por día, para hacer lo que hacemos y no agotarnos en el intento de llevar una cotidianidad en la que sabemos que, sin duda, triunfará la mercantilización indiferente del mundo. Lo significativo de los espacios para el aprendizaje, lo que hay que resaltar, es la posibilidad de encontrarnos. Quisiera pensar que la universidad es un estado de excepción que posibilita dentro de nuestros estados tiránicos, un respiro de silencio y tranquilidad en el que podemos encontrarnos unos con otros de manera distinta para pensar y respirar. Pues lo que nos llevamos de aquí ya no se puede despojar.

Rithy Pahn, nació en Phnom Penh, Camboya. Era un niño, cuando el régimen de los jemeres rojos irrumpió en su vida en 1975, arrasando con todos y con todo, perdió a su familia en un proceso lento, de trabajos forzados en los campos de arroz y en las fosas comunes. Cuatro años después, gracias a la invasión vietnamita, logró huir del régimen a un campo de refugiados en Tailandia y finalmente viajó a París y estudió cine. Años más tarde comenzó una ardua producción cinematográfica en torno al conflicto camboyano que, me imagino, nunca le abandonará. La imagen perdida es su última obra, una película del año 2013, de la cual podría decirse, vagamente, que es un documental, pero es tan grande que no la abarca ninguna categoría, como a todas las buenas obras. A partir de pequeñas y coloridas figuras de arcilla, nos cuenta magistralmente su historia y nos permite adentrarnos en las vivencias de los camboyanos enfrentados crudamente al régimen, y hace de su historia una imagen memorable, imagen de un conflicto a la que nos podemos mirar de cerca para pensar. Rithy Pahn, crea imágenes, al igual que Ingrid Jonker con su escritura, bellas imágenes, de procesos complejos e inimaginables para que nosotros podamos pensar de otra manera el mundo insoportable que nos rodea, para que podamos crear y producir pensamientos distintos, en los que un pedazo de barro deviene un objeto que carga muchas memorias, un objeto, por tanto, en el que coinciden todas las fuerzas, y que es capaz de soportar y pensar el paso destructor de la humanidad por la tierra.

Wislawa Szymborska, escritora polaca, vivió siempre en la tensión de tener que pensar entre varias lenguas, entre varias naciones, entre varios nombres y entre varias políticas. Decía: “La realidad exige que lo digamos bien claro: la vida sigue su curso. Sucede así en Cannas y en Borodino, en los llanos de Kosovo y en Guernica”; y Samuel Beckett, poeta irlandés, dirá, con mayor simpleza: “Algo sigue su curso”. Pues pese al apartheid, a los jemeres rojos, al conflicto inherente a nosotros, y a los otros tantos que no he mencionado pero que están presentes, al mercantilismo y a nuestros aires turbios; lo que nos queda, a lo que podemos apelar es a disponer nuestras vivencias, nuestros pensamientos, nuestros discursos y nuestros encuentros para organizar el pesimismo, como diría el pensador judío alemán Walter Benjamin. Organizar el pesimismo sería entonces encontrar en las imágenes un espacio de encuentros entre los unos con los otros, entre lo que es y lo que no es, entre las ciencias y las letras, para pensar críticamente; es adentrarnos en un entorno en el que todos podemos habitar, sin indiferencias, ni violencias; es construir otro mundo como refugio del nuestro, así sea momentáneamente, y poder pensar la historia entera de la vida y de la humanidad siendo norte, sur, árbol, animal o tierra, haciendo coincidir todos los mundos y los reinos sin fronteras en unas pocas líneas, como lo hace Szymborska en el siguiente poema:

“Discurso en la oficina de objetos perdidos”

Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,
también muchos dioses camino de este a oeste.
Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel,
quién habita mi caparazón.
Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,
y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.
He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,
dejado mis sentidos muchas, muchas veces.
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del género humano,
que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía. 

Wislawa Szymborska.