domingo, 24 de mayo de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES Y FRAGMENTOS (III)

Night Shadows, Edward Hopper, 1921


El miedo es una enfermedad
Judith Nieto*
Miedo por lo que pueda pasar en el futuro, ha sido la expresión más recurrente desde que el coronavirus fue declarado a comienzos de marzo pandemia por la Organización Mundial de la Salud. Es el miedo que como la enfermedad, todo lo ha detenido y que muy seguramente fue la razón principal para atender a las exhortaciones de evitar los contactos, de quedarse en casa. Desde entonces y en un mundo desconcertado conviven el virus y el miedo. El primero, contagioso y letal, y el segundo, una pasión que nos constituye y que obra como protección, pero que también se manifiesta como patología.
 La reflexión que se presenta enseguida da cuenta de cómo el miedo ha sido razón de profundización y de creación por parte de pensadores y artistas quienes coinciden en la idea de que el miedo es una enfermedad.
  Es así como al comienzo de la Ética nicomáquea, Aristóteles concentra en varios párrafos sus consideraciones acerca del miedo, y lo ubica en el mundo de las pasiones, frente a las que declara: “Llamo pasiones al deseo, la cólera, el temor, la audacia, la envidia, la alegría, el odio […], y en general a todas las afecciones a las que son concomitantes el placer y la pena” (Aristóteles, 1992, p. 21). Al poner el miedo en el contexto de las pasiones debe tenerse presente que estas son materia de virtud moral, razón que las lleva al exceso, defecto y término medio. Para el caso que nos ocupa, el miedo, además de una pasión, es una afección, que cuando se experimenta ocasiona displacer. 
Con lo anterior se expresa que es menester experimentar una pasión, solo en circunstancias debidas, es decir, en presencia de una causa justa, y cuando ello ocurre, se da el término medio que viene a representar lo mejor. Siguiendo a Aristóteles y atendiendo que lo mejor se entiende como lo propio de la virtud, entonces, ¿de qué lado está su opuesto y cómo pasa a constituirse en el terreno de las pasiones? Desde luego que la antinomia de lo mejor es el mal, y este es el causante del miedo. Según paráfrasis obtenida del autor, aquello que más tememos es a las cosas malas; el miedo, en consecuencia, “se concibe como la expectación del mal”. 
Lo sensato, entonces, es temer a todos los males, “tales como la infamia, la pobreza, la enfermedad, la privación de amigos, la muerte” (1992, p. 36), pues frente a ellos no se llega a ser totalmente valiente, particularmente cuando la propia seguridad y la autoconservación así lo demandan. Según esto, y sin abandonar la voz del Estagirita, hay momentos en que sentir miedo es noble; lo contrario es afrentoso.
Las últimas líneas conducen a meditar acerca del punto medio relativo al miedo y a la conclusión de no sentirlo, pues: “quien se excede en no temer no tiene nombre” (1922, p. 37). Merece, en consecuencia, llamarse insensible, demente, no osado, a quien nada teme, ni a la peor desgracia de la naturaleza. Es temerario quien sobrepasa la osadía; y es cobarde quien lo hace frente al temor; temiendo, en tal sentido, por lo que no se debe y como no se debe. El cobarde, en palabras de Aristóteles, falta también por defecto en la osadía, su exceso de miedo lo vuelve cuidadoso y conspicuo. De igual manera, por el temor a todo, el cobarde raya en la desesperación, mientras que el valiente, a razón de su misma intrepidez, obra llamado por la buena esperanza.
En las circunstancias que provocan miedo u osadía, la valentía es, entonces, según Aristóteles, el término medio, y en tal sentido, el valiente es virtuoso, en cuanto afronta, sufre y se enfrenta en condiciones no extremas. Más aún, dado que el valiente obra como tal por defender la vida, todo hecho desencadenado en muerte le acarrea, inevitablemente, dolor, pues según palabras del mismo filósofo: “mientras mejor posea la virtud completa y más dichoso sea, más se entristecerá por la muerte” (1992, p. 40). Pese a lo que se cree, no es menor la aflicción para quien obra con valentía frente al miedo. Sin embargo, esto no lo lleva a ser menos decidido, pues según enseñanzas del maestro, el ejercicio de las virtudes tiene su cuota de desagrado, que el valiente paga en procura del fin.
Es importante notar el carácter moral a partir del cual se adelanta la construcción conceptual de la noción de miedo, entendido y bien ilustrado como el temor a todos los males. Esta referencia es fundamental para la comprensión del concepto a lo largo de la historia, dado que no son pocas las representaciones y fabulaciones sobre la escenificación del miedo y de eventos afines; no obstante, los desenlaces patológicos y hasta punitivos que suelen devenir de dichas situaciones para quien las padece y para quien llega a obrar como espectador frente a ellas. Sin embargo, la popularidad actual del espectáculo de miedo raya no con el terror, sino que se evidencia la fascinación que el miedo, el riesgo y la crueldad ejercen sobre los públicos reales o virtuales.
Se confirma que los seres humanos hemos pasado nuestra existencia enfrentados “físicamente a bestias temibles”. Nuestra condición de sujetos con miedo tiene sus raíces en “una herencia filogenética y adaptativa y de ahí el miedo natural a la oscuridad, que convertía al hombre en presa fácil de depredadores nocturnos” (Gubern, 1994, p. 147). Motivo por el cual, aun sin tener experiencias dolorosas en lugares solitarios y abandonados o frente al “cuarto oscuro”, el niño o el adulto llegan a sentir miedo.
Así fue el temor al abandono oscuro de la noche que sintió Sancho y que expresó como siempre a don Quijote, quien a su vez le dijo: 

Bien notas, escudero fiel y leal las tinieblas desta noche, su extraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos árboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca vinimos […]; las cuales cosas, todas juntas y cada una por sí, son bastante a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mismo Marte, cuanto más en aquél que no está acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras (Cervantes, 1997, p. 175). 


Cuando el miedo nocturno con los ruidos alcanza a Marte, ¿cómo no va a ocasionar llanto, conmovedoras lágrimas a un escudero quien sin reparos suplica a su amo para que abandonen el camino?, y así “desviarnos del peligro, aunque no bebamos tres días; y pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes” (Cervantes, 1997). Una es la preocupación del Caballero: hacer visible su valentía, así ello implique, como dijera Aristóteles, excederse en no temer. Otra la del escudero: protegerse del peligro; sabe del miedo Sancho, sabe que sentirlo es una señal de alerta que, en procura de la autoconservación, demanda precaución. Puede apreciarse el contraste de las personalidades de los viajeros: uno, defensor de su posición y su palabra; el otro, seguro de la realidad que le es propia y a la que no ha llegado la osadía que solo da un obrar desprovisto de razón.
Si se avanza en esta búsqueda de sentido de la voz miedo, se confirma que la mayoría de las experiencias sensibles incluyen el miedo como sustancia fundante. En la tragedia griega, por ejemplo, se trataba de una experiencia estética que requería el contenido del miedo, phobos (FÒboj), para cumplir con el carácter artístico y catártico propio de la representación dramática clásica.

Los miedos de siempre                   
Frente al pasado, según Georges Duby: “discernir las diferencias, pero también las concordancias entre lo que les infundía miedo y lo que nosotros tememos nos puede permitir encarar con mayor lucidez los peligros de hoy” (1995, p. 9). Las palabras de este historiador reiteran que el miedo nos constituye, y aunque roce lo terrible y lo sublime, la humanidad no ha hecho algo diferente que representarse en el transcurso de la historia a partir de este; pues siempre las sociedades han estado inquietas, bien por lo inesperado del futuro, bien por la imposibilidad de abandonar lo pasado. Dos actitudes frecuentes frente al tiempo, que han reflejado la angustia generada por el miedo y que, además, muestran la evolución de las mentalidades en materia de aprensiones según las circunstancias.
Una manera de notar las recurrencias del miedo en una sociedad es a partir de la forma decidida como se vuelve a la memoria. En el afán de conmemorar los hechos de los hombres y del mundo, el “apego al recuerdo de los acontecimientos o de los grandes hombres de nuestra historia también ocurre para recuperar confianza” (Duby, 1995, p. 13). El motivo de las presentes páginas nos congrega: Cervantes, su Quijote y el miedo hacen vigente la memoria para actualizar una vida y una obra, un gesto estético que hace filiales las formas de habitar el mundo, los mundos; los remotos y los actuales.
No obstante las miradas reservadas que se conceden al miedo, este goza de una ambigüedad benéfica para la naturaleza humana; su presencia es una especie de muralla protectora, de tal manera que el temor puede ser también una garantía, un reflejo que circunstancialmente permite vencer la muerte. En un sentido similar, el miedo, extendido a toda especie viviente, ha sido también causa de supervivencia, y como constante en la historia de la humanidad, ha permitido pensar y representar el modo de ser de las sociedades, donde tiene vigencia su forma silenciosa o abierta de operar. Una y otra constituyen, a la postre, maneras de ver y pensar el mundo.
Según lo anterior, puede no haber muchas diferencias entre los motivos generadores de miedo en el pasado y en el momento actual. Un análisis como el realizado por Duby a situaciones frecuentes de temor en el año 1000 permite apreciar que se trató de miedos similares a los contemporáneos. Así, al igual que hoy “con un nudo en el vientre por temor a errar, por temor al hombre y al futuro, así vive el hombre del año mil, mal nutrido, penando para extraer del suelo el pan con herramientas irrisorias” (1995, p. 24). 
Por ejemplo, y sin el ánimo de ser exhaustivos, podemos destacar tres temores que guardan vigencia: el miedo a la miseria padecido por los habitantes del año 1000, no afincado como en nuestros tiempos, dado que las relaciones de solidaridad y de fraternidad hacían posible la distribución de la escasa riqueza de aquella época, y no estaban presentes la soledad y el abandono que invaden al miserable de hoy. Pese a esta divergencia respecto a la época actual, el de la miseria fue un miedo que cultivó un lugar para la exclusión, que en la concepción del historiador: 

Concierne, en primer lugar, a las comunidades judías, muy importantes en las ciudades del año mil y hasta el siglo XIII […]. En este caso la exclusión era radical. Y valía también para otra categoría de hombres y mujeres, los leprosos, que, como los judíos, eran situados en un sector lateral de la sociedad, aislados de las demás personas; se les distinguía por la vestimenta y por la matraca que agitaban (Duby, 1995, pp. 44-46). 

En segundo lugar, miedo al otro, que en los tiempos del año 1000 era mirado como extranjero y despertaba motivos de aprensión a causa de las invasiones de pueblos dedicados al pillaje. Por un tiempo prolongado, el recuerdo venido de estas incursiones conservó vivo el recelo a su repetición. Se invadía como sucede hoy y por motivos similares, aunque con leves diferencias. En el pasado, el extranjero ya era el otro caracterizado como invasor, a quien se le miraba de manera diferente, pues su presencia engendraba temor y, en consecuencia, rechazo. 
Otro fue don Quijote desde el momento cuando emprende sus hazañas inauguradas por la primera salidaotro que, al igual que los desplazados del año 1000, produjo miedo con su figura singular y armada. Era un “novedoso” y esto suele generar miedo. Se le identifica por la forma como viste y sus accesorios; también, por el rostro que oculta o exhibe; en conjunto, rasgos que no pasaron inadvertidos cuando el Caballero hizo su primer ingreso a una venta, confundida con un castillo, por ese eterno habitante de mundos distorsionados: 

Con extraño contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza adarga, llenas de miedo se iban a entrar en la venta; pero don Quijote coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada les dijo:
—Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas, como vuestras presencias demuestran.
Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa (Cervantes, 1997, pp. 54, 55).

Don Quijote sale en busca de un iluso mundo, en medio de una confusión, la proyección de su universo en otro que no guarda ninguna correspondencia con sus desvaríos. Engañado siempre por su propia percepción, mira y se apresta a elogiar doncellas donde hay “mujeres del partido”, mujeres públicas, quienes al percatarse de la presencia del hombre de mal talle y extraña figura, se asustan y huyen; pero también, quienes al escuchar las palabras pronunciadas por el caminante, transforman su miedo en risa, pues no saben los ajenos que sus menesteres son impropios del apelativo de damas que se les endilga.
La lectura se adelanta en el segundo capítulo de la primera parte de la novela, dedicado a la salida inaugural emprendida por el ingenioso andante, y ya desde aquí se imponen los mundos posibles prometidos por la narración: el suyo, ilusorio, porfiado en una realidad que defiende con actos y palabras a lo largo de la novela; el de ellas, inscrito en su hacer como mujeres del partido, frente al cual no es posible la confusión. Es el comienzo de la construcción de mundos del flamante aventurero, quien solo porta un sueño que no es ni será, pero en el que cree. A este mundo es al que apuesta el ocioso caballero, a ese mundo y a su ruta que marca el periplo con partida, pero sin retorno a su lugar.
Finalmente, y al retomar al historiador francés, está el miedo a las epidemias, que al decir de Duby, provoca un terror inmenso. La enfermedad, motivo de acrecentadas prevenciones antes procedentes del pavor a la muerte, y hoy arraigadas en el temor al contagio y a ser identificado como portador de un mal. Esta ha sido siempre una razón para sentir miedo, y se agrega a ella un nuevo flagelo: el de la exclusión, máxima expresión del prejuicio contra quien sea portador de un mal ya estigmatizado por la sociedad. Acerca del miedo a la enfermedad, Susan Sontag destaca: “No es el sufrimiento en sí lo que en el fondo más se teme, sino el sufrimiento que degrada” (2003, p. 169).
En tal sentido, son temibles las enfermedades deshumanizadoras, como reitera la autora, y obran como tal no las transformaciones físicas y decadentes venidas del deterioro orgánico, sino los juicios morales acerca de quien las padece, hecho que torna más letal la enfermedad. En efecto, se aprecia en la pandemia una realidad a la que la humanidad no ha dejado de temer.
Un análisis como el realizado por Duby a situaciones frecuentes de miedo en el año 1000 permite apreciar que se trató de hechos similares a los contemporáneos, visibles en este 2020 en el que  por cuenta de la pandemia el mundo se aquietó y todos, sin exclusión fuimos cercados por el miedo a ser contagiados por el SARS-Cov-2 (COVID-19). Es la aprensión que no se aplaca y ha provocado el temor  generalizado a todo contacto. Los habitantes del mundo de hoy también han sido contagiados por el miedo; todo es objeto de desinfección, hasta las manos repugnantes.
El sufrimiento que degrada es la experiencia vivida desde inicios del 2020 por quienes han sido víctimas del coronavirus, mal que empezó a cobrar vidas en la lejana China y en poco tiempo fue declarado pandemia. Se teme a los contagiados y a los que tratan e intentan curarlos y salvarlos; pues el cuerpo médico en medio de esta emergencia pasó a hacer parte de esos otros a los que también se teme y que han sido objeto de las más impensables e irracionales agresiones. Y así, degradados como profesionales de la salud y con miedo de una sociedad que ahora los excluye y los agrede siguen acudiendo a sus lugares de trabajo, al encuentro de otro enfermo que hay que curar, de otro cuerpo que hay que tratar de salvar, de otro funeral a solas que hay que evitar. 

Ahora bien, así como la historia de las mentalidades se ha ocupado de un fenómeno como el miedo, también ha sido objeto de diversas miradas, entre las cuales sobresalen las de la ficción, donde se destacan novelistas como Cervantes, quien ha llegado a narrar la pasión del miedo y la ha convertido en reflexión para llegar a nuevas conceptualizaciones. Otros autores de diferentes épocas, como Maupassant y Simenon, remiten a profundizaciones teóricas próximas a la literatura, la filosofía, la psicología y el psicoanálisis. Maupassant, en los Cuentos de la Becasse, “lo describe como una sensación atroz, una descomposición del alma, un espasmo horrible del pensamiento y del corazón, cuyo solo recuerdo proporciona al alma estremecimiento de angustia” (citado en Delumeau, 1989, p. 22). Sus efectos son, sin lugar a dudas, desastrosos; ocasionan estragos en el cuerpo y en el alma que no desaparecen con la finalización de la crisis, sino que pueden revivirse por la rememoración.
Por otra parte, y retomando el temor al excluido, como forma pasada y contemporánea del miedo, está el escritor del género policiaco. Georges Simenon, por ejemplo, “declara del mismo modo que el miedo es un enemigo más peligroso que todos los demás” (citado en Delumeau, 1989, p. 23). Los casos de la ficción acerca del miedo, como el sentimiento que inevitablemente asiste a todos, son incontables e imposibles de agotar. No obstante, en este recorrido por el relato novelístico se muestran algunas publicaciones del siglo XXI que hacen palpitante el miedo a todo, a lo familiar, a lo extraño, a lo novedoso, a lo que puede llegar a ser.
La literatura acude a la que Aristóteles denominara pasión; recurre al miedo para hacerlo inagotable en el prolongado hilo de la imaginación, causa de páginas donde incursiona con la fuerza del renacimiento de la letra. Para ello, basta apreciar dos pasajes tomados de dos novelas de reciente publicación, y cuyos autores de geografías y motivos de escritura diversos dan cuenta de que el miedo es una especie de emperador imposible de vencer. Es así como Hanif Kureishi, en Intimidad (2006), expresa:

El miedo es algo que sé reconocer. Mi infancia todavía guarda el sabor del miedo; de horas, días y meses de miedo. Miedo a mis padres, tías y tíos, a los vicarios, la policía y los profesores, y a ser pateado, maltratado e insultado por otros niños. Miedo a meterme en líos, a ser descubierto, y miedo a ser recriminado, abofeteado, ignorado, encerrado, excluido, y a otros numerosos castigos que rodeaban todo cuanto uno intentaba hacer. Y estaba, también, el miedo a lo que uno quería, odiaba o deseaba; el miedo a tu propia rabia, el miedo a las represalias y la aniquilación […], además del miedo a lo que puedes llegar a ser (Kureishi, 2006, p. 36).

Dibujo de Thomas Ott

Es innegable que el miedo está entre nosotros, nos habita, es un sentimiento poderosísimo, es un estado de exposición. Uno desconoce en qué lo puede convertir el miedo. Una relación distinta con el miedo —¿quizá más humana? — podría darnos idea de nuestra propia condición. Se trata de sentir el miedo, el miedo está completamente justificado, y se presenta en la realidad y en la ficción, que es copia o mímesis casi fiel de la primera. Sí, todo esto y mucho más es el miedo, capaz hasta de protegernos; sentimos, experimentamos el miedo, porque tenemos la necesidad de resguardarnos; entonces, cuando este aparece, puede entenderse como un indicio de amparo. Bien se expresa Kureishi cuando consigna en las líneas destacadas arriba: “El miedo es algo que sé reconocer. Mi infancia guarda el sabor del miedo […], miedo a ser recriminado, abofeteado, ignorado […]”. Un miedo que no desaparecerá, que siempre nos acompañará y que no obstante su temible persistencia, conduce a preguntarnos por nosotros mismos, por nuestra realidad; quien no lo haga, no es más que un insensible. En definitiva, miedo a todo.  
Imposible huir del miedo, opera en los terrenos más insólitos, como se constata en este pasaje. Al igual que expresa Duby, su historia y su presencia son iguales, no importa el siglo que registre los acontecimientos de miedo padecido por los sujetos individual o colectivamente.
 También Sandor Márai, se refirió al miedo en sus páginas biográficas y de ficción. Así, en ¡Tierra, tierra! anota acerca de la mencionada pasión: 

El médico me contó que ahora se cometían más suicidios que durante la guerra […]. Añadió que antes del cerco se podía establecer cierto diagnóstico con mayor o menor precisión: la situación social, las estereotipadas vueltas de la vida y el destino determinaban quién, cuándo y por qué se suicidaba […]. Pero ahora —me dijo el médico— hay muchos suicidas que, cuando se les pregunta por qué han querido “desvanecerse” […], responden que no lo saben con exactitud, que simplemente sentían que no podían más porque tenían miedo (Márai, 2006a, p. 360).

El miedo, entonces, opera de modo indiscriminado, desconoce las fronteras, sobrepasa los límites. Es un cerco extendido a todos los mundos, al humano e, igualmente, al animal. Además, en tono mucho más personal, a modo de confesión, el escritor húngaro se declara un hombre con miedo. Está enfermo y ve en el alcohol el único paliativo, entonces escribe: “Yo empecé a beber para vencer el pánico […]. Cuando quise darme cuenta, me encontraba metido hasta el cuello en un mundo de alcohólicos pestilentes […]. Pronto resultó obvio que estaba enfermo y que era incapaz de enfrentarme a la vida” (Márai, 2006b, p. 338).
Las ilustraciones para asociar el miedo con lo patológico son suficientes, así se refleja en la ficción y la vida real de los escritores aquí referenciados. Son quizá otras de las explicaciones mediante las cuales se asocia el miedo con la enfermedad, pues lo impredecible de su desenlace lleva a considerarlo un padecimiento peligroso, en términos individuales y colectivos, expresados de manera especial en torno a los inmigrantes o a los portadores de una enfermedad, unos y otros, contagiados “del mal”. Mal frente al que hay que estar expectantes, como lo dijera Aristóteles. **

Dibujo de Douglas Smith

Referencias
Aristóteles (1992), Ética nicomaquea, México, Porrúa.
 Cervantes Saavedra, M. de (1997), El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Bogotá, Panorama.
Delumeau, J. (1989), El miedo en Occidente, Madrid, Taurus.
Duby, G. (1995), Año 1000, Año 2000. Las huellas de nuestros miedos, Santiago de Chile, Andrés Bello.
 Gubern, R. (1994, julio-agosto), “Mito y terror”, en Revista de Occidente, núms. 158-159, pp. 146-161.

Kureishi, H. (2006), Intimidad, Barcelona, Anagrama.
Márai, S. (2006a), Confesiones de un burgués, Barcelona, Salamandra.
— (2006b), Tierra, tierra, Barcelona, Salamandra.
Sontag, S. (2003), La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas, Madrid, Santillana.




* Escritora y profesora de la Escuela de Microbiología de la Universidad de Antioquia. Correo electrónico: judith.nieto@udea.edu.co.
** Fragmento tomado y editado de Todo enfermo es un hombre (2016). Bucaramanga: Ediciones Universidad Industrial de Santander, pp. 216-228.



domingo, 17 de mayo de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES Y FRAGMENTOS (II)




Vincent van Gogh, Wheatfield Under Thunderclouds, 1890



PRESENTACIÓN
por Adriana Pertuz Valencia
Estudiante del doctorado en Estética
Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

El 10 de abril de 2020, cuando los noticieros reportaban más de un millón y medio de casos de Coronavirus en el mundo, The New Yorker publicó un artículo titulado “¿Por qué recurren los ansiosos lectores a La Señora Dallowaydurante la cuarentena?”[1] En él, Evan Kindley empieza por compilar una serie de trinos en los que diversos usuarios de Twitter dan un giro a la ya tan conocida frase inicial de esta obra para expresar la perplejidad con la que se viven los asuntos que ahora nos reclaman: “La Señora Dalloway dijo que compraría el desinfectante ella misma”, “La Señora Dalloway dijo que pediría las flores a domicilio porque eran un artículo no esencial, pero se aseguraría de dar una propina del 30% ella misma”, “La Señora Dalloway dijo que haría el tapabocas ella misma”… y así muchos más, que, como los cientos de chistes que circulan a diario por nuestros celulares, pretenden poner el toque de humor para alivianar una situación cuyos infinitos matices quizás solo puedan intentar dilucidar quienes, en un futuro cercano o lejano, logren contemplarla con la mayor sensatez que suele otorgar el distanciamiento en el tiempo.    
Aunque quizás estos breves ejemplos tengan más que ver con una entretenida distorsión de la famosa frase de Clarissa Dalloway, que con un verdadero volcamiento hacia la novela, Kindley aprovecha este destello de la red social para recordarnos lo mucho que ambas, novela y escritora, pueden relacionarse con la pandemia: Woolf vivió el brote de gripa española de 1918 que afectó a un cuarto de la población británica, dejando entre ella 228.000 muertos[2]. Su madre murió de influenza en 1895 —evento que desencadenó su primera crisis nerviosa a los 13 años—, y la misma Virginia sufrió la influenza seis veces, no sin padecer más tarde sus secuelas. Como también señala Kindley, Elizabeth Outka llega incluso a sugerir que la experiencia narrada en La Señora Dalloway estaría posiblemente relacionada con los efectos psicológicos de la enfermedad y los cambios drásticos introducidos en la vida diaria por la pandemia de 1918.
No obstante, entre lo mencionado en dicho artículo, es quizás el ensayo de 1926, titulado On Being Ill[3] –“Sobre el estar enfermo”- uno de los textos que más directamente nos muestra, con la agudeza y el colorido que caracteriza su escritura, la estrecha relación de Woolf con los padecimientos del cuerpo. Allí nos advierte la autora que son “esas grandes guerras que el cuerpo sostiene, con la mente por esclava, en la soledad de la habitación, contra los asaltos de la fiebre o el advenimiento de la melancolía”, las que nos recuerdan, así el filósofo quiera olvidarse de ello en su torrecilla, que el cuerpo no es “una simple lámina de vidrio a través de la cual el alma observa directa y claramente”, sino más bien un cristal opaco del que esta no se libera tan fácilmente como si se tratase de “la funda de un cuchillo o la vaina de un guisante”. La enfermedad —como quizás también podríamos decirlo en nuestros días sobre el confinamiento tanto de “sanos” como de enfermos— es para Woolf la oportunidad, tal vez no solicitada pero sí plena de un resplandor inesperado, para dar un paso al costado del “ejército de los verticales” —la esclavitud de la productividad, la llamaríamos quizás ahora— y “flotar con las ramas en el riachuelo; en desbandada con las hojas muertas en el césped, irresponsables y desinteresados y capaces, tal vez por primera vez en años, de mirar alrededor, de mirar hacia arriba —de mirar, por ejemplo, hacia el cielo.”
                                                                       *
Comparto a continuación una traducción propia de este ensayo, realizada hace algunos años con gran admiración por la profundidad de este texto, pero también por el simple placer que la tarea del traductor otorga en la irresponsabilidad —como la del que, como nos dice Woolf, lee desprevenidamente a Shakespeare bajo un ataque de fiebre— de intentar apropiarse momentáneamente de las palabras ajenas, de querer saber cómo sonarían, cómo se verían y qué dirían en la propia lengua. 
Por cierto, la tipógrafa y artista noruega Ane Thon Knutsen[4], quien ha hecho ya algunas obras de arte basadas en textos de Woolf, ha emprendido la tarea de tipografiar en su taller una oración de este ensayo por cada día de cuarentena. Las comparte por Instagram, esperando no llegar al final de su cometido, ya que calcula que serían más o menos 140 oraciones –y una cantidad igual de días de encierro- y, además de que debe cuidar a su infante de 4 años en casa, solo cuenta con el papel que le había quedado en su reserva.









Sobre el estar enfermo[1]
por Virginia Woolf
Si se considera cuan común es la enfermedad, cuan tremendo es el cambio espiritual que ésta trae consigo, qué asombroso es cuando las luces de la salud menguan; todos los países aún no descubiertos que entonces se nos revelan, qué desechos y desiertos del alma, un leve ataque de influenza pone a la vista, qué precipicios y praderas sembradas de flores brillantes revela un pequeño aumento de temperatura, qué antiguos y obstinados robles son arrancados de raíz en nosotros por el acto mismo de la enfermedad; cómo caemos en la fosa de la muerte y sentimos las aguas de la aniquilación cerrarse sobre nuestras cabezas y nos despertamos pensando que estamos en presencia de ángeles y arpistas cuando nos sacan una muela, y volvemos a la superficie en la silla del dentista y confundimos su “enjuáguese la boca - enjuáguese la boca” con el saludo de la Deidad que se encorva desde el Cielo para darnos la bienvenida. Cuando pensamos en esto, así como tan frecuentemente nos vemos forzados a hacerlo, parece en efecto extraño que la enfermedad no haya reclamado su lugar junto al amor y las batallas y los celos dentro de los grandes temas de la literatura. Novelas, uno pensaría, habrían sido dedicadas a la influenza; poemas épicos a la fiebre tifoidea; odas a la neumonía; obras líricas al dolor de muela. Pero no; con unas pocas excepciones —De Quincey intentó algo así en El comedor de Opio; debe haber uno o dos volúmenes sobre la enfermedad dispersos en las páginas de Proust—, la literatura hace lo mejor que puede para sostener que su preocupación es la mente; que el cuerpo es una simple lámina de vidrio a través de la cual el alma observa directa y claramente, y, salvo por una o dos pasiones como el deseo y la avaricia, éste es nulo, desdeñable e inexistente. Muy al contrario, es cierto todo lo opuesto. Todo el día, toda la noche, interviene el cuerpo; se hace éste romo o afilado, colorido o descolorido, se vuelve cera en el calor de junio, se endurece como cebo en el lóbrego febrero. La criatura de adentro solo puede mirar a través del cristal —manchado o rosáceo; no puede separarse del cuerpo por un solo instante, como la funda de un cuchillo o la vaina de un guisante; debe pasar a través de la interminable procesión de cambios, calor y frío, incomodidad y confort, hambre y satisfacción, salud y enfermedad, hasta que llega la inevitable catástrofe; el cuerpo se hace trizas, y el alma (se dice) escapa. Pero de todo este drama diario del cuerpo no hay registro. La gente siempre escribe sobre las obras de la mente; los pensamientos que le sobrevienen; sus planes nobles; cómo la mente ha civilizado el universo. Se la muestra ignorando al cuerpo en la torrecilla del filósofo; o pateándolo, como a una vieja pelota de cuero, a través de leguas de nieve y de desiertos en pos de la conquista o el descubrimiento. Esas grandes guerras que el cuerpo sostiene, con la mente por esclava, en la soledad de la habitación, contra los asaltos de la fiebre o el advenimiento de la melancolía, son todas ignoradas. Pero tampoco hay que buscar lejos la razón de esto. Mirar estas cosas directamente al rostro requeriría el coraje de un domador de leones; una filosofía robusta; una razón afincada en las entrañas de la tierra. A falta de ellas, este monstruo, el cuerpo, este milagro, su dolor, nos haría decaer hasta el misticismo, o levantarnos, con rápidos golpes de ala, hacia el éxtasis del trascendentalismo. El público diría que a una novela dedicada a la influenza le falta argumento; se quejarían de que no hay amor en ella –pero de forma equivocada, puesto que la enfermedad con frecuencia lleva el disfraz del amor y juega los mismos trucos. Inviste ciertos rostros de divinidad, nos hace esperar, hora tras hora, con oídos atentos, el crujido de un escalón, y cubre de un nuevo significado los rostros de los ausentes (bastante ordinarios en la salud, Dios lo sabe), mientras la mente teje miles de leyendas y romances sobre ellos para los que no tiene tiempo ni interés cuando estamos sanos. Finalmente, para entorpecer la descripción de la enfermedad en la literatura, está la pobreza del lenguaje. El inglés, que puede expresar los pensamientos de Hamlet y la tragedia de Lear, no tiene palabras para el escalofrío y la jaqueca. Todo se desarrolla en una sola dirección. La más simple colegiala, cuando se enamora, tiene a Shakespeare o a Keats para que hablen por ella; pero dejad que un sufriente trate de describir al médico un dolor en su cabeza y el lenguaje se queda seco de inmediato. No encuentra nada hecho, se ve forzado a acuñar él mismo las palabras, y, tomando su dolor en una mano, y un trozo de sonido puro en la otra (como quizás hizo la gente de Babel al comienzo), los junta de golpe, de manera que una palabra nueva finalmente emerge. Será probablemente algo risible. Porque, ¿qué inglés de nacimiento puede darse libertades con el lenguaje? Es éste para nosotros una cosa sagrada y por lo tanto condenada a muerte, a menos que los americanos, cuyo genio es mucho más alegre para la creación de nuevas palabras que para disponer de las viejas, vengan a nuestra ayuda y dejen correr los manantiales. Sin embargo, no es sólo un lenguaje nuevo lo que necesitamos, más primitivo, más sensual, más obsceno, sino una nueva jerarquía de las pasiones; el amor debe ser depuesto en favor de una fiebre de cuarenta grados; los celos deben dar paso a las punzadas de la ciática; el insomnio debe interpretar el papel del villano, y el héroe convertirse en un dulce líquido blanco –ese príncipe poderoso con ojos de polilla y pies alados, del cual Cloral es uno de sus nombres.
Pero volvamos al inválido. “Estoy en cama con influenza” —pero qué transmite eso acaso de la gran experiencia; cómo el mundo ha cambiado de forma; los instrumentos de los negocios se han vuelto remotos; los sonidos del festival se tornan románticos como un tiovivo que se escucha a través de campos lejanos; y los amigos han cambiado, algunos adquiriendo una extraña belleza, otros deformados hasta la rechonchez de un sapo, mientras que todo el paisaje de la vida permanece remoto y pálido, como la costa vista desde un barco en altamar; y él está ora en un pico de exaltación y no necesita ayuda de los hombres ni de Dios, ora se postra de espaldas en el suelo, agradeciendo el puntapié de una mucama —la experiencia no puede impartirse y, como sucede siempre con estas cosas tontas, su propio sufrimiento sólo sirve para despertar recuerdos en la mente de los amigos sobre las influenzas, los dolores y las molestias que ellos pasaron sin aspaviento el pasado febrero; y ahora él pide a gritos, desesperadamente, clamorosamente, el alivio divino de la simpatía.
Pero no obtenemos simpatía. El Sabio Destino dice no. Si sus hijos, ya cargados como están de penas, tuvieran que asumir también esa carga, sumando en la imaginación otros dolores a los suyos propios, los edificios dejarían de levantarse; las carreteras degenerarían en caminos de hierba; llegaría el fin de la música y la pintura; un solo suspiro se elevaría a los Cielos, y las únicas disposiciones para los hombres y mujeres serían las del horror y la desesperación. Tal como sucede, hay siempre alguna pequeña distracción —un organillero en la esquina del hospital, una tienda con libros o baratijas que nos atrae cuando pasamos cerca de la prisión o el hospicio, algún perro o gato absurdo que nos impide convertir el jeroglífico de miseria del mendigo en volúmenes de sórdido sufrimiento; y así, el gran esfuerzo de simpatía que esas barracas de dolor y disciplina, esos símbolos resecos de pesadumbre, nos piden ejercer en su nombre, es diferido con incomodidad para otro momento. La simpatía es en estos días dispensada, sobre todo, por los rezagados y fracasados, en su mayor parte mujeres (en quienes lo obsoleto existe tan extrañamente al lado de la anarquía y la novedad), quiénes, habiéndose retirado de la carrera, tienen tiempo para gastar en excursiones no rentables y fantásticas; C. L. por ejemplo, quien, sentándose junto al desgastado fuego de la habitación del enfermo, recrea, con toques a la vez sobrios e imaginativos, el guardafuego, la hogaza de pan, la lámpara, organillos en la calle, y todas las habladurías sobre mandiles y correrías; A.R., en su arrojo y magnanimidad, quien, si te antojases de una tortuga gigante para solazarte o de una tiorba para animar el espíritu, revolvería los mercados de Londres y se los procuraría de alguna manera, envueltos en papel, antes del fin del día; la frívola K.T., quien, vestida de seda y plumas, empolvada y pintada (lo que también toma su tiempo) como para un banquete de Reyes y Reinas, derrocha todo su esplendor en la penumbra del cuarto del enfermo, y que con sus chismes y remedos hace sonar las botellas de medicinas y elevarse las llamas en el fuego. Pero los días de tales disparates han pasado; la civilización apunta hacia una meta diferente; ¿y entonces qué lugar habrá para la tiorba y la tortuga?
Hay, confesémoslo (y la enfermedad es el gran confesionario), una franqueza infantil en la enfermedad; las cosas son dichas, las verdades se escapan bruscamente, esas que la cuidadosa respetabilidad de la salud oculta. Acerca de la simpatía por ejemplo —podemos vivir sin ella. Esa ilusión de un mundo moldeado para hacer eco de cada quejido, compuesto por seres humanos tan fuertemente atados por necesidades comunes y miedos, que al menor tirón de una mano se moviese otra; donde sin importar lo extraño de una experiencia, otros la hubiesen tenido también, o sin importar qué tan lejos viajaras dentro de tu propia mente, alguien hubiese estado allí antes —es una ilusión. No conocemos nuestras propias almas, mucho menos las de los otros. Los seres humanos no van de la mano a lo largo del camino. Existe un bosque virgen en cada uno; un campo cubierto de nieve donde incluso las huellas de los pájaros son desconocidas. Caminamos solos, y mejor que sea así. Contar siempre con simpatía, estar siempre acompañados, ser siempre comprendidos sería intolerable. Pero estando sanos la genial pretensión debe sostenerse y deben renovarse los esfuerzos —por comunicar, civilizar, compartir, cultivar el desierto, educar al nativo, ejercitarnos trabajando juntos noche y día. En la enfermedad esta fantasía cesa. Apenas se requiere estar en cama, o hundidos en una silla entre almohadas; levantamos un pie sobre el otro aunque sólo sea una pulgada, y dejamos de ser soldados en el ejército de los verticales; nos convertimos en desertores. Ellos marchan hacia la batalla. Nosotros flotamos con las ramas en el riachuelo; en desbandada con las hojas muertas en el césped, irresponsables y desinteresados y capaces, tal vez por primera vez en años, de mirar alrededor, de mirar hacia arriba –de mirar, por ejemplo, hacia el cielo.


La primera impresión de ese extraordinario espectáculo es extrañamente sobrecogedora. De ordinario es imposible mirar al cielo durante cualquier cantidad de tiempo. Los desconcertados peatones se verían impedidos por un mirador-de-cielo público. Los pequeños trozos que le arrebatamos se ven mutilados por chimeneas e iglesias, sirven como un telón de fondo para el hombre, significan clima húmedo o bueno, tiñen las ventanas de dorado, y, entre las ramas, completan el pathos de los desaliñados sicómoros otoñales en las plazas otoñales. Ahora, reclinados, mirando directamente hacia arriba, descubrimos el cielo como algo tan diferente que nos sentimos conmocionados. ¡Ha estado sucediendo todo el tiempo sin que lo supiéramos! —Esta incesante invención de formas que se proyectan hacia abajo, este embate de las nubes entre sí y el correr de vastos trenes de barcos y vagones de norte a sur; este incesante subir y bajar de telones de luz y sombra, este interminable experimento con rayos dorados y sombras azules, con el velamiento y el desocultamiento del sol, con el levantar murallas de roca y dejar que se deshagan en el viento— esta actividad interminable, con el gasto de Dios sabe cuántos millones de caballos de fuerza en energía, se ha dejado año tras año a su capricho. Tal hecho parece reclamar un comentario y de hecho, ser censurado. ¿No debería alguien escribir a TheTimes? Algún uso debería dársele. No debería dejarse esta gigantesca obra cinematográfica rodando en una casa vacía. Pero observad un poco más y otra emoción ahoga la agitación del ardor civil. Lo divinamente bello es también divinamente despiadado. Recursos inconmensurables son usados para algún propósito que no tiene nada que ver con el placer o el beneficio humano. Si todos cayésemos de bruces, tiesos, el cielo aún experimentaría con sus azules y dorados. Quizás entonces, si bajásemos la mirada hacia algo muy pequeño y cercano y familiar, encontraríamos simpatía. Examinemos la rosa. La hemos visto tan a menudo floreciendo en cuencos, la hemos vinculado tan a menudo con la plenitud de la belleza, que hemos olvidado como se sostiene, quieta y firme, durante una tarde completa en la tierra. Preserva una conducta de perfecta dignidad y compostura. La tinción de sus pétalos es de una corrección inimitable. Ahora, quizás, cae una de ellas deliberadamente; ahora todas las flores, la voluptuosa morada, la color crema, en cuya carne cérea la cuchara ha dejado un remolino de jugo de cereza; gladiolos, dalias, lirios, sacerdotales, eclesiásticas; flores con cuidados cuellos de cartulina teñidos de damasco y ámbar, todas inclinan sus cabezas gentilmente con la brisa –todas, con la excepción del pesado girasol, que orgullosamente reconoce el sol al medio día y tal vez hace un desaire a la luna a media noche. Allí se sostienen; y es de éstas, las más quietas, las más autosuficientes de todas las cosas, de las que los seres humanos se han hecho compañía; éstas las que simbolizan sus pasiones, decoran sus festivales, y yacen (como si ellas conocieran la pena) sobre las almohadas de los muertos. Dotados para las correspondencias, los poetas han encontrado la religión en la naturaleza; la gente vive en el campo para aprender la virtud de las plantas. Es en su indiferencia que ellas son reconfortantes. Ese campo nevado de la mente, donde el hombre no ha puesto pie, es visitado por la nube, besado por el pétalo que cae, así como en otra esfera, son los grandes artistas, los Miltons y los Popes, quienes consuelan, no por pensar en nosotros sino por su olvido.
Mientras tanto, con el heroísmo de la hormiga o de la abeja, sin importar qué tan indiferente el cielo o desdeñosas las flores, el ejército de los verticales marcha a la batalla. La Señora Jones toma su tren. El señor Smith repara su motor. Las vacas se llevan a casa para ser ordeñadas. Los hombres construyen techos de paja. Los perros ladran. Las cornejas, levantándose en bandada, caen en bandada sobre los olmos. La ola de la vida se despliega incansable. Es sólo el yacente el que sabe que, después de todo, la naturaleza no se esfuerza por ocultar –que ella al final vencerá; el calor dejará el mundo; rígidos y cubiertos de escarcha dejaremos de arrastrarnos por los campos; el hielo se amontonará en capas gruesas sobre fábricas y motores; el sol se extinguirá. Aun así, cuando toda la tierra esté laminada y resbalosa, alguna ondulación, alguna irregularidad de la superficie marcará la frontera de un jardín antiguo, y allí, empujando su cabeza hacia arriba, impertérrita bajo la luz de las estrellas, la rosa florecerá, el azafrán arderá. Pero con el anzuelo de la vida aún en nosotros, todavía debemos agitarnos. No podemos entumecernos pacíficamente en vítreos montículos. Incluso los yacentes se levantan de un salto con sólo imaginarse la escarcha en los dedos de los pies, y se estiran para valerse de la esperanza universal –Cielo, Inmortalidad. Seguramente, ya que los hombres han estado deseándolo durante todas las eras, le habrán insuflado la existencia; habrá algún islote verde en el cual la mente pueda descansar, aunque allí los pies no puedan plantarse. La imaginación cooperativa de la humanidad debe haber dibujado un firme contorno. Pero no. Uno abre el Morning Post y lee lo que el Obispo de Lichfield dice sobre el Cielo. Uno ve a quienes van a la iglesia entrar en fila a esos templos galantes donde, en el día más lóbrego, en los campos más húmedos, las lámparas arden, las campanas tañen, y como sea que las hojas de otoño revoloteen y los vientos suspiren afuera, las esperanzas y deseos se transmutan en creencias y certezas allí adentro. ¿Se ven ellos serenos? ¿Están sus ojos llenos de la luz de su convicción suprema? ¿Se atrevería alguno de ellos a saltar directamente al Cielo desde el acantilado? Sólo un mentecato haría tal pregunta; la pequeña compañía de creyentes se demora, se rezaga y se aleja. La madre desgastada, el padre cansado. Para imaginarse el Cielo, para eso no tienen tiempo. El hacer-Cielo debe dejarse a la imaginación de los poetas. Sin su ayuda no podemos más que juguetear –imaginarnos a Pepys en el Cielo, bosquejar pequeñas entrevistas con gente célebre entre plantas de tomillo, cayendo rápidamente en el cotilleo sobre cuáles de nuestros amigos se han quedado en el Infierno, o, peor aún, tornarnos nuevamente hacia la tierra y escoger, puesto que no se hace daño escogiendo, vivir una y otra vez, ora como hombre, ora como mujer, como capitán de altamar, o dama de la corte, como Emperador o esposa del granjero, en ciudades espléndidas o en páramos remotos, en la época de Pericles o Arturo, Carlomagno, o Jorge Cuarto— vivir y vivir hasta que hayamos gastado esas vidas embrionarias que nos asisten en la juventud temprana hasta que el “yo” las suprime. Pero el “yo” no nos usurpará también el Cielo, si es que el deseo puede alterar algo, ni nos condenará, a los que hemos interpretado nuestros papeles aquí como William o Alice, a permanecer como William o Alice para siempre. Abandonados a nosotros mismos especulamos entonces carnalmente. Necesitamos que los poetas imaginen por nosotros. El deber de hacer-Cielo debe adjuntarse a la oficina del Poeta Laureado.
De hecho, es hacia los poetas hacia quienes nos volvemos. La enfermedad nos hace reacios a las largas campañas que la prosa precisa. No podemos dominar todas nuestras facultades y mantener nuestra razón y nuestro juicio y nuestra memoria atenta mientras un capítulo sucede al otro, y, justo cuando uno de ellos toma forma, tener que estar alerta ante la llegada del próximo, hasta que toda la estructura —arcos, torres y almenas— se sostengan firmes en sus bases. El Ocaso y la Caída del Imperio Romano no es el libro para la influenza, ni tampoco La Copa Dorada o Madame Bovary. Por otro lado, con la responsabilidad archivada y la razón en retirada –porque, ¿quién va a exigir espíritu crítico de un inválido o un sentido perfecto de los postrados en cama?—, otros gustos se reafirman; repentinos, intermitentes, intensos. Robamos a los poetas sus flores. Rompemos una línea o dos y dejamos que se expandan en las profundidades de la mente:
y a menudo durante la víspera
Visita los rebaños en los prados al crepúsculo

vagando en densas manadas por la montaña
Guiado por el lento viento reticente

O hay una novela entera de tres volúmenes sobre la cual meditar en un verso de Hardy o una frase de La Bruyère. Nos sumergimos en las cartas de Lamb –algunos prosistas deben ser leídos como poetas— y encontramos: “Soy un sanguinario asesino del tiempo, y justo ahora lo mataría lentamente. Pero es vital la serpiente.” ¿Quién explicaría esta delicia? O abrir Rimbaud y leer
O saisons o châteaux
Quelle âme est sans défauts ?

¿Quién racionalizaría tal encanto? En la enfermedad las palabras parecen poseer una cualidad mística. Atrapamos lo que está más allá de su significado superficial, recogemos instintivamente esto, aquello, y lo otro —un sonido, un color; aquí un acento, allí una pausa— las cuales el poeta, sabiendo que las palabras son precarias en comparación con las ideas, ha esparcido por su página para evocar, una vez congregadas, un estado mental que ni las palabras pueden expresar ni la razón explicar. La incomprensibilidad tiene un enorme poder sobre nosotros durante la enfermedad, más legítimamente de lo que permitirían los verticales. En la salud el significado invade el sonido. Nuestra inteligencia domina sobre nuestros sentidos. Pero en la enfermedad, con la vigilancia fuera de servicio, nos deslizamos bajo algunos poemas oscuros de Mallarmé o Donne, alguna frase en latín o griego, y las palabras nos entregan su perfume y destilan su sabor, y entonces, si al final asimos el significado, es éste todavía más rico por habernos llegado sensualmente primero, por la vía del paladar y los orificios nasales, como un aroma peculiar. Los extranjeros, para quienes la lengua es extraña, nos tienen en desventaja. Los chinos deben conocer el sonido de Antonio y Cleopatra mucho mejor que nosotros.
La impetuosidad es una de las propiedades de la enfermedad —como forajidos que somos— y es esa precipitación la que necesitamos al leer a Shakespeare. No es que nos adormilemos leyéndolo, sino que, completamente conscientes y alertas, su fama nos intimida y aburre, y todas las opiniones de los críticos apagan en nosotros el estallido atronador de la convicción que, aunque fuese una ilusión, es aún una ilusión tan útil, un placer tan prodigioso, un estímulo tan agudo, cuando se lee a los grandes. Shakespeare está siendo contaminado; un gobierno paternal bien podría prohibir que se escribiese acerca de él, de la misma manera en que ponen el monumento de Stratfort fuera del alcance de las manos que lo cubren de garabatos. Entre el zumbido de la crítica, uno puede arriesgar conjeturas de forma privada, hacer sus propias notas al margen; pero, sabiendo que alguien lo ha dicho antes, o lo ha dicho mejor, el entusiasmo desaparece. La enfermedad, en su majestuosa sublimidad, barre todo esto a un lado y no nos deja más que a Shakespeare y a nosotros mismos. Con todo y su poder altivo y nuestra altiva arrogancia, las barreras caen, los nudos se deshacen, el cerebro suena y resuena con Lear o Macbeth, e incluso el mismo Coleridge chilla como un ratón distante.
Pero basta de Shakespeare –volvámonos hacia Augustus Hare. Hay gente que dice que ni siquiera la enfermedad garantiza estas transiciones; que el autor de La Historia de Dos Nobles Vidas no es el par de Boswell; y si afirmamos que a falta de la mejor literatura nos gusta la peor —es la mediocridad la que es odiosa— tampoco aceptarán nada de eso. Que así sea. La ley está del lado de lo normal. Pero para aquellos que sufren un leve aumento de temperatura, los nombres de Hare y Waterford y Canning irradian como haces de benigno lustre. No en las primeras cien páginas, es cierto. Allí, como a menudo en los grandes volúmenes, perdemos pie y amenazamos con ahogarnos en una plétora de tías y tíos. Tenemos que recordar que existe una cosa llamada atmósfera; que los mismos maestros a menudo nos hacen esperar intolerablemente mientras preparan nuestras mentes para lo que sea que venga –la sorpresa, o la falta de sorpresa. Así que Hare también se toma su tiempo; el encanto se nos cuela imperceptiblemente; lentamente nos convertimos casi en uno de la familia, pero no del todo, ya que nuestro sentido de extrañamiento permanece, y compartimos la consternación de la familia cuando Lord Stuart sale de la habitación –había un baile en curso— y lo siguiente que se sabe de él es que está en Islandia. Las fiestas, dice él, le aburrían— así eran los aristócratas ingleses antes de que el matrimonio con el intelecto hubiese adulterado la fina singularidad de sus mentes. Las fiestas les aburren; se van a Islandia. Entonces la manía de construir castillos atacó a Beckford; debía levantar un château francés a lo largo del Canal, y erigir, con un gasto enorme, pináculos y torres para ser usados como dormitorios por los sirvientes, sobre los bordes de un precipicio que se desmoronaba, de manera que las criadas vieron sus escobas nadando en el Solent; y Lady Stuart estaba muy afligida, pero sacó lo mejor de aquello y comenzó, como la dama de buena cuna que era, a plantar hojas perennes en la faz de la ruina. Mientras tanto las hijas, Charlotte y Louisa, crecieron en su incomparable encanto, con lápices en sus manos, siempre haciendo bocetos, bailando, coqueteando, en una nube de gasa. No son muy distintas, es verdad. Ya que la vida entonces no era la vida de Charlotte y Louisa. Era la vida de familias, de grupos. Era una telaraña, una red, desplegándose y enredando todo tipo de primos, dependientes, y viejos criados. Tías —la Tía Caledon, la Tía Mexborough—, abuelas —Nana Stuart, Nana Hardwicke—, agrupamiento en coros, y regocijo y pesadumbre y comer la cena de Navidad juntos, y envejecer mucho y mantenerse muy erguidos, y sentarse en poltronas cubiertas cortando flores de papeles coloridos. Charlotte desposó a Canning y se fueron a la India; Louisa desposó a Lord Waterford y se fueron a Irlanda. Luego las cartas empiezan a cruzar vastos espacios en barcos que navegan lentamente y la comunicación se vuelve aún más prolongada y ampulosa, y parece no haber fin para el espacio y el disfrute de esos primeros años Victorianos, y la fe se pierde y la vida de los Vicarios de Hedley la revive; las tías se resfrían pero se recuperan; los primos se casan; está la hambruna de Irlanda y los motines en la India, y ambas hermanas permanecen en su grande pero silenciosa pena, sin niños que vengan después de ellas. Louisa, arrojada en Irlanda con Lord Waterford que sale de caza todo el día, se sentía a menudo muy sola; pero se aferró a su compostura, visitó a los pobres, dijo palabras reconfortantes (“De veras siento mucho escuchar que Anthony Thompson ha perdido la cabeza, o mejor, la memoria; si, no obstante, puede entender lo suficiente para confiar sólo en nuestro Salvador, tiene él suficiente”) e hizo un boceto tras otro. Miles de cuadernos fueron cubiertos con dibujos hechos una noche con pluma y tinta, y luego el carpintero templó telas para ella y entonces diseñó frescos para salones de escuela, tuvo ovejas vivas en su cuarto, mayordomos envueltos en mantas, pintó la Sagrada Familia en abundancia, hasta que el gran Watts exclamó que ¡allí había una coetánea de Tiziano y una maestra de Rafael! De lo que se rió Lady Waterford (tenía un sentido del humor generoso y beningno); y dijo que ella no hacía más que bocetos; difícilmente había tomado una lección en su vida –lo atestiguaban sus alas de ángel escandalosamente inconclusas. Además, estaba eso de la casa de su padre cayéndose por siempre hacia el océano; ella debía apuntalarla; debía entretener a sus amigos; llenar sus días con toda clase de caridades, hasta que su Lord volviera de la cacería, y luego, a menudo a media noche, haría un boceto de él con su rostro de rey medio escondido en un plato de sopa, sentándose con su libreta de dibujo bajo una lámpara a su lado. Él se iría cabalgando nuevamente, majestuoso como un cruzado, para cazar el zorro, y ella lo despediría agitando su mano y pensaría cada vez, ¿y si esta fuera la última? Y así fue, esa mañana de invierno; su caballo da un traspié; se mata. Ella lo supo antes de que se lo dijeran, y el señor John Leslie nunca pudo olvidar, cuando corría escaleras abajo el día del entierro, la belleza de la gran dama, de pie mientras esperaba ver partir a la carroza fúnebre, ni, cuando regresó, cómo la cortina, pesada, semi-Victoriana, afelpada quizás, quedó completamente arrugada allí donde ella la había apretado en su agonía. 
 Traducción y fotografías de Adriana Pertuz Valencia


[1] Publicado originalmente en 1926 en The New Criterion.

lunes, 11 de mayo de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES Y FRAGMENTOS (I)

Nuestro amigo y colega, Carlos Eduardo Sanabria, de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, nos comparte este texto con una lúcida reflexión sobre la educación, las redes y la virtualización, antes y ahora, en medio de la pandemia. De este modo iniciamos una serie, en donde, sin caer en vanidades de profeta (eso se lo dejamos a Slavoj Žižek que ya nos dijo cómo será el futuro), sí buscamos aportar elementos para la reflexión en estos tiempos que, sin duda, son un punto de llegada, pero también un punto de partida.



Les extraño en las aulas, pero  ¿para qué extrañar la presencialidad si ni nos mirábamos?

En estos días de varias semanas de cuarentena, se me ahoga la voz parlanchina y la palabra siempre andariega de profesor universitario; se me desfigura el yo, y hasta me parece narcisista y fantoche e incluso innecesario; y el pensamiento da tumbos en medio de tanto mar de babas de información, con tanta habladuría de políticos y futurólogos, en un mundo en el que la vieja diferencia entre verdad y mera opinión ya es irreconocible. Incluso algunos tiempos verbales no conjugan bien, por falta de certeza o por nerviosismo y precaución. 

¿Cómo empezar a decir algo significativo y que sirva para pensar en estas circunstancias? ¿Y cómo no avergonzarse de estar escribiendo estas letras en la comodidad sobreentendida del techo y la comida y el sustento, cuando hay tanta incertidumbre en otros y otras que ni conozco, pero que se duelen y están ahogados por la angustia de la subsistencia? Tengo que confesar que todas mis palabras me saben a moneda de cuero o a frases de cajón. “Tengo que confesar”, “coyuntura”, “distancia social”, “experimento social”, “reinventarnos”, “cambiar el chip”: me suenan a mentira y autoengaño. Demasiados paquetes de información de todos los calibres por todos lados, y ninguna palabra esencial, que diga, que conmueva... Demasiado yo, demasiada pretensión de intelectual deprimido... Y mi yo en primer lugar, sobra: duelen y sufren quienes no tienen sino la calle y a los conciudadanos que ni los miran como medio y camino de subsistencia. Por eso, estas palabras son majaderas, es decir, hacen sólo ruido.

De golpe, nos parece que la crisis más inminente y que hay que confrontar es el contagio y su curva y el sistema productivo y la maldita banca. Y, sin embargo, ya desde antes veníamos en crisis. En la educación superior en Colombia, ya se nos olvidó la crisis que vivíamos y por la que miles de personas hace unos pocos meses marchaban y se hacían disparar gases lacrimógenos y arriesgaron y, en casos dolorosos, perdieron la vida: la caída importante en la matrícula de estudiantes nuevos, sobre todo en instituciones privadas; un sistema educativo desfinanciado, que ni la sociedad (esa imprecisa abstracción) sabe bien para qué lo quiere; unas medidas de política pública mezquinas y timoratas; unas estructuras y unos gastos administrativos abultados, despilfarradores e improcedentes; un desequilibrio, una injusticia, una carencia de pensamiento sensible en ese derecho fundamental. Pero ahora esa crisis ya se ocultó tras lo inminente. Y mientras tanto seguimos sin pensar el sentido y la calidad de la educación para la ciudadanía y la convivencia y la democracia. Ahora estamos obsedidos por la curva y por la virtualidad (y es innegable que es un medio valioso para atender las necesidades de nuestras/os estudiantes), pero ¿para qué la educación y qué tipo de educación?

Bajo el efecto de los vapores del aire viciado del encierro y la atrocidad de tener que ver este yo todos los días, se me ocurrió que no comprendía por qué algunos estudiantes estaban rechazando la virtualidad, si lo que recuerdo de hace algunas pocas semanas es que algunos de esos mismos estudiantes que hoy exigen la presencialidad estaban en mi clase ocupados en la virtualidad de sus dispositivos “inteligentes” mientras que estábamos allí todos “presentes”. Claro, no estábamos presentes, y no sólo por esa naturaleza temporal humana que hace que estando en el ahora estemos en realidad tendidos en el recuerdo y hacia la expectativa; no, no estábamos allí, porque hace años queremos siempre estar en otra parte y sobre todo evitándonos y buscando el sentido en un dispositivo o un monitor o un “display” que nos saque de la fastidiosa necesidad de escucharnos y reconocernos y vernos unas/os a otros/as. La posibilidad de encuentro de la educación, esto es, de dejarnos transformar por el pensamiento y la experiencia de alguien más, ya se nos estaba convirtiendo en el simulacro de la transacción de evaluaciones sumativas y cualitativas, en salones invertidos, en “clickers” y entretenimiento didáctico, como dicen simpáticamente los expertos en pedagogía hoy (¿todavía?). 

Se me antoja que hoy se hace aún más necesario cuidar y cultivar lo que alguna vez un profesor me enseñó: el secreto de la universidad. Particularmente un par de sus rasgos: la tradición escrita y la exigencia del intercambio argumentado y crítico. Eso sí, aunado a la capacidad de ponernos en los zapatos de las/los demás: en los zapatos de nuestros estudiantes sin conectividad, en los de los estudiantes estratégicos que sólo quieren seguir de vacaciones, en los de quienes viven de la informalidad en las calles, en los de quienes están en el campo sin las posibilidades y apoyos de las ciudadanías de la ciudad (ellos también son ciudadanos), de todo ese valioso otro y otra que no es nuestro ególatra y narcisista yo.

Hoy más que nunca hay que vigilar a quienes decretan y usan como moneda corriente el estado de excepción. Hace unos meses, nos dábamos el lujo de descalificar con un escéptico mohín la posibilidad pedagógica de la virtualidad en la educación, y desconfiábamos (con justa causa) de mercachifles de la educación que nos intentaban vender la fórmula para incrementar el ingreso crematístico de las instituciones universitarias mediante el ofrecimiento de programas baratos apoyados en la virtualidad, con un gran despliegue de seguimiento y acompañamiento al cliente (perdón, al estudiante) desde “call centers” con domicilio en el extranjero. En pocos días saltamos necesariamente a la virtualidad en las instituciones de educación por exigencia de las medidas de salud pública y porque (así como las cárceles y las instituciones de salud) son focos poderosos de contagio por la cercanía cotidiana (al menos física) de los miembros de su comunidad. 

¿Será que lo que hoy es coyuntura y sus medidas, tenderá a normalizarse y eternizarse como única realidad posible? Ayer la virtualización de la educación era solo una herramienta (como lo sigue siendo hoy) y temíamos  la uberización de la universidad, su conversión en “ubersidad”: hace un par de semanas sólo reconocíamos en la virtualización de la educación una herramienta algo sospechosa, por su poder expansivo y su cara de negocio, que debería ser muy controlada para asegurar el acceso en las condiciones más excepcionales (geográficas, de conflicto, de cobertura). Si hace unos meses nos resistíamos a dar el paso jovial y despreocupado hacia la virtualización, por sospechas que recaían en sus vendedores, ¿será que en unos meses cuando regresemos a nuestras nuevas instituciones de educación olvidaremos la desconfianza y creeremos que la mejor comunidad académica será la de la circulación virtual? Me temo que más de un directivo educativo verá la oportunidad de prescindir de los profesores ocasionales o de cátedra, de ahorrar el gasto de servicios públicos en las sedes educativas por uso humano de sus edificios, de eliminar definitivamente ese imponderable que es el tiempo de preparación de clase, y de deshacerse de la molesta ocurrencia de personas, encuentros, debates y protestas en nuestras instituciones.

Estos días de salto educativo al vacío o en los brazos de esa huera confiabilidad de la virtualidad, reconozco en el trabajo de muchas/os colegas y en el mío propio algo de esa “explotación de sí mismo” sobre la que advertía Byung-Chul Han en La agonía del Eros. La desvinculación respecto al otro nos ha convertido en nuestros propios y más avaros acreedores. Es como si la posibilidad situada en la vida presencial de hace unas semanas, de disentir, de preguntar, de no estar de acuerdo, incluso de ofender de frente o hacer un gesto obsceno a las espaldas de la autoridad, hubiera sido reemplazada por la autoexplotación en la intimidad del hogar-oficina. No quisiera estar seguro o muy inclinado a pensar que le hicimos el trabajo a esos jefes que nos andaban persiguiendo con los formatos de medición del desempeño, al interiorizar exitosamente al abusador de la positividad, de la productividad y del control total. Por el temor a perder el tambaleante empleo, por querer figurar ante los futuros evaluadores de nuestra labor docente con los más altos méritos y dedicación, pero también por querer lograr lo casi imposible (la corresponsabilidad de nuestros estudiantes en este encuentro que es la educación), todos los días son un eterno día laboral para ahogarnos en todas las tareas: no hay espacio para el fallo, el yerro, la incertidumbre. 

Me queda un débil, cobarde y temeroso ojalá: que ésta sea más bien la oportunidad de cuestionar esa lógica matona de la positividad y de la productividad de todo gesto; de establecer comunicación auténtica entre los miembros de la comunidad académica y por supuesto de la sociedad; de reducir los costos de la matrícula en países donde la educación sigue siendo un privilegio; y, por qué no, la oportunidad de pensar la gratuidad de acceso al conocimiento, la de que todos los miembros de la comunidad académica recobremos la necesidad del esfuerzo solidario y cooperativo en el secreto de la universidad.


Carlos Eduardo Sanabria B.
Universidad Jorge Tadeo Lozano
Bogotá



DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES Y FRAGMENTOS (III)

Night Shadows, Edward Hopper, 1921 El miedo es una enfermedad Judith Nieto * Miedo por lo que pueda pasar en el futuro, ha sido l...