jueves, 4 de mayo de 2017

Algo sigue su curso

Queremos compartir con ustedes las palabras de Alejandra Gómez Vélez, egresada de la Maestría en Estética de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, las cuales pronunció el pasado 31 de marzo, fecha de su graduación, en donde fue distinguida con la máxima distinción en su trabajo de grado. Efectivamente, su tesis titulada La imagen intermitente. Espera y contestación ante la presencia desnuda de lo otro, fue laureada, lo cual para la Maestría es un verdadero orgullo, y otea –en distintos artistas y creadores– con el mismo tono afectivo de las palabras que acá nos presenta, la necesidad de crearnos todos los días, en medio de un mundo que nos invita en vez, al desasosiego; necesidad de re-inventarnos en donde el arte y la literatura nos sirven como medio y como invitación, quizás como modelo, pero sobre todo, como camino inevitable.



Fotograma de la película La imagen perdida (2013), de Ritthy Pan


* * *

Buen día, gracias a todos por estar aquí, y, sobre todo, por haber llegado hasta aquí.

Si alguien me conoce, sabrá que no diré palabras triunfantes, ni alegres, ni venideras, pero no por eso faltas de afecto y agradecimiento. Para esta ocasión pensé en muchas cosas, en hablar del mar y de la escisión entre humanos, con Ingrid Jonker, poeta sudafricana; pensé también en hablar de la tierra y del olvido y el despojo de ella, con el cineasta camboyano Rithy Panh; igualmente pensé en hablar del Parkia Péndula, del que nos hemos olvidado, como de tantos otros,  el maravilloso árbol que tenemos junto a nosotros, al bajar las escaleras, que florece todavía de manera tan peculiar, pese a habitar esta ciudad turbia que está perdiendo su aire. Y, por otro lado, pensé en hablar de todos los años, tantos, que lleva la universidad con nosotros creando diversas constelaciones y colecciones de grandes memorias y grandes maestros. Estaba esperando encontrarme una historia, una conversación, una imagen, un pretexto del azar que me diera un impulso para hablarles a ustedes hoy, y decir palabras con un tanto de entusiasmo que me permitieran hilar todas estas cosas en diez minutos.

Quería encontrar un relato o una palabra, en la calle, en la ciudad, en las montañas, con los que pudiera mezclar una cosa con la otra, a ustedes conmigo y a los otros con ustedes. Y que me diera pie para hablar de la falta que hace en nuestros entornos la coincidencia de las formas con los contenidos, de la poesía con la ingeniería, de la arquitectura con la política, de las ciencias con las letras, de la pasión con la razón, de la totalidad con el infinito; nos sobran palabras para distinguir esta multiforme escisión ya tantas veces nombrada y tantas veces cuestionada. Pero quisiera que les coincidiera una cosa con la otra, porque esto es, finalmente, lo que, a mi parecer y se lo agradezco profundamente a mis grandes maestros, debe rescatarse en los entornos académicos, es aquí, donde podría cultivarse con mayor dedicación la relación de esta múltiple existencia que nos permite vivir de un modo medianamente tranquilo frente a nuestra humanidad en falta.

Ingrid Jonker, escritora sudafricana, escribió un poema que está publicado en afrikáans en su obra póstuma Kantelson (Sol Volcado), de 1966, y el texto en castellano se lo debemos a Agustín Sequeros, poeta y traductor español, y, sobre todo, un eterno enamorado de la escritura de Jonker. El poema se titula:

CON AQUELLOS ESTOY

Estoy con aquellos
que se exceden en el sexo
porque el individuo no cuenta
Con aquellos que se emborrachan
en lucha contra el abismo del cerebro
contra la ilusión de que la vida
fue alguna vez buena o bella o que estaba llena de sentido
contra las fiestas de jardín
contra el silencio que golpea las sienes
con aquellos que viejos y pobres
compiten contra la muerte la bomba atómica de los días
con aquellos que están desconcertados en centros psiquiátricos

a través de las cataratas de los sentidos
con aquellos a quienes les han quitado el corazón
como la luz a un robot de seguridad
con los africanos desposeídos que tienen la piel de otro color
con aquellos que asesinan
porque cada muerte confirma de nuevo
la mentira de la vida
y por favor olvídense
de la justicia    no existe
de la fraternidad    es mentira
del amor    no tiene ningún derecho


Jonker escribe estas y muchas otras palabras, contra el mundo, con los niños, contra los políticos, contra el apartheid, contra su padre, con sus amantes, contra la muerte y con el mar, escribe en tiempos difíciles, como todos nuestros tiempos, para poner en palabras, para sacar afuera, lo imposible e incomprensible del mundo. Y sus palabras hoy no dejan de sonar, aunque en pequeños murmullos, que no escuchamos casi nunca, todavía resuenan. Permitir que las palabras, las bellas palabras, las palabras críticas, las que se asombran pese a todo y en las que coinciden todos los mundos, permitir que no dejen de sonar, que sean visibles, que sean palpables, que se crucen con nosotros, es el papel que debe jugar hoy la universidad, como espacio de encuentros, de entusiasmos, de contiendas, de enamoramientos, de resistencias, de preguntas y de espera. Y si lo juega o no, nos corresponde a nosotros decidirlo, y si no es así, por lo menos no dejar nunca de esperarlo.

Pues en nuestro mundo colmado de indiferencias, de violencias, de intolerancias avasallantes, ¿a que podemos apelar? Es como si cada día tuviésemos que reinventarnos y buscar y esperar pretextos, varios por día, para hacer lo que hacemos y no agotarnos en el intento de llevar una cotidianidad en la que sabemos que, sin duda, triunfará la mercantilización indiferente del mundo. Lo significativo de los espacios para el aprendizaje, lo que hay que resaltar, es la posibilidad de encontrarnos. Quisiera pensar que la universidad es un estado de excepción que posibilita dentro de nuestros estados tiránicos, un respiro de silencio y tranquilidad en el que podemos encontrarnos unos con otros de manera distinta para pensar y respirar. Pues lo que nos llevamos de aquí ya no se puede despojar.

Rithy Pahn, nació en Phnom Penh, Camboya. Era un niño, cuando el régimen de los jemeres rojos irrumpió en su vida en 1975, arrasando con todos y con todo, perdió a su familia en un proceso lento, de trabajos forzados en los campos de arroz y en las fosas comunes. Cuatro años después, gracias a la invasión vietnamita, logró huir del régimen a un campo de refugiados en Tailandia y finalmente viajó a París y estudió cine. Años más tarde comenzó una ardua producción cinematográfica en torno al conflicto camboyano que, me imagino, nunca le abandonará. La imagen perdida es su última obra, una película del año 2013, de la cual podría decirse, vagamente, que es un documental, pero es tan grande que no la abarca ninguna categoría, como a todas las buenas obras. A partir de pequeñas y coloridas figuras de arcilla, nos cuenta magistralmente su historia y nos permite adentrarnos en las vivencias de los camboyanos enfrentados crudamente al régimen, y hace de su historia una imagen memorable, imagen de un conflicto a la que nos podemos mirar de cerca para pensar. Rithy Pahn, crea imágenes, al igual que Ingrid Jonker con su escritura, bellas imágenes, de procesos complejos e inimaginables para que nosotros podamos pensar de otra manera el mundo insoportable que nos rodea, para que podamos crear y producir pensamientos distintos, en los que un pedazo de barro deviene un objeto que carga muchas memorias, un objeto, por tanto, en el que coinciden todas las fuerzas, y que es capaz de soportar y pensar el paso destructor de la humanidad por la tierra.

Wislawa Szymborska, escritora polaca, vivió siempre en la tensión de tener que pensar entre varias lenguas, entre varias naciones, entre varios nombres y entre varias políticas. Decía: “La realidad exige que lo digamos bien claro: la vida sigue su curso. Sucede así en Cannas y en Borodino, en los llanos de Kosovo y en Guernica”; y Samuel Beckett, poeta irlandés, dirá, con mayor simpleza: “Algo sigue su curso”. Pues pese al apartheid, a los jemeres rojos, al conflicto inherente a nosotros, y a los otros tantos que no he mencionado pero que están presentes, al mercantilismo y a nuestros aires turbios; lo que nos queda, a lo que podemos apelar es a disponer nuestras vivencias, nuestros pensamientos, nuestros discursos y nuestros encuentros para organizar el pesimismo, como diría el pensador judío alemán Walter Benjamin. Organizar el pesimismo sería entonces encontrar en las imágenes un espacio de encuentros entre los unos con los otros, entre lo que es y lo que no es, entre las ciencias y las letras, para pensar críticamente; es adentrarnos en un entorno en el que todos podemos habitar, sin indiferencias, ni violencias; es construir otro mundo como refugio del nuestro, así sea momentáneamente, y poder pensar la historia entera de la vida y de la humanidad siendo norte, sur, árbol, animal o tierra, haciendo coincidir todos los mundos y los reinos sin fronteras en unas pocas líneas, como lo hace Szymborska en el siguiente poema:

“Discurso en la oficina de objetos perdidos”

Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,
también muchos dioses camino de este a oeste.
Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel,
quién habita mi caparazón.
Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,
y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.
He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,
dejado mis sentidos muchas, muchas veces.
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del género humano,
que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía. 

Wislawa Szymborska.

martes, 25 de abril de 2017

“Dios vio que el caos era bueno y lo llamó mundo”: Figuras del caos en las filosofías de Gilles Deleuze y Michel Serres.


Queremos invitarlos al Seminario “Dios vio que el caos era bueno y lo llamó mundo”: Figuras del caos en las filosofías de Gilles Deleuze y  Michel Serres, que impartirá en la Alliance Française de Medellín, nuestro amigo y compañero de la Maestría en Estética, Juan Gonzalo Moreno Velásquez. El seminario, que se realiza en el marco del Año Colombia-Francia se realizará todos los martes del mes de mayo en la sede de la Alliance Française en Medellín, a las seis de la tarde. 

Información sobre los temas y el horizonte teórico del Seminario, a continuación:




Propósito
Decimos caos y no sabemos muy bien si estamos ante una moda mediática, un significante flotante, una impostura intelectual, un mitologema, un sucedáneo de la divinidad ausente, un auténtico concepto filosófico o un audaz objeto científico.
Estos y muchos otros interrogantes que se plantean alrededor de la noción de caos serán abordados desde el pensamiento de dos grandes filósofos franceses: Gilles Deleuze y Michel Serres, con el fin de aclarar el brumoso panorama que rodea a este venerable vocablo.
Obertura
Caos es una palabra mitológica, nace haciendo nacer " Antes que todas las cosas fue Caos..."así se inicia la Teogonía de Hesíodo y aunque la palabra es más antigua que su aparición en el texto, es allí en donde adquiere su carácter genésico. El caos será el manantial del cual brotan todas las cosas Gea, Eros, Erebo, Nix y un largo etc. adobado por alianzas y enfrentamientos sin cuartel que terminarán pacificándose por la coronación de un dios tutelar, Zeus. Babilonios entronizando a Marduk y hebreos ensalzando a Elohim son parientes del escultórico Zeus. 
Caos proviene de una palabra referida a la fisiología, abrir la boca, bostezar que posteriormente significará abertura, vacío, abismo, indistinción. Gea y Urano se separan como un gran bostezo cósmico que se abre para dejarle espacio a las demás cosas.
Cuando la filosofía busque posteriormente la razón de las cosas en Tales o en Anaximandro la sombra del viejo Caos estará presente tanto en el agua primordial de Tales como en el apeiron de Anaximandro, en general la filosofía jónica se calcará sobre el antiguo modelo mítico. 
"Las nociones fundamentales en las cuales se apoya esta construcción de los jonios: segregación a partir de la unidad primordial, lucha y unión de contrarios, cambio cíclico eterno, descubren el fondo de pensamiento mítico donde se enraíza su cosmología." constata Jean Pierre Vernant en Mito y pensamiento en la Grecia antigua
La filosofía de allí en adelante será celebración y renovación del orden que ya se prefigura en el pensamiento mítico, el cosmos geométrico de Platón y el cosmos hilemórfico de Aristóteles son los eslabones de una larga cadena que llega hasta nosotros.
Sin embargo, no todo es tan sosegado, los atomistas, Epicuro y Lucrecio dibujan un mundo en el cual el inquieto caos parece pervivir inclusive en medio de los arreglos más ordenados. El choque azaroso e imprevisible de los átomos configura aquí y allá brotes de orden que presentan corta o larga duración en una caída sin fondo que discurre inocente y sin finalidad alguna.
Esta anomalía que se desvía de la corriente principal de la filosofía será ahogada en un primer momento por la supuesta irracionalidad que la inspira y posteriormente, cuando la ciencia se haga adulta, por el paradigma newtoniano que hará del átomo un planetario en miniatura.
El mainstream que conduce a Newton proviene del saber astronómico, la regularidad cíclica de los fenómenos celestes es una imagen móvil de la eternidad como decía el divinizado Platón y esta eternidad le será transmitida al cielo de las Ideas que el mismo se inventa. Las Ideas son astros en el cielo del conocimiento así como los astros serán Ideas que cobran vida  por obra  del demiurgo. No hay ninguna metáfora cuando hablamos del universo del conocimiento.
Orden, regularidad, necesidad serán la marca del pensamiento en occidente, un pensamiento de élites que flotan etéreas sobre la superficie irregular de las cosas y que trataran de imponerle a todos los órdenes de existencia los mismos criterios con los que a su parecer funciona el mundo y su propio pensamiento.
El modelo newtoniano nos presenta un cosmos regido por leyes necesarias y universales que se comporta eternamente de la misma forma bajo la jurisdicción de su omnipotente relojero y que será compartido por el despotismo ilustrado, “no me parece, pues, arbitrario traducir la vis galileana y newtoniana por su paralelo gubernativo, y hablar allí de merum imperium o poder omnímodo del Príncipe, pues lo que en definitiva se obtiene es un cosmos-súbdito regido por las reglas inapelables de cierto soberano, aislado de sus vasallos como un emperador en su inexpugnable castillo." apunta Antonio Escohotado en Caos y Orden. La misma comunidad científica tendrá sus regentes y sus reglas inapelables que condenarán a todos aquellos que se aparten del "orden establecido".
La famosa anécdota sobre Tales cayendo a un pozo mientras observa el cielo estrellado en medio de la ironía de la muchacha tracia que le acusa de no ver lo que tiene a sus pies por estar mirando hacia arriba, puede reinterpretarse como una advertencia que se le hace al sabio sobre la ausencia de fundamento que presenta el cosmos que le obsesiona. No en vano la palabra chaos tiene, como vimos anteriormente, la connotación de abismo, de grieta, de vacío que se abre ante los pies. 
Sin embargo, la ironía sangra por donde menos se la espera, un Príncipe regente de Suecia le propone a sus súbditos la solución de un problema que en resumidas cuentas inquieta a la comunidad científica por la posible insumisión de ciertos vasallos. En efecto, el famoso problema de los tres cuerpos no es más que la revelación de una rebeldía ingobernable en el sólido imperium de la física clásica.
Las deterministas leyes de la naturaleza que Newton consideraba como una revelación divina que le había caído en suerte por sus pacientes y piadosos oficios se veía desafiada por la impertinencia de algunos cuerpos indóciles que giraban enloquecidos por una especie de posesión demoníaca amenazando con desprenderse de la rígida mano que trazaba sus curvas regulares.
El genial Poincaré no resolvió el problema pero comprendió claramente lo embrollado del asunto “cuando uno trata de descubrir la figura formada por estas tres curvas [descubre que] constituye una especie de red, trama o malla infinitamente espesa; ninguna de las curvas puede cruzarse a sí misma, pero se repliega de un modo muy complejo para pasar por los nudos de la red un número infinito de veces. Uno queda sorprendido ante la complejidad de esta figura, que ni siquiera puedo tratar de dibujar" 
La complejidad a la que alude Poincaré ya no la puede dibujar el compás con el que el adusto Newton traza las figuras del cosmos en la pintura de William Blake, se necesitarán computadoras de alta velocidad empeñadas en pronosticar el rebelde e insumiso tiempo atmosférico.
Las mismas leyes que le daban estabilidad al cosmos comienzan a desplazarlo inexorablemente al borde del caos.
Ahora bien, lo que nos convoca  en estas conferencias es la manifestación del caos en dos grandes filósofos franceses, Gilles Deleuze muerto en el siglo pasado y Michel Serres longevo y todavía productivo, ambos íntimamente relacionados con la ciencia el arte y la literatura. 

Hemos mencionado más arriba de forma tangencial la mitología la filosofía y la ciencia y sus devaneos con el caos y ello porque nuestros dos filósofos conocen y aprovechan esas fuentes en su transacción con el caos, de ello tratará precisamente nuestro seminario.










lunes, 20 de marzo de 2017

En Estudio: María Cecilia Salas presenta Humo y ocre, la obra de la cual es prologuista

La Editorial de la Universidad de Antioquia, publicó hace dos años, el libro Humo y Ocre, de la poetisa sudafricana Ingrid Jonker. Desconocida en el mundo hispanoparlante, esta autora que se ha traducido a varios idiomas en Europa –de hecho, su obra está escrita en afrikáans–, está a la altura literaria de otras escritoras más conocidas como Virginia Woolf y Marguerite Duras. La publicación en Medellín, de la primera traducción de uno de sus poemarios (realizada por el profesor salmantino Agustín B. Sequeros), es sin duda un hecho de suma importancia en nuestro medio cultural.

Dentro de la difusión de sus publicaciones, la Editorial U. de A., realizó este video, en el cual la prologuista del libro, la profesora María Cecilia Salas (vinculada a la Universidad Nacional de Colombia y al Grupo de Estudios Estéticos), nos invita a acercarnos al mundo literario de esta autora y sobre todo, nos cuenta cómo fue el complejo camino que terminó en la publicación del libro de Ingrid Jonker.


martes, 7 de marzo de 2017

RETÓRICA Y POÉTICA DEL FENÓMENO ARTÍSTICO: Nueva cohorte de la Maestría en Estética


La Maestría en Estética empezará, a partir del 21 de marzo del presente año, el proceso de admisión de la nueva cohorte cuyo eje central será Retórica y poética del fenómeno artísitico. Dicha línea se explica, y se justifica, por cuanto los giros lingüístico y narrativo  resucitaron en las ciencias sociales y humanas en décadas pasadas el interés por la palabra, tema que ya la filosofía y la lógica de fines del siglo XIX habían revisitado de forma crítica. 
Con ello  viene la reconsideración sobre la Retórica y la Poética,  dos  de las más antiguas disciplinas de la cultura occidental que adquirieron en el mundo clásico grecorromano su matriz en Aristóteles y en otros autores latinos ( Ovidio, Horacio). 
Hoy, su presencia y redefinición  ejercen una influencia significativa  en la reflexión artística, estética y literaria y también en distintos ámbitos de la existencia (sociales, filosóficos, económicos, políticos), dando impulso a modelos teóricos como los  del análisis del discurso, de la estilística, de las teorías literarias y de la narración, los discursos pedagógicos y publicitarios, los estudios visuales, la comunicación y divulgación científicas, etc.
Referentes como Roland Barthes, Roman Jakobson, Jean Cohen, Paul de Man y el Grupo µ, entre muchos otros,  son ineludibles para un conjunto muy nutrido de intereses analíticos focalizados desde una gran cantidad de objetos y disciplinas.

Philip-Lorca diCorcia, Michael Jenson, 19 years old, Dallas, TX. $40. 1990-1992

Fujicolor Crystal, impresión bajo metacrilato. 122 x 178,4 cm. Colección Helga de Alvear


Toda la información sobre el proceso de admisión en:

viernes, 16 de diciembre de 2016

SALUDO NAVIDEÑO



Como es habitual por estas fechas, les compartimos mensajes de Navidad que, tomados de diferentes tradiciones literarias, nos permiten vivir este tiempo de otra manera. Por un lado, la muchas veces olvidada, doña Emilia Pardo Bazán (1851-1921) en un cuento de Navidad que a modo de alegoría nos evidencia lo que para muchos significa esta época: el reencuentro con alguna luz de esperanza o simplemente un tiempo que pasa en medio de festejos que no significan nada. Por otra parte, el escritor galés Arthur Machen (1863-1947), quien, en un mordaz y breve relato, nos invita a salir de la idealización que Charles Dickens, casi un siglo antes, había instalado en la tradición de las literaturas navideñas.

De parte del Grupo de Estudios Estéticos, les deseamos unas felices fiestas y que el próximo año nos permita seguir en esta labor de pensar desde otras coordenadas, todo aquello que nos inquieta en nuestro mundo.


Jaume Muxart, Pesebre


La Navidad de «Peludo»
Emilia Pardo Bazán

Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el Peludo en su hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin ración de palos y sin hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!
Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de moscas borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano o de taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir a su piel, averdugándola; probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y pugnar por no caer al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal; todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo, en cortejo de pasar rozando una pradera verde como la esperanza, mullida y aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión que causaba al Peludo la vista de la hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oír el murmurio de la fuente cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, que más de una vez, él, el manso, el resignado, el trabajador, el obediente, «pensó» hacer una muy gorda y sonada: soltar un rebuzno de guerra y arremeter a coces y a muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano… ¡Qué deleite arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera; meter en ella el hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el Peludo!
Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la suerte, el fatum que preside a la existencia del jumento. Sí, lo peor del caso es que al Peludo la desgracia le había hecho fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía a creer que pudiese lucir para él jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese lo mismo tenía que ser… Hambre y palos, palos y hambre… Arriba con la carga; avante por la senda, y nada de protestas ni de quiméricos ensueños…
Razón llevaba el paciente Peludo en desconfiar de la suerte y en prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de consideración, a medida que el Peludo perdía fuerzas, agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las jornadas a palo seco, en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de diciembre encontró al cuitado Peludo sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado a una argolla de hierro, a la puerta de la más conocida taberna del Pellejón, una de las varias que salpicaban las orillas de la carretera de Marineda a Brigos. Otras veces no faltaba para el Peludo en aquel templo báquico el abrigo de una cuadra o de un estercolero, o siquiera de un cobertizo cerquita del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda, de regodeo y jarros colmados de vino y aguardiente, y cuando el Peludo, al trotecillo desmayado de sus provectas patas, se acercó a la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. De dos puntillones, el amo le pegó a la pared, le amarró a la anilla, y allí se quedó el jumento, sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo los cascos.
Veía el Peludo, al través de los vidrios de la ventana, la sala de la taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban a los naipes, disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinto. Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno, transido y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido de necesidad, no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba a caer sobre el fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente de la que derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó a su lado, con profunda sorpresa a otro borrico: un asno plateado, de luciente pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía tan grata! «¡Hi-ho!», flauteó dulcemente el caduco y asendereado jumento. Púsose el recién venido a roer con los dientes la cuerda que al Peludo sujetaba, y presto lo dejó libre. Echó a andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más averiguaciones, el Peludo, ya regocijado y fuerte. A medida que adelantaban, la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; el camino, fácil, seco, llano, lindo. A derecha e izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban al Peludo a saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y el Peludo, entrando a saco, descuidado, libre, se entregó a la hierba jugosa; desde lejos podía oirse el ruido de molino que al mascar producía su vieja dentadura. Bebió a su talante en los manantiales; atracóse de trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba, redondeábase su panza como globo que se infla, hasta que de súbito estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota, feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el Peludo! Tan dichosa aventura lo convertía en el mayor providencialista del universo. En lontananza empezaba a despuntar la mañanica dorada y risueña; las violetas del prado olían a gloria; todo incitaba a un revuelco deleitable, y, izas!, el Peludo se dejó caer y se puso a nadar en aquel golfo de verdura, impregnándose de olores floreales, recogiendo en su pelambrera hojas de manzanilla. El asno se sentía victorioso, envuelto en luces de gloria. Y allá en los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían la profética cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se llama Emmanuel…» El asno de plata, salvador del Peludo, le miraba entre compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente: «¡Hi-ho! ¿No me conoces? Soy el que calentó con su aliento a Jesús en el establo…, y el que llevó a Egipto a María la Nazarena…»
A la puerta de la taberna, el amo del Peludo, al salir de madrugada con los humos de la embriaguez muy densos aún, vio a su montura tendida en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas.
-Rompióse la cuerda -observó el tabernero-. No le dé patadas -agregó-, que de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.
Pero el amo, con la terquedad característica de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal, jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.
-Para lo que servía… -gruñó-. Ya ni podía conmigo…
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Un nuevo Cuento de Navidad

Arthur Machen 


Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido.
Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruin y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado “el Viejo Entrometido” por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.
Y, sin duda alguna, los viejos estaban acertados. Ebenezer Scrooge había sido un entrometido. Siempre había estado huroneando en los asuntos de los demás; así que pudo descubrir las consecuencias de sus actos sobre los demás. Muchos hombres de negocios duros se suavizaban ante la idea de Scrooge rondando en sus despachos, creyendo que la ruina se les acercaba.
-Mi estimado Sr. Hardman -decía el viejo Scrooge- ni una palabra más. Tome este giro de 300 libras y úselo como mejor sepa. Usted lo podrá duplicar por mí en el plazo de 6 meses.
Podría irse riendo de ello, y Charles el camarero, en la vieja taberna de la ciudad, donde Scrooge cenaba, siempre decía que Scrooge le traía suerte a él y a la taberna. Todos ordenaban una buena ración de brandy caliente cuando su alegre y sonrosada cara aparecía en el lugar.
Estaban en Navidad. Scrooge estaba sentado frente a su crujiente fuego, bebiendo algo tibio y confortable y discurriendo la mejor manera de llevar la felicidad al resto de la gente.
“No voy a soportar la obstinación de Bob,” se decía a sí mismo -la firma de la empresa era Scrooge & Cratchit ahora- “él hace todo el trabajo, y no es justo que un viejo inútil como yo tome más que un cuarto de los beneficios.”
Un lúgubre sonido resonó a través de la vieja casa. El aire resopló heladamente y lo cálido y confortable se tornó en frío y incómodo. Scrooge bebió nerviosamente. La puerta se abrió y una forma vaga y espantosa surgió en el umbral. 
-Sígueme -dijo.
Scrooge no supo con seguridad qué pasó luego. Estaba en la calle. Recordaba que quería comprar algunas golosinas para sus pequeños sobrinos y sobrinas, y fue a una tienda.
-Disculpe, pero pasadas las ocho -dijo el encargado- no podemos atenderlo, señor.
Vagó a través de otras calles que parecían extrañamente alteradas. Se dirigía hacia el lado oeste, y comenzó a sentir frío y debilidad. Creyó que sería conveniente tomar una pequeña copa de brandy con agua, y justo estaba doblando la esquina de la vieja taberna cuando salían las últimas personas y le cerraban las metálicas puertas prácticamente en la cara.
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó débilmente al hombre que cerraba las puertas.
-Las diez pasadas -dijo secamente el tipo, y apagó las últimas luces.
Scrooge ya creía que la segunda porción de pastel de carne le había dado indigestión, y que todo aquello era una mera pesadilla. Le parecía como que había caído en un profundo abismo de oscuridad en el que todo le era negado. 
Cuando volvió en sí, era el día de Navidad, y la gente estaba caminando por las calles. 
Scrooge se encontró en esa calle y la gente se sonreía y saludaba entre sí con calidez, pero era evidente que no eran felices. Había señales de preocupación en sus rostros, señales que evidenciaban problemas del pasado y ansiedades futuras. Scrooge escuchó a un hombre suspirar al siguiente instante de desearle Feliz Navidad a un vecino. Había lágrimas en el rostro de una mujer que caminaba frente a una iglesia, toda de negro.
-¡Pobre John! -murmuraba ella-. Estoy segura de que lo que lo mató fueron los problemas de dinero. Ahora está en el cielo. Pero el vicario dijo en el sermón que el cielo era un mero cuento de hadas -ella gimió nuevamente.
Todo esto perturbó la paz de Scrooge. Algo parecía estar pujando en su corazón.
-Pero -dijo él- debo olvidar todo esto cuando me siente a cenar con mis sobrinos y sus jóvenes hijos.
Eran las últimas horas de la tarde; las cuatro en punto y caían las sombras. Era la hora de la cena. Scrooge encontró la casa de su sobrino. Ni una ventana tenía luces y todo estaba oscuro. El corazón de Scrooge se heló.
Golpeó una y otra vez, y haló la campana que resonó tan lánguidamente que parecía tener un pie en el sepulcro.
Al final, una vieja mujer de aspecto miserable, abrió la puerta solo unas pulgadas y miró con desconfianza.
-¿El sr. Fred? -dijo-. Él y sus señora salieron al Hotel Splendid, y no volverán hasta medianoche. Los chicos están fuera, en Eastbourne.
-¡Cenando en una taberna el día de Navidad! -murmuró Scrooge-. ¿Qué terrible sino es ese? ¿Quién es tan miserable y tan desolado como para cenar en una taberna en Navidad? ¡Y los niños en Eastbourne!
El aire se tornó pesado y le pareció escuchar desde una gran distancia la voz de Tiny Tim, diciendo “¡Dios nos ayude, a todos y a cada uno de nosotros!”
De nuevo, el Espíritu apareció. Scrooge cayó de rodillas.
-¡Terrible Fantasma! -exclamó-. ¿Quién eres y que quieres? Habla, te lo suplico.
-Ebenezer Scrooge -replicó el Fantasma en un timbre abominable-. Soy el fantasma de las Navidades de 1920. Conmigo traigo la nota del Impuesto sobre la Renta.
El cabello de Scrooge se erizó ante esa visión. Pero se sintió peor cuando vio que la Aparición tenía huellas como las de un gigantesco gato.
-Mi nombre es Pussyfoot. También me llaman Ruina y Desesperanza -dijo el Fantasma, y desapareció.
Luego de esto Scrooge despertó y descorrió los cortinados de su cama.
-¡Gracias a Dios! -exclamó de corazón-. ¡Solo fue un sueño!
FIN