lunes, 21 de septiembre de 2020

Videos del Espacio virtual # 3 DECIR EL CUERPO EN LA ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA, dentro del IV COLOQUIO DE HISTORIA DEL ARTE

 Los siguientes son los videos del Espacio Virtual # 3, Decir el cuerpo en la estética contemporánea, dentro del IV Coloquio de Historia del Arte. Este espacio es organizado por la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín y la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá. 

A quienes se hayan inscrito para este Coloquio, se les sugiere ver previamente estos videos, para luego participar en las mesas que se harán, según la presente programación:


Para ver cada video, haga clic sobre los títulos.



I. Corporalidad Sutil

2. Puede ser sin título. Cuerpos y miradas sutiles. Susana Londoño P.

3. Corporalidad y videncia en la poética visual de Abbas Kiarostami. Alejandra Gómez V.


II. Ciudad y Cuerpos Dispersos

1. Cuerpo, consumo y representación. Eduardo Correa Rivera

2. El transitar del cuerpo: una mirada a la obra performativa de Nadia Granados. Diana Alejandra Vásquez

3. El vaho del inframundo. Lina Vélez A.

4. La percepción de sí y la experiencia de la ciudad contemporánea en los sujetos gais y trans. Julieta Restrepo B.

III. Carnalidad y Huellas

1. El cuerpo un escenario performativo: el caso de Guillermo Gómez-Peña. Yolanda Pachón A.

2. Zoran Music: la experiencia visual del cuerpo en el campo de concentración. Luis Fernando Vélez

3. Objetos resonantes en el cuerpo envejecido. Sobre la representación de la vejez en la película Candelaria de Jhony Hendrix Hinestroza. Laudith Vila S.

IV. Decir el Cuerpo: Percepción y Representación

1. El cuerpo en el pensamiento estético de Marc Johnson. Adriana Pertuz V

2. El cuerpo de Cristo se vuelve nietzscheano. Manuel Bernardo Rojas L.

3. El cuerpo como afirmación de la vida en El Inmortal de Jorge Luis Borges. Nicolás Weir R.

4. Escribir (con) el cuerpo. María Cecilia Salas G



martes, 1 de septiembre de 2020

DECIR EL CUERPO EN LA ESTÉTICA CONTEMPORÁNEA (Espacio virtual # 3) en el marco del: IV COLOQUIO DE HISTORIA DEL ARTE

La Maestría y el Doctorado en Estética de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, y la Maestría en Estética e Historia del Arte, los invitan a inscribirse en el Espacio Virtual #3, Decir el cuerpo en la estética contemporánea, los días 24 y 25 de septiembre, en el marco del IV Coloquio de Historia del Arte, organizado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano.






jueves, 27 de agosto de 2020

Nuevo número de la Revista Colombiana de Pensamiento Estético e Historia del Arte Núm. 10

 Los invitamos a visitar la décima edición de la Revista Colombiana de Pensamiento Estético e Historia del Arte, en el sitio web https://cienciashumanasyeconomicas.medellin.unal.edu.co/index.php/revista-de-estetica


El contenido del presente número es el siguiente:

Revista Colombiana de Pensamiento Estético e Historia del Arte
Universidad Nacional de Colombia (Sede Medellín)
Facultad de Ciencias Humanas y Económicas
Departamento de Estudios Filosóficos y Culturales
Carrera 65 No. 59A-110, edificio 46, oficina 108, código postal 050034, Medellín, Antioquia, Colombia
Teléfono: (57-4) 4309000 Ext: 46282
Correo electrónico: redestetica_med@unal.edu.co

domingo, 2 de agosto de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES, FRAGMENTOS (IX y final...)

La novena entrada de la serie Desde la contingencia: textos, imágenes, fragmentos, es una invitación a vislumbrar, cómo viven esta contingencia  (si es que todavía cabe usar esta expresión) los seres marginales de nuestras urbes, que sobreviven como residuos del capitalismo salvaje y que interrogan el idealismo de toda la estrategia sanitaria en la que vemos cómo se concreta la biopolítica en nuestro tiempo. 

Dos viejos. Francisco De Goya y Lucientes (1821-1823)


Revancha

Cruz Elena Espinal Pérez[1]

Albertico no pegó el ojo, pasó toda la noche planeando dónde esconder lo hallado. “Todo salió bien…, todo salió bien…”, repetía frenético cuando llegó trémulo, pasada la madrugada. Después de caer la tarde, por horas, vivió un episodio del todo peliagudo: estuvo oculto acechando el momento en que el Peludo, por fin, saliera de su casa. Alrededor de la medianoche, la espera sacó sus frutos,  y pudo entrar. Y, sin duda, lo hizo: Conservaba una copia de las llaves que, meses antes, el Peludo le confió con la misión de cuidar, en su ausencia (por dos noches y tres días), a sus dos amados perros.    A la mañana, todavía echado en la cama, revisó impaciente cada rincón del cuarto; y, se detuvo en una repisa algo destartalada fijada en el muro, frente al lecho. Desde la cabecera, se santiguó agradecido, al mismo tiempo que, miraba con devoción la foto de su vieja, una estampa de la virgen del Carmen, y otra de San Martín de Porres con sus animales. Entre las imágenes, sobresalía un reloj que, en días pasados, rescató entre los deshechos de una construcción que ayudó a demoler; notó que la gallina movía la cabeza con más dificultad: —¿Se te habrá agotado la cuerda? —le preguntó, ya más calmado, y murmuró—: ¡Estás vieja como yo! Aunque se orientaba por su cronómetro interno, desde el comienzo de la cuarentena, su soledad platicaba con la rígida galliforme. Y, por si fuera poco, y a sabiendas de lo cegatón que era, jugaba a adivinar la hora con el estruendoso despertador. Para que un rayo de luz rompiera la penumbra del aposento, Albertico debía subirse a un banco, alcanzar la cortina descolorida y despejar la única ventana, que, aunque era pequeña, se hallaba bien asegurada con tres barrotes verticales. El velo fue un regalo de Marujita, sucedió días antes de la visita misteriosa de una pareja que decían ser parientes;  aparecieron de la nada; y, al poco tiempo, sobrevino el escándalo: a la pobre la habían entregado a la caridad, en un ancianato municipal. Lo que le resultaba extraño al vecindario, era que ella, antes del confinamiento, hacía bien los menesteres; incluso, los fines de semana, vendía empanadas en la entrada de su casa; pero, la cosa no terminó así: a ojos vistos, los dos se arrellanaron en la que había sido, hasta entonces, la vivienda de la anciana. Sea como fuese, antes de salir, Albertico regresaba la tela a su lugar: se esmeraba en que nadie pudiera meter las narices en sus cosas. Desconfiaba de sus sobrinos, unos mellizos treintones que vivían al lado; zánganos con historial de maleantes que lo acosaban desde la desaparición de su vieja, hacía seis meses. Tres días antes del comienzo de la cuarentena, lo esperaron de camino a la casa; los muy cobardes salieron de un callejón y lo agarraron a golpes: —¡¡¡¿Cuándo te vas a largar viejo hijueputaaa?!!! —bramaban amenazantes. A pesar de la delgadez y corta talla, Albertico no era ningún enclenque: mientras se defendía —con patadas, repartiendo golpes a diestra y siniestra, y navajazos al aire—; los injuriaba con improperios de alto calibre. Los primeros días de aislamiento, los pasó rengo y adolorido; y, sus molestias intensificaban el enfado haciéndolo rumiar toda suerte de revanchas: “¡No me pasará lo de Marujita!,¡no me pasará!,¡no me pasará!”; insistía, entre dientes. 

Sabía que, por el encierro, debía ser todavía más cauteloso; llegado a este punto, todos andaban más desquiciados que nunca: unos necesitando el rebusque, otros anhelando una que otra fechoría; de cualquier manera, era la subsistencia la que se arriesgaba; y en Albertico, coincidían esas urgencias. Sin embargo, lo que más lamentaba era que la magia de las calles se había evaporado: extrañaba el ajetreo, el tráfico, los venteros, las carretas, el bullicio de bares y talleres, las prostitutas; en fin, parte de la humanidad acechando al resto. Días antes, se distraía con las máquinas tragamonedas en el barrio; y, a menudo, al terminar la tarde, pasaba el rato departiendo y saboreando un café con Marujita; pero, después de la clausura, se animaba con la última compra: un radio que andaba con pilas o electricidad, equipado con tecnología moderna que le permitía escuchar boleros y tangos guardados en memorias usb. Últimamente, y a fuerza de actualizar el rebusque, él también las vendía (de puerta a puerta) a los antiguos clientes de discos compactos. Sin embargo, con el paso de los días, ni siquiera el radio lo ayudaba con el tedio; el ambiente le recordaba la pesadilla de cuando, siendo aún joven, lo encerraron casi un año por andar de metido parado en una esquina; estaba con otros, que, a diferencia de él, eran los descarriados de verdad. Esa vez, dos policías de civil se hicieron pasar por compradores, y desde ese día, aprendió a desconfiar; todavía amodorrado en la cama, los recordó de bluyines y usando mochilas de universitarios: “¡También ellos engañan a los bobos!”, recapacitó con malicia. Y en ese momento, imaginó la cara de idiotas de los mellizos,  cuando se enteraran de que el Peludo sospechaba que ellos habían profanado su casa, y afanado las ganancias de la última operación.   

Así como sucedió con la mayoría, en los primeros días de confinamiento, estuvo animado dejándose llevar por la novedad del extraño acontecimiento. Se propuso organizar un poco y armó un rincón imitando una mesa de luz: tomó una lámpara atesorada de la basura en un barrio elegante, y la dispuso sobre el baúl. Este último, era uno de los recuerdos que su vieja le legó, lo usaba para guardar prendas, fotos, papeles, entre otros cachivaches; y, siempre que lo abría, despedía un vaho de humedad octogenario. Arrinconado en una esquina, fue el mejor lugar para acomodar la bombilla decorada con bailarinas multicolores en delicadas poses danzantes; de las ocho que circundaban el cristal, ataviadas con trajes típicos asiáticos, dos necesitaban reparación: una perdió la cabeza, y según la serie, requería la reconstrucción del rostro pálido y redondo, y de la moña sostenida con pinzas brillantes; a la otra, le faltaban sus delicados pies con los característicos calzados de loto. Quería conservarla; le resultaba hermosa; además, no necesitaba de pilas como la linterna. Con lo poco que conocía de electricidad, la adhirió a un alambre que entró por la ventana, y lo unió a otro central, que, en forma de telaraña, se repartía por las casas vecinas. A hurtadillas, el cable fue enganchado del hilo principal del poste de la calle, y descendía hasta llegar casi al subsuelo donde se hallaba la habitación de Albertico y los servicios comunes. Algo de la niñez se le removía cuando la encendía: como una regadora, dispersaba un espectáculo de luces y siluetas en los muros; sentía una emoción que lo trasportaba al día en que su profesor de quinto de primaria, los dejó a todos boquiabiertos: después de hacerles hacer la fila, a uno por uno, los sumergió, como en el cine, en un universo de sinfonías cromáticas ocultas en un caleidoscopio. Sin embargo, sabía que, en cualquier momento, la lámpara lo sacaría de aprietos; y, que, como el resto de sus cosas, carecía de importancia que no funcionara o que tuviera defectos: “Cualquier objeto se puede reparar”, solía decir.  

Cartoneros de Buenos Aires. Fotografía de Pablo Cuarterolo (2020)

Para llegar a la habitación, Albertico debía cruzar la puerta que hacía de fachada. La entrada se levantaba sobre una acera sin enlosar y a medio metro debajo del nivel de la calle. Después de atravesarla, se descendía por unas escaleras estrechas, terminadas en cemento y cercadas por muros laterales; cada tanto, por tramos desordenados, se podía ver el interior de algunas moradas. Acostumbraba subirlas y contarlas en voz baja: “(…), sesenta y cinco, sesenta y seis, y sesenta y siete”. Una maniobra que le confirmaba que aún estaba vivo, y que, todavía tenía días a favor. A pesar del paquete de cigarrillos diario en sus pulmones y de sus pasados setenta y punta en la espalda, podía treparlas rápidamente; un entrenamiento que, en algunas situaciones, lo salvó de los malvados. A cualquiera le amedrantaría mirar el vacío desde el acceso; sin duda, sentiría un ahogo de socavón; no tanto por la falta de iluminación, cuanto por la atmósfera pestilente creada por los que allí se drogaban. Como ya sabemos, vivía en el último destino, imperceptible desde arriba; con obstinación y sigilo, aseguraba bien la puerta (al salir o al entrar) contra un orificio del marco, con la ayuda de una cadena sujetada a dos candados. Como un collar de mascota, salvaguardaba las llaves oxidadas en su cuello; se le enredaban con el escapulario de la Virgen del Carmen, que según él, lo protegía más en la calle que el  famoso tapabocas: le resultaba una copia ridícula del antifaz, que, de acuerdo con su historieta preferida, ocultaba la identidad del héroe. Días pasados, les advirtieron a todos que sería de uso obligatorio; así como el distanciamiento con la gente. No le preocupaba el asunto de la distancia. Hacía años la practicaba. Lo había aprendido en sus travesías, y recientemente, de lidiar con los  mequetrefes que su hermana malcrió queriendo compensarles la falta de un padre.  Se le había convertido en una regla de vida, que, solo quebró con sus viejos en su soltería prolongada; y, ahora, solo con ella, con la mujer de sus sueños y pesadillas, la volvería a romper, si ella no lo ignorara. Lo que si no podía caberle en la cabeza, era que, so pena de castigo, tuviera que salir enmascarado: “Como si tuviera que ocultarme como lo hace Don Diego de la Vega”, reflexionaba con ironía. Y para consolarse, pensaba en los que no podían salir de sus casas ni usando una careta, como el vecino que regresó, viejo y enfermo, atado a un grillete electrónico. Y, en el barrio, ya eran varios de esos…  Para Albertico, parecían alienígenas los jovencitos uniformados que pasaron entregando tapabocas, jabones y bolsas de alimentos. Conforme con su carácter bondadoso, la suya terminó donde la viuda: “Con cuatro hijos está más necesitada”. Además, él se alimentaba en la calle, así le retribuían los mandados, uno de sus oficios preferidos: conocía muy bien de calles, callejones, personajes, fronteras y direcciones; y lo más importante, era discreto. Por estas cualidades, Albertico sabía que el Peludo, no dudaría de una  fidelidad cultivada por años; además, como patrón de los mellizos, desde hacía meses, venía receloso por el carácter pusilánime y fulero que los caracterizaba.  

En la habitación, al lado opuesto de la cama, colgaban trapos de una cuerda que pendía flácida entre dos muros; y, debajo del improvisado guardarropa, se arrumaban zapatos de aspecto más gastado que el del mismo dueño. En la cabecera del ajetreado lecho, que por años guardó las intimidades de sus viejos, y luego, solo los sueños de su vieja, permanecía enredado el legado más importante de la difunta: un voluminoso rosario de madera que lo protegía de todo mal y peligro, y en especial, de los malandrines que, al menor descuido, podían robarle las piezas, rescatadas de los reciclajes, y ocultadas con tanto celo. Comprendía que a su vieja, desde el más allá, le resultaba muy difícil cuidarlo todo el tiempo; entonces, mientras el rosario lo hacía en la casa, la patecabra lo custodiaba afuera.    

Debajo de la cama, se asomaban destrozos de cartones y periódicos, y entre las revistas, una pila de historietas del Zorro. El amontonamiento ocultaba de la vista cosas de más valor: herramientas de albañilería que eran de su padre; tres radios viejos algo estropeados y sin pilas; una gran colección de llaves; clavos de todo tipo; gorras y costales, entre otros cacharros inservibles.  Sin embargo, decidió que lo robado la noche anterior, no podía ocultarse entre esos objetos: “Sería demasiado evidente”, pensó. Al rato, se dejó rendir por el sopor, y despertó al medio día. De nuevo, preocupado, repasó cada recoveco de la habitación. “Y… si llegaran a entrar… ¿dónde?”, calculaba. Decidido, se agachó, y buscó entre los trastos un cincel y un martillo; retiró el baúl del rincón y socavó el piso de tierra. Lo hizo con destreza: se movía muy bien en la penumbra, una agilidad resultante de las mil maneras de evitar la insidia de la parentela bellaca. Tomó algunos manojos: los envolvió en trapos, los insertó en el hueco, los tapó con la tierra removida, y regresó el baúl a su lugar. Satisfecho, tomó un recorte de jabón y una toalla; aseguró la habitación, y descalzo, se dirigió a la zona compartida por los habitantes de las cinco moradas. El cuarto de baño se hallaba al fondo, después de su habitación; lo cubría un plástico que hacía de puerta, y como no tenía techo, era bastante iluminado. Al igual que la ventana de Albertico, dejaba entrar luz de la otra calle, la de atrás de la edificación; y, desde allí, se veían audaces invasiones apeñuscadas en las laderas de la montaña.  


Mientras se duchaba, escuchó la conversación de dos hombres que esperaban el turno para ingresar al lavabo:  

—Los policías revolcaron todo, y al final, se los llevaron… 
Albertico aguzó el oído acercándolo a la cortina colindante al lavadero. 
—¡Por fin cayeron esos hijueputas!  Ellos sabían lo del Peludo…, ellos le robaron… Ese… ¡sin entrañas!... No descansará hasta que aparezca la plata. 
Albertico alargaba el baño, y mientras escuchaba alerta, sentía un revolcón en las entrañas. 
—¿Y la policía?
—Un soplón…, tuvo que haber sido un soplón… Llegaron directo al escondite de la mercancía… ¡Cómo para encerrarlos un buen rato! 
—Entonces…, con el otro detrás… ¡Estarán mejor guardados! 
—¡Qué va!... ¡¿Encarcelados?! Si no los linchan los amigos del peludo, los mata el virus ese que anda suelto, invisible… ¡Ese solito!… ¡Es todavía más peligroso! 
Albertico salió llevando la toalla de falda y el recorte de jabón en la mano; y, saludó a los hombres. 
—¡Amigo!..., en cualquier momento, vienen a revisar todas las habitaciones, y si no te encuentran… ¡Te van a dañar los candados!…, ¡es mejor que no salgas hoy!... ¿Ya sabes? Anoche se llevaron a tus sobrinos —le dijo con aprecio, el más adulto.
—¡Ya, ya! De todas formas, muchachos: ¡hoy es mi día!, ¡hoy puedo salir!… Tengo un mandado que hacer. —respondió simulando indiferencia, y, mientras se dirigía a la habitación, añadió—: ¡También hay que rebuscarse la comida!  

Ya en el cuarto, se acercó al rincón, corrió el baúl, removió con sus manos la tierra, y sacó los fajos: unos, los acomodó entre los huevos que ajustaron bien con los calzoncillos; otros, los metió entre trapos y papeles en el costal. Después de regresar todo a su lugar, se vistió con la misma ropa de la última salida, y desprolijamente, se enredó el tapabocas en el cuello. Salió de la habitación, y sin olvidar las rutinas sagradas: aseguró la puerta y recontó las escalas. Y finalmente, ya en la calle, se subió con torpeza hasta la boca el mismo tapabocas que venía usando por semanas; y, por primera vez, se sintió cómodo, emancipado e  irreconocible. Y, al tiempo que atravesaba las avenidas, en plena tarde, con su entrañable costal al hombro, todo su minúsculo esqueleto se inflaba, suspendido en el aire, regocijado al compás de la diáfana revancha ensillada en un bello corcel negro.

Cartoneros de Buenos Aires. Fotografía de Pablo Cuarterolo (2020)



[1] Investigadora independiente; Ph.D. en Philosophie de la Universidad Paris 8, Francia; Ph.D. en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Argentina; Filósofa y Magíster en Educación de la Universidadde Antioquia, Colombia. 

domingo, 28 de junio de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES, FRAGMENTOS (VIII)

Les compartimos hoy, un relato que ha escrito nuestro compañero y colega, el profesor Manuel Bernardo Rojas, en medio de esta situación tan particular que hoy vivimos. Con esto, cumplimos con una entrega más, de esta serie, dedicada a brindar elementos de reflexión en medio de las circunstancias extrañas, por decir lo menos, que enfrentamos como humanidad. 


 

EL COMISIONADO

 

Por: Manuel Bernardo Rojas López[1]

 

 


 

 

Eran las 6:50 am., cuando sonó el teléfono. Claro, conciso, contundente, el mensaje no tenía discusión. Desde la pregunta inicial, «¿Hablo con***?», hasta las indicaciones finales, luego de quince minutos, más o menos, de qué era lo que debía hacer. Me sentí mal cuando me dijeron la razón de la llamada, y más cuando descubrí, que querían ponerme en un papel para el que nunca he estado preparado y para el cual, creo, nunca lo estaré. Pero las órdenes son las órdenes, y más en estos tiempos en donde la esperanza se ha desvanecido. Y no es asunto mío, ni siquiera una forma más de ese modo de proceder y actuar frente al mundo, que me ha caracterizado en mis casi cuarenta años de vida. Amargadoaburridorfastidioso, han sido, a lo largo de mi existencia, epítetos con los cuales muchos han calificado mi manera de ser. Es cierto, que no he sido un dechado de optimismo y no porque así lo quiera, sino porque no lo puedo evitar. Fácil sería decir, que es mi historia personal, una infancia atormentada, maltratos en mi adolescencia y juventud, o cualquier cosa por el estilo, lo que me ha llevado a ser como soy. Pero no es nada de eso. No tengo traumas ni eventos de mi vida pasada, que en forma de pesadilla o algo así, retornen cada tanto a mi vida, cuando estoy a duermevela o cuando el sueño más profundo me lleva a terribles pesadillas. No, la causa debe ser otra, pero no quiero ponerme ahora, a auscultar los motivos de mis acciones, las razones de mi proceder. Lo que importa, es que todos saben de mi actitud, de mi pesimismo, de una desconfianza general con el mundo. Por eso, la llamada, su propósito, me desconcertó.

 

Al colgar, y al mirar, por la ventana, la mañana, brillante, descaradamente luminosa, sin rastro de nubes, en vez de animarme, no hizo más que aumentar mi desencanto profundo frente a todo, instalar un vacío dentro de mí. La calle solitaria —con hojas que se han acumulado, con papeles y basura que nadie recoge desde hace tiempo—, aumentaron mi desazón. La casa de enfrente, por ejemplo, ya no es más que una vieja construcción solitaria, desocupada no por voluntad de sus dueños, sino porque no sobrevivieron a la gran debacle. Con el pasar de los días, muy probablemente, si no se hace nada, se convertirá en una ruina, en un vetusto testigo de tiempos que parecen ya muy lejanos. Desde que está así, y a pesar de que los parientes aseguraron todo, por hendijas y pequeñas grietas, han entrado algunos animales: ratas cuyos chillidos castigan las noches insomnes, y zarigüeyas que, también al amparo de la oscuridad, recorren los techos; quizás, de allí también, salgan todas las aves que abundaban cada vez más en el entorno, a lo mejor, sus nidos están al abrigo de la vieja casona, que ahora es el refugio perfecto ante las inclemencias del tiempo. Como irónico toque, como si la vida se resistiese a ser vencida del todo, un auto viejo, destartalado, con un viejo megáfono, pasó anunciando la venta de frutas y hortalizas; al mismo tiempo, un ave pasó rauda, tanto, que la perdí de vista tras la que era la chimenea de un tejar abandonado; y sin embargo, todo, todo ello, no hizo más que aumentar este desasosiego, y sobre todo, me mostró el absurdo de aquello que me pedían. «Como sabe, tenemos que comenzar otra vez. El mundo hay que ponerlo a funcionar»…, fueron las palabras que más recuerdo de esa perorata previa, que, como preámbulo de optimismo, me dijeron antes de indicarme cuál era mi papel en eso de echar a andar esta pelota de tristezas, que es ahora el mundo. Aunque creo que a todos nos tienen vigilados, supervisados, más o menos controlados, lo cierto es que ese discurso reveló las zonas a donde no puede llegar ningún control; ese lugar de afectos y emociones que, ni el más avezado trabajador de la mente —psiquiatra, psicólogo, psicoanalista o cura confesor—, puede discernir. Saben de mi formación, de mis estudios, de lo que hacía antes de que todo este desastre se instalara en todo el orbe; lo que no saben, es el malestar que me producían las labores a las cuales me dedicaba. Me presento, porque hasta ahora no lo he hecho. Soy, como lo dije arriba ***. Hasta antes de que todo este horror comenzara, me dedicaba a trabajar en una empresa, de esas que llaman una gran empresa, y que, a pesar de su grandeza, fue de las primeras en sucumbir ante el horror. Me formé como Administrador y Contador, no porque tuviera particular afecto por ese campo de los números, las cuentas y los informes financieros; lo hice, más bien, porque nunca tuve una verdadera pasión por nada. Podrá sonar extraño, pero no creo que lo sea. Es extraño, porque casi nadie lo confiesa, pero creo que en todos hay, o en casi todos, para no sonar pretencioso, una clara indefinición sobre qué es lo que quieren hacer de sus vidas. Cuando terminé mi secundaria, me encontré frente a esa situación. Cavilé, pensé hasta cansarme, incluso consulté una asesora vocacional, una señora gorda que, cada vez que iba a visitarla, con sus antiparras gruesas y un labial rojo encarnado, estaba comiendo pasteles de carne, que no solo le salpicaban la boca de restos que se adherían al maquillaje, sino que daban un olor desagradable a la oficinita minúscula en donde atendía a todos los perdidos en el mundo, y que valiéndose de test y pruebas psicotécnicas, trataba de establecer cuáles eran los verdaderos talentos de toda aquella caterva de despistados. Al final, para mí, resultó evidente, que no tengo ningún talento, aunque ella insistió en que me dedicara a la creación artística. Por eso, porque no me reconocía especialmente capaz para algo en particular, y por sentido práctico —«busquemos algo que dé para vivir, al fin de cuentas, de eso se trata», pensé, entonces, y sin duda, lo pensaría hoy, de nuevo, si estuviera ante una situación similar—, fue por lo que estudié asuntos financieros. Una carrera mediocre, pasada entre bostezos y notas no muy destacadas, al fin me permitieron graduarme y, quizás por esa suerte que tienen los seres anodinos como yo, fácilmente me enganché en esa empresa, que todos calificaban como un gran logro, como el sueño de muchos. Vistas las cosas desde este presente, y cuando esa empresa terminó por cerrar sus puertas, ante la imposibilidad de seguir operando en un entorno en crisis, no entiendo por qué muchos me envidiaron. No solo por lo que ocurrió, sino porque incluso, cuando todo parecía ir por su cauce normal, nunca dejó de sorprenderme el grado de estolidez en lo que se sostiene el mundo, la economía y los negocios; parece que el dinero, eso que a tantos desvela, en realidad, es un asunto de fe. Lo supe, sobre todo, cuando mi labor me hizo decantar por esa franja de la ciencia ficción, que muchos llaman análisis de riesgos. La verdad, a pesar de todas las variables, de toda la estadística y la econometría implicada en el asunto, nadie puede prever nada, anticipar nada; nadie sabe sobre los peligros, amenazas, fortalezas y debilidades, todas esas cosas que construyen matrices de oportunidades y ventajas, estratégicas y fundamentales, para una empresa, una institución o una persona… Todo es, simplemente, especulación. 

 

Entre mi mediocre formación y la evidencia de que todo se sostiene (iba a decir, sostenía, pero es evidente que la tontería no termina nunca), en fantasías y ensoñaciones, en deseos locos de que el paraíso se alcanzará en la tierra —el problema, es que el paraíso de unos no es igual para otros—, aumentó mi desconfianza y mi escepticismo frente al mundo y su gran futuro. Ahora, cuando todo se ha venido abajo, no digo que se hayan confirmado mi visión de las cosas —no creo que tenga ningún valor presentarse como un profeta de nuevo cuño—, sino que todo ha derivado a donde tenía que derivar. Contar cómo se dieron las cosas, me parece inútil. Demasiadas zonas oscuras hay, si uno mira tan solo la cronología de lo que ha acontecido hasta ahora. ¿Fue algo intencionado o fue algo inevitable? ¿Acaso buscamos remedio frente al desastre o hicimos todo para acabar de destruirnos, para menguar nuestra población hasta tal punto, que hoy, no solo porque lo dicen las estadísticas, sino porque lo veo en mi vecindario, hemos perdido un poco más de un tercio de los habitantes del planeta? ¿Jugamos a solucionar las cosas o jugamos al suicidio colectivo, como una ruleta rusa que al azar se llevó por delante, a viejos y jóvenes, a creyentes y ateos, a hombres y mujeres, a ricos y pobres? No tengo respuesta para estas cosas, pero creo que nadie las tendrá jamás. En el fondo, esta es una de esas situaciones que conviene dejar sin solución, sin definición ninguna. ¿Para qué buscar respuestas que, al final, terminan por llenarnos de más malestar y, sobre todo, que nos llevan a más preguntas? No, eso no interesa.



 

Por eso, no creí las palabras del funcionario estatal que me llamó esta mañana, cuando me decía que: «Estamos empeñados en minimizar las consecuencias. Queremos volver a salir adelante. Personas como usted, con su capacidad de liderazgo y su formación, son las que nos permitirán que este esfuerzo colectivo rinda los resultados que esperamos» … Parecía un presentador de televisión, por momentos, y en otros, parecía un predicador que viene a anunciar la Era de Acuario o la segunda visita de Cristo a la tierra. Detrás de sus entusiastas palabras, que además quería revestir de argumentos racionales, lo que se revelaba era la vacuidad de todo lo que decía y de todo lo que decimos; se hacía evidente, la necedad de nuestros sueños. Yo callaba mientras el personaje de marras, se dedicaba a su perorata. Le oía, hasta seguía el hilo de sus palabras, y su sentido era tan tópico, un lugar común que tantas veces había escuchado en conferencias de coaching y autoayuda (parafernalias verbales a las cuales nos sometían, de vez en vez, nuestros jefes directivos, dizque para entusiasmarnos con nuestra labor, para que amáramos la vida amando nuestro trabajo), que en vez de concentrarme en lo que decía, me dediqué a los recuerdos. Recordé que, tras esta misma ventana, se sentaba, muchos años atrás, mi abuela que fue el ser más simpático que he conocido. La envidié, no solo por el carácter jovial que siempre tuvo, sino porque se había librado de vivir este desastre. Quisiera tener su irónico espíritu, el mismo que la hacía triscar las vidas de los vecinos, en historias, algunas creíbles, otras, francamente, inverosímiles. Nadie se escapaba a sus comentarios que, muchas veces, eran demasiado pesados, pero que, en todo caso, le ponían salero a la vida. Pero yo no soy ella, y aunque hubiese tenido algo de ese carácter, sin duda, todo lo que hemos vivido, ya se habría transmutado, habría sido aplastado por las circunstancias.

 

 

Cuando colgué, luego de una conversación que me pareció eterna, o mejor, de un discurso que parecía una grabación, y en donde sólo hablé al final —poco faltaba para que me dijeran que asintiera o negara, pulsando ciertas teclas del teléfono—, decidí salir a hacer la misma rutina que hago desde hace algunos meses. Pero la misma tenía algo diferente. Con un vacío en el estómago, una extraña sensación que me recorría hasta la boca, en parte por lo que me habían dicho, pero también por lo desagradable e hipócrita que me parecía el brillo del día, me dirigí a la cocina de la casa. Atravesé con paso lerdo el patio central; miré las habitaciones vacías de este caserón y me detuve en la que era la de mis padres. Vacía, por culpa de este desastre; la cama con el último edredón que mi madre había escogido de entre los muchos que mantenía en el armario de madera; imágenes de santos en la pared, y una vieja foto de esa pareja que habían sido mis progenitores. No pude, sin embargo, mirar durante mucho rato ese lugar. Parecía un escenario vacío, luego de que ha terminado la función y las últimas luces del teatro se han apagado. Era insoportable.  Llegué a la cocina, y me puse a hacer la lista de lo que necesitaba para el día. Me gustaba esa rutina, de salir diariamente hasta la tienda de la esquina, a comprar casi, indefectiblemente, las mismas cosas: unos huevos, salchichas, pan o galletas. No cambiaba mucho, la verdad, pero era una excusa para entablar un diálogo con el viejo tendero, que, me miraba como un padre y siempre me preguntaba por mi situación, cómo iban las cosas, me sonreía. 

 

Memoricé las cuatro tonterías que necesitaba, no solo para el desayuno, sino para pasar el día, con una alimentación cada vez más ligera y repetitiva, y al mismo tiempo, para mí, más innecesaria. Cerré la puerta de la calle con doble llave y bajé la empinada calle, mirando el suelo y desatendiendo lo que pasaba a mi alrededor. «Usted ha sido designado como comisario de su zona y de su barrio. Ser comisario, es algo muy importante en estos tiempos, y no se haga la idea de que es como en las películas del Oeste. No. Literalmente, es un comisionado con unas funciones específicas. Usted es un delegado del gobierno al cual se le asignarán funciones y poderes precisos». Delegado del poder, en medio de la impotencia general; funcionario para actuar sobre un mundo que parecía detenido y estropeado. Pensaba en ello, cuando llegué a la tienda. Había dos hombres mayores sentados en un pequeño banco de madera. No conversaban entre ellos. Miraban con ojos entrecerrados, lo que pasaba por la calle. Uno de ellos dejaba escapar un bostezo y el otro, fumaba lentamente, un cigarrillo. No tenían afán. Muchas veces, casi a diario, había visto a ese par de hombres que me confirmaban en la desconfianza sobre los buenos propósitos que, según me decían, tenían las funciones y labores que me asignaron. No lo he dicho, quizás lo daba por sentado o supongo que para quien lea estas letras, debe resultar evidente, pero fueron enfáticos en decirme, que me habían designado y que, salvo situaciones extremas —enfermedad, incapacidad física o emocional (comprobada con un certificado psiquiátrico)—, no podía negarme a cumplir mis labores; mi designación como comisario, era una orden, no una petición. «Debe escoger un equipo, gente joven preferiblemente, entre veinticinco y cuarenta años, que le acompañen en este trabajo. Lo primero, es establecer un censo con las preguntas que le haremos llegar en los próximos días». Gente joven, y yo estaba en esa categoría, aunque, la verdad, me siento envejecido, agotado, apabullado por las circunstancias. Yo no quiero hacer nada, porque no creo en nada; solo deseo reposar, tirarme bajo un sol inclemente del mediodía para castigar mi piel o a lo mejor, deseo hibernar como un oso, encerrarme a dormir. Ese es el punto, deseo vivir sin hacer nada; vivir para nada. Pero me han elegido y no realizar las labores que me asignaron, puede ser peor. 

 

Quizás, por que de vez en cuando aparece ese resto de esperanza en uno, fue por lo cual pregunté al hombre de la tienda, sobre los vecinos, quiénes residían, qué sabía él de gente joven que no tuviese muchos compromisos como para hacer un trabajo. Me miró extrañado, porque la verdad, no soy de los que habla mucho, que todos los días se limita a las mismas fórmulas de cortesía y a enumerar los escasos productos que compro, y al final, a pagar en silencio. Cayó un momento y en vez de responderme, me interpeló. «¿Cómo así? No entiendo». Tuve que explicarle que me habían llamado, que había sido designado como comisionario de una amplia zona, que involucraba no solo nuestro barrio, sino otros tres, cercanos; que estaba encargado de liderar, en el sector, el proceso de reconstrucción. Debí decirlo, supongo, sin mucha convicción, porque el hombre, lo primero que hizo fue decir: «Lo siento, es una locura». Sí, yo también sé que esto tiene mucho de locura, de acción sin fundamento, pero no lo puedo evitar. Más que locura, pienso, es una vuelta de tuerca del absurdo. Mi mirada, sin duda, revelaba mi falta de convicción, pero al mismo tiempo, hablaba de la encerrona en la que estaba, en la que estoy. Por eso, terminó hablándome de algunas personas que conocía, de sus direcciones o al menos, de las señas para llegar a sus casas. «La verdad, me dijo, es que a veces, la gente vieja puede ser más útil. Muchos jóvenes están completamente abatidos con lo que pasó». Qué bella esa palabra: abatimiento. En ella se condensa, pienso, no solo el sentimiento general de nosotros los sobrevivientes, sino que ella califica cada tesitura, cada forma del mundo, cada ruido y cada silencio. No es un estado del alma, tan solo, sino el color y la textura de todo lo que nos rodea. 

 

Volví a mi casa. Hice el ligero desayuno. Comí despacio, como tratando de retrasar el inicio de todo aquello que me han encomendado: un censo de la población, un plan de acción y la ejecución del mismo. Todavía tenía tiempo para eso, pensé, no solo por la desconfianza y el escepticismo, sino porque debo esperar toda la información, papeles, recursos electrónicos, para empezar. No sé cuándo ocurrirá. Esta tarde, mañana, esta semana. No importa. De hecho, tengo miedo de que suene el timbre, que golpeen la puerta, incluso me lleno de aprehensión, cuando pasa lentamente un auto, y supongo que en él, vienen los funcionarios estatales, quizás uniformados o con chalecos institucionales, y que han de descender, sintiéndose importantes, mirando en derredor con sus lentes oscuros —no importa si el día es oscuro como hoy, o soleado como irónico optimismo de la naturaleza— y luego llamando a mi portón para que, oficialmente, me digan cómo se ha de proceder, paso a paso. Debería ir a comprar más café y refrescos, para poder, el día que vengan, brindarles algo. Sin duda, se tomarán toda una tarde, puede, incluso, un día entero. Me da risa cuando pienso que hasta me harán jurar sobre una Biblia o algo así, para comprometerme en lo que no me entusiasma, en lo que descreo completamente. Pienso en cómo será la visita de los funcionarios, sus palabras, y es como si, de alguna forma, también quisiera estar en esa humorada, no como protagonista, sino como espectador. Pero seré el centro de todo, lo sé bien. Quisiera huir, irme lejos, para que no me encuentren, pero como está todo, no hay refugio, no hay un escondite, una madriguera en donde como una rata, pueda ocultarme. Es inevitable. Por eso, me siento a mirar el patio, las plantas que se han marchitado, y cada tanto, levanto los ojos hacia la puerta. Espero la llamada de los funcionarios. Espero, pero no hay esperanza. Soy, tal vez, el más nimio de los seres de este barrio, de esta ciudad, de este país, pero a mí, justo a mí, me ha designado el poder, que está por doquier, pero no tiene rostro visible, ni un nombre. Y en virtud de esa abstracción me pondré una vestimenta, incluida una gorra particular, que será el atributo con el cual, ese poder invisible, el sistema, como elocuentemente lo dijo esta mañana, la voz que me llamó —¿acaso era alguien?, ¿no sería una máquina que me engañaba? —, y con el cual, con esa ridícula insignia, supuestamente, he de ganar respeto ante los demás. Pero no me hago ilusiones. No creo en mí, no creo en los demás, no creo en esa forma extraña de poder que no tiene carne ni huesos, que no tiene esa cosa extraña, que, por costumbre, uno llama, alma. No hay alma, no hay almas. Solo desencanto y escepticismo. Cuando toquen la puerta, hoy, mañana, esta semana, ojalá en un mes o dos, sé que los golpes en la puerta, serán como el redoble de unas campanas, que llaman a una ceremonia fúnebre que nunca termina, a una tristeza que ya nadie podrá remediar…

 

***

 

Pero no puedo hacer nada. Menos ahora, cuando he sentido un auto que se ha aparcado en la calle, frente a mi puerta. No tengo a dónde ir. Han llegado. Quisiera ir a la ventana, para saber, cuántos son, cómo es su aspecto. Pero no me puedo parar. Golpean la puerta, no tocan el timbre. Sus golpes los siento en mi cabeza. Quiero huir, pero el poder, sea eso lo que sea, ha llegado y su presencia, produce más miedo que todo aquello que produjo el derrumbe del mundo que conocíamos. Sus golpes en la puerta, efectivamente, son como el redoblar de unas campanas que llaman a duelo, a tristeza infinita. Me pararé, iré y no sabré que decir. 

 

 

 



[1] Profesor del Departamento de Estudios Filosóficos y Culturales, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

lunes, 22 de junio de 2020

DESDE LA CONTINGENCIA: TEXTOS, IMÁGENES, FRAGMENTOS (VII)

Les compartimos hoy, dos crónicas, escritas por la profesora María Cecilia Salas G.[1], ambas, en medio de la cuarentena que, al principio más rígida, y ahora, más flexible, no deja de suscitar diversas afecciones. Escritas entre abril y mayo, cuando en Colombia estábamos en un momento más estricto del confinamiento, son algo más que un testimonio de lo que se ha vivido, y en vez, dejan caer en sus líneas, inquietantes reflexiones, no solo sobre la pandemia, sino sobre algunos de los rasgos de esta modernidad tardía, sobremodernidad, o cómo la queramos llamar: el turismo, el ruido, nuestra compleja relación con la naturaleza, entre otros. 

 

 

El ruido y el souvenir

 



Los entendidos, que pueden medir y detectar semejantes cosas, dicen que el prolongado encierro de muchos millones de criaturas humanas redujo drásticamente el mecánico ruido en la superficie terrestre, en los cielos y en los mares. Dicen que el silencio y el aquietamiento del frenético hacer de los humanos, permite, de hecho, que los sismógrafos y similares puedan detectar con mayor precisión los movimientos terrestres, sin las habituales interferencias. O sea, que el encierro humano, deja escuchar —al cabo de casi dos siglos que la especie llevaba imponiendo sin cesar el creciente ruido— la música propia del planeta. El hecho sorprende y encanta, pero también, es de suponerse, hace más grande la vergüenza, pues se ha naturalizado el estruendo humano sobre las superficies planetarias, con el arrinconamiento —y en muchos casos real exterminio— de las demás especies. 

 

Nunca se había detenido a considerar el ruido y peso humano a nivel planetario. No es fácil imaginarlo, y como desconoce la materia, apenas especula de forma difusa, fantasiosa. Y cuando se esfuerza un poco más en ello, le resulta sobrecogedor y procura abandonar las imágenes aterradoras que pasan por su cabeza, pero que realmente siente en sus entrañas, como siempre pasa con el miedo, que primero se encarna o brota de las vísceras, y solo después alcanza la cabeza, o, al menos, así le sucede.

 

El encierro, más el llamativo dato acerca de la disminución del ruido humano en el planeta —o mejor sería decir, la merecida liberación o reposo de éste—, le habían producido diversos efectos, pero había uno que se venía gestando en silencio, sin que le prestara mucha atención, hasta que se hizo presente, abriéndose paso en su decir.  Resulta que, viajar —en caballo, en chiva[2], en bus, en tren, y, desde hace unos años, preferiblemente en avión— era más que un gusto, era una pasión igualmente encarnada y casi naturalizada, al punto de parecer un instinto de supervivencia al tedio y al trabajo. Lo hacía con soltura y con gran sentido práctico, sin desperdiciar la mínima ocasión, trazando rutas antes impensadas y eligiendo destinos, soñados unos e intempestivos otros. En broma, solía decir que sería feliz si tuviera una agencia de viajes, y si en ella se desempeñara como guía turística, sería una vida de ensueño. Pero de ese oficio sabe tan poco como del oficio del geólogo con su sismógrafo. Su amor por el viaje no la hace guía turística, así como su gusto-dependencia del buen café no la hace barista, ni la lleva a concretar el sueño que una vez tuvo con su hermano de montar un buen café, a ver si la parroquia aprendía que de la greca[3] solo sale algo así como agua sucia con un lejano olor a café. Sí, su pasión por el viaje era algo serio e insoslayable, a tal punto que, de un tiempo para acá, no concebía dejar pasar el año sin hacer un largo e intenso periplo, de hecho, lo programaba nada más despuntar el mismo, como si se tratara de algo tan o más importante que esa cosa extraña que en su lugar de trabajo llaman, Plan de Trabajo Anual (PTA) y que por las letras en cuestión se presta para chistes varios. Sí, el Plan de Viaje, iluminaba y daba sentido y finalidad a su PTA, con el primero ya claro, el segundo rodaba exitosamente. 

 



Pero la pasión por el viaje salió un tanto maltrecha en el último periplo. Algo se quebró, se rompió el hechizo, se dejó ver un horror escondido que no se había permitido captar o sentir.  Para empezar, el destino elegido no era ni la sombra de lo que esperaba, y casi siempre es así: nunca coincide lo anhelado con lo efectivo, pero esta vez, la ciudad buscada era mejor o solo existía en los antiguos libros de texto de la escuela. De modo que, lo que aparecía ante sus ojos, era un pueblo frío, descuidado y sucio. Con una desidia casi generalizada, se ofrecen a la mirada de los viajeros las acumuladas ruinas, acerca de las cuales los guías sueltan un guión y una historia desprovista de alma, muy parecida a lo que se podría ver en un manual o un folleto turístico, algo así como cultura general sobre la ciudad, datos e historietas para el gran público, no importa que sea latino, asiático, europeo. Cruda vivencia que muestra cómo el turismo es una empresa cultural que homogeniza y arrasa toda singularidad. El turismo de hecho, destruye el viaje, y reduce todo lo que toca a la condición de un bien más de consumo para todo el que tenga con qué pagarlo. En suma, la anhelada ciudad, en realidad, vende historia, como se apresuró a comentarlo con sus compañeros de viaje, que no estaban menos sorprendidos de lo visto y lo escuchado, pero, que se negaban a creer que todo sería igual, y mantenían una reserva de ilusión sobre el lugar: “ya veremos algo mejor”, “seguro mañana nos sorprende para bien”, “la lluvia y el viento nos impiden ver mejor y disfrutar del lugar”. Pero ella se negaba a concederle una oportunidad a esa ciudad. Ya lo había escuchado de la primera guía, la que les había recogido en el desangelado aeropuerto: “Esta ciudad no permite término medio, o te amañas y ya no te quieres mover de aquí, o no la toleras y quieres huir para nunca más volver.” Esa advertencia, pero también las pésimas condiciones del vuelo de llegada, le habían hecho sospechar que este periplo era muy distinto a muchos otros que habían realizado antes. Y en efecto, se fue convirtiendo en un descenso al fondo (de la oscura sinrazón) de la pasión del viaje, que se mostraba en algún punto como un mero y ocioso viajar por viajar, o como una simple y llana enfermedad compartida por millares de ruidosos y frenéticos humanos, que se aburren si no se mueven de aquí para allá —como poseídos de manera incurable por el chorea sancti viti— y que creen que moviéndose se inmunizan del aburrimiento, cuando lo que realmente hacen es esparcir por el mundo el virus del tedio: dejando a su paso montañas de ruinas plásticas, consumiendo ruinas discursivas hechas con clichés y guiones aprendidos, y llevando consigo otro montón de ruinas llamadas souvenirs. No sentía conexión con aquella ciudad ni con los demás lugares visitados a través del indolente país. Se preguntó más de una vez qué la había animado a este viaje, y no podía negar para sí misma que, realmente, lo había hecho por cierta inercia, por el oscuro deber que sentía de conocer tan importantes lugares y parajes para la historia de la civilización.

 

Pero todavía faltaba algo en este descenso en el que se precipitaba su enquistada pasión por el viaje. En la escala de varios días en otra ciudad —amada desde hace años— antes de llegar a la casita, que era lo que realmente deseaba, el encanto del viaje seguía desgarrándose. El masivo y multitudinario interés por los museos la exacerbaba; nunca había visto algo parecido en las tantas veces que había visitado los grandes museos de tan amada ciudad. Le fastidiaba en grado sumo hacer filas interminables para entrar. Se preguntaba por el interés que movía a toda esa gente amontonada dentro y fuera del lugar que contiene las más refinadas expresiones del paso del hombre por el mundo. Y la respuesta que se daba no era muy diferente a la que vislumbraba para la anterior pregunta: la inercia, en este caso, de darse un bálsamo de cultura, más aún, sospechaba en muchos visitantes del gran museo algo así como una mezcla de esnobismo y tedio. Pese a todo esto, logró entrar y recorrer, sin caer presa del afán, las salas de su interés. Lo disfrutó realmente. Pero el plan de pasar allí el día entero se diluyó por el físico cansancio, acompañado de una cierta desolación en medio de aquella multitud sedienta de arte. Compró catálogos, libros y souvenirs, como reza el código del visitante de museos. El asunto es que, pasados ya varios meses, se da cuenta de que no entregó todos los souvenirs, y que aún no mira siquiera los catálogos y los libros, como si el cansancio y la desolación se hubiesen quedado adheridos a ellos, ¿o a ella?

 



Pero el descenso al fondo (de la oscura sinrazón) de la pasión del viaje no para en el gran museo. Faltaba aún el aeropuerto. Enorme, más que enorme. Obliga a llegar, ojalá, un poco más de tres horas antes del vuelo. En las enormes pantallas, suspendidas aquí y allá, desfilan sin parar nombres de ciudades y de aerolíneas, horarios y números de vuelos. En ellas, la mirada hambrienta del viajero busca los datos exactos de su destino, los debe leer entre los cientos de promesas de llegadas y salidas, en una de las cuales, tendrá un asiento y un cupo para el equipaje. Como corresponde, el procedimiento es maquínico: fila en la respectiva taquilla que se anunciaba en la pantalla, para entregar maletas y recibir su pase de abordar, y luego, otra fila, mucho más frenética y multitudinaria, en el área llamada emigración, en la que es preciso quitarse a toda prisa los zapatos, meterlos en una caja plástica junto con el cinturón, el bolso de mano, la maleta pequeña, el abrigo, las monedas, los celulares, etc,  menos la botella de agua, que se debe arrojar a la basura… Pasar luego por un escáner y, nada más cruzarlo, someterse al toqueteo de un vigilante, por si hubiera algo adherido al cuerpo que la máquina no supo ver. Todo esto se hace en una especie de contra reloj, con algo de angustia y de aprensión. Es como estar al desnudo ante otros que tienen el poder de hacer lo que les parezca. Qué sensación de vulnerabilidad. Qué desconfianza de y hacia la máquina, de y hacia los vigilantes. Pero este procedimiento lo ha vivido muchísimas veces, más o menos igual. El asunto es que esta vez hubo algo completamente diferente. Era algo más que la mera atención alerta y previsiva que suele acompañarla en esa zona o cruce de los aeropuertos, atención que la hace anticipar y evitar tonterías como llevar monedas en el bolsillo o el cinturón puesto o una botella de agua en el bolso. Suele cruzar desprovista de esas tres cosas, para agilizar y no enredarse o ver rodar sus cosas por el suelo mientras tiene encima los ojos de los vigilantes, además de los desconocidos —entre asustados y encartados—, que inevitablemente se van amontonando después del escáner y el toqueteo, todos ahí, cada uno recuperando de la caja plástica, con celo y desespero, sus valiosos objetos, así sean chécheres. El caso es que esta vez, ella miraba todo ese espectáculo con otros ojos, con otras ideas en su cabeza, con otras imágenes. Asistía a ese paisaje abigarrado, del que hacía parte, con la mirada ampliada. Y lo que logró ver, ver con la sensación, era una escena como la que tantas veces había visto en películas o había leído en detalladas versiones literarias: era la reedición de la escena en la que cientos de personas atareadas —con maletas y abrigos, niños y ancianos, y objetos tan valiosos como un candelabro, una bolsita con joyas o un muñeco del bebé— caminan bajo vigilancia en una apretada fila hasta un andén, en el que deben subir a un tren que los llevará hasta su destino meticulosamente fijado por un poder superior que desde hace tiempo los ha mirado y sabe casi todo de ellos. “¡Tengo una sensación de campo de concentración!”, le dijo a sus compañeros de viaje, que la miraron con desconcierto. No hablaron de ello, solo querían tomar algo y reposar un poco, antes de hacer la otra fila, más ligera, que los llevaría al avión.

 

Viaje larguísimo de vuelta a casa, con el sol bañando el enorme avión durante tantas horas como puede estar en el norte durante los días de verano.

 

Nada más llegar a la casita, constata que el jardín había sobrevivido a su ausencia, gracias, claro, a los buenos oficios de los seres queridos, que supieron regarlo de tanto en tanto. Sobre todo, la buganvilla lucía hermosa, en plena floración, y esta vez, la conservó durante mucho más tiempo que en ocasione anteriores. Antes de ese viaje, es cierto que le gustaba mucho su jardín, pero desde que regresó, ese gusto se ha convertido en otra pasión.



 

De no ser por el encierro, probablemente no hablaría del profundo impacto que le produjo la evanescencia de la pasión por el viaje, tan teñida como está de turismo. Quizá, porque a estas alturas del año, en condiciones habituales, inerciales, ya habría fijado su nuevo destino viajero, pero de momento su país, como muchísimos otros en el mundo, tiene prácticamente inactivas las llamadas zonas de emigración, con la infinidad de cajas plásticas a donde van parar los preciados objetos para ser mirados por el ojo del dios aeroportuario. Pero, irónicamente, el encierro también le hace volver de tanto en tanto con la imaginación a ciertos detalles entrañables del último gran periplo. Así, recorre kilómetros y kilómetros de infinitas llanuras desiertas, bajo un límpido cielo, por las que hace milenios trasegaron valientes caballeros que alimentaron leyendas y mitos para la posteridad. Vuelve a ver los adorables gatos que duermen plácidos al sol entre invaluables ruinas, o que se acercan confiados al turista que los mira con simpatía, o aquel otro que mira quedamente al buen Adriano en profundo duelo por Antinoo. Pero también se extasía no solo con la elegante imponencia de los cipreses, con los robustos laureles y con los centenarios olivares, sino también, muy especialmente, con una flor de Diente de León, que, sin esfuerzo alguno, brota entre inamovibles piedras en las que se leen milenarios trazos.



Un visitante muy famoso

 

Como todos los días en la mañana, luego de hacer un poco de ejercicio, cuida y riega las plantas. Son un consuelo, una pequeña y simple alegría, pero alegría, al fin y al cabo, pues no imagina la vida en medio del encierro y sin plantas qué cuidar: verdes unas y otras verdes y floridas. Sin ellas, la vida sería (más) gris, o sea triste. Hoy retoma el ritual, con el mismo gusto y esmero, con igual regocijo contempla las plantas con atención, las ve saludables, casi felices por el fresco aire de la mañana. En fin, la relación con ellas, siempre unilateral en ese monólogo silencioso, en esa conversación “necesaria e imposible”, sin embargo “no va mal de todo”, como diría Szymborska. 

 

Cumplida su parte, y plena por el don del color y de las formas que siempre recibe de sus plantas, se dispone a entrar nuevamente a la casa, pero él le advierte que hay algo extraño, pegado al lado de la puerta. Ella solo ve un pequeño bultito negro, no más grande que el piecito de un bebé, aunque sin poder identificar de qué se trata, pero él sí tiene claro qué es aquello, él es mucho mejor observador, y eso que es miope, o será por eso mismo. Dice, con plena seguridad: “Es un murciélago”. Ella se queda pasmada, y como si de un monstruo enorme se tratara, se devuelve unos pasos y a toda prisa entra a la casa por la ventana, cerrándola enseguida.

 



¡Un murciélago! Por estos días es un ser muy mencionado, famoso, denostado, odiado, temido, fuente de asco casi global. Fuente del mal del momento, pues, con mucha seguridad, los científicos dicen que de allí proviene (se extrajo en laboratorio o saltó al humano) el virus que se hizo número, y que obligó a la cuarentena aquí y allá, y más allá. Un murciélago, ratón volador, pero mucho más feo que el simple roedor, porque su cabeza es difícil de ver, o sea horrorosa, tiene algo así como un hocico porcino-canino, sus dientes son francamente amenazantes, y, además, es bastante ciego, aunque este detalle lo compensa con la eco-localización. Pero más desagradable aún, son las alas, que, comparadas con las de las aves, son una auténtica rareza, cuando las ve con detalle -en láminas, claro está- le parece que lo peor, en caso de toparse con uno de estos voladores, sería el roce con las alas: ¿serán frías, pegajosas, lisas, húmedas? Y, como si lo dicho fuera poco, lo que más le desagrada es la extraña forma de dormir o descansar que tiene este animalito: de cabeza o patas arriba, bien envuelto en sus alas, que para el caso se convierten en una capa bien cerrada. Esa forma es la que acaba de ver, con el tamaño del pie de un bebé, es solo que tenía cola…

 

¿Qué hacer ahora con el famoso visitante? No lo dudan, llaman y piden ayuda, es claro que el animalejo está desubicado, y los habitantes de la casa no se atreven a tocarlo, ni siquiera con una escoba. Es ridículo semejante rechazo, casi miedo, por tan pequeño viviente. Pero aquí, hay división de opiniones: para ella, el rechazo lo dicta el asco que siente por este animal nocturno, no le importa que sea símbolo de esto o aquello: felicidad, buena suerte, alegría, pero también melancolía y oscuridad, etc.  Para él, en cambio, el rechazo lo dicta el miedo hacia este animal, por la fama que ha ganado: la de ser el origen del mal que empezó en la China y que ahora está en casi todo el mundo. 

 

Al rato llega el jardinero, con sus guantes súper gruesos y arranca del muro al negro cegatón y se lo lleva. Ella le pregunta qué hará con él, y el jardinero le dice que hay que matarlo y se lo lleva. Ella se dice que no hay razón para hacerlo, y siente una secreta culpa por el asco y por el miedo desproporcionados. Culpa por la muerte inminente de un feúcho que no les ha hecho nada, y que, todo hay que decirlo, cumple una importante función en la naturaleza. No puede ser que el jardinero lo mate. El asco y el miedo de dos grandulones no es motivo para suprimir una vida del tamaño del pie de un bebé. 

 

Para su regocijo, supo más tarde que el jardinero no mató al ratón volador, sino que lo llevó hasta la malla del frente, la del campus universitario, allí lo dejó libre entre las ramas, a pleno sol, el pobrecito, pero estará a salvo, mientras no se deje coger del día como se dice, y vaya a caer en manos criminales. Ella se alegra de que el jardinero no sea un hombre con asco ni con miedo del visitante más famoso que se pueda ver por estos días en cualquier lugar del mundo. Valga mencionar aquí la tremenda ironía que supone para el común y la inmensa mayoría de los humanos, encerrados no sólo físicamente, en sus casas, sino presas de la incertidumbre, y de quienes se diría que, en lo que respecta a su porvenir en el mundo posvirus, se hallan tanto o más cegatones que el murciélago, con el que sería preciso tener ahora, más que nunca, una relación igualmente “necesaria e imposible”. Los humanos, están hoy más ciegos y desprovistos de sónar: apenas si logran “ver con el oído”, y se mueven entre sombras dando tumbos con esto y aquello, con todos los sentidos embotados no solo por el exceso de información de todo calibre que contamina desde hace tiempo su paisaje sonoro y visual, sino por el miedo, tan bien administrado por los grandes poderes económicos, mediáticos, políticos y científicos. Seguro que esta condición humana le arrancaría sonrisas esperpénticas, aunque compasivas, a los famosos y no tan ciegos murciélagos.

 



[1] Profesora de la Universidad Nacional de Colombia, de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas.

[2] Según el diccionario de la RAE, en Colombia, una chiva es un: “Autobús de transporte público interurbano, con la carrocería completamente abierta por los costados”. Vid: https://dle.rae.es/chivo#8vf872X

[3] Según la RAE, en Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, una greca es un: “Aparato para preparar la infusión del café, usado especialmente en sitios públicos”. Vid: https://dle.rae.es/greco#JW7s3z5

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